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Recuerdos de infancia

#Antropos

De cuando en cuando es bueno recordar. Alimenta la memoria y fortalece la identidad. Esto nos pasa a todos, porque siempre hay algo que nos vuelve al pasado aunque sea por instantes.

Y esto me ha sucedido hoy, en tanto conversaba animadamente con un amigo y compañero de trabajo de la Universidad. Mecimos el pasado de nuestros  pasos como docentes. De los maestros que nos formaron. De sus gestos y gustos por determinados temas filosóficos. Algunos ya se fueron y otros, caminan con  pies cansados, pero con la mente lúcida porque no han dejado de leer, escribir y memorizar.

Recorrimos un poco más en el tiempo y cada uno de los dos, se fue animando a contar rasgos de la infancia. De los padres y hermanos. De los juegos de la calle. De la escuela. De las escapadas a los ríos y a las ferias del pueblo. De las caídas de la bicicleta. De las vigilias para ir a escondidas al cine y de los ritos religiosos. De las primeras mujeres que nos gustaron y  las que desafortunadamente no aceptaron nuestra petición de noviazgo.

Narré de como cuando era un niño junto con otros amigos, tuvimos que subirnos a los árboles de mango de terrenos ajenos para saborearlos. Unos verdes, otros sazones y también maduros. Mangos con punta amarilla. Chorchitas. Los dueños nos perseguían con piedras y gritos. Pero tercos y ansiosos por comer estas exquisitas frutas volvíamos a hurtadillas. Uno vigilaba, mientras otros cortábamos. Lo mismo hicimos en las cosechas de nances, zapotes, nísperos, chicozapotes, guayabas, naranjas, lima limón, jocotes y hasta caña dulce colorada que era un placer pelarla con nuestros fuertes dientes.

Las pozas de los ríos fueron nuestro máximo placer. La de las peñitas, la del mango. Aguas cristalinas que bajaban de la montaña. Nos escondíamos en las cuevas mientras jugábamos entre risas e imaginarios. Y de regreso, pajareábamos con las hondas de hule canche. Por la noche, el juego de arranca cebollas alrededor de los palos de una luz titilante de siete a nueve. También fue el momento del parque. Allí  contamos historias y experiencias, así como la visita obligada de los mayores para que ilustraran nuestras inquietudes.

Convivíamos con las estrellas que se escurrían atrás de las montañas. Con los astros, mientras se ponía negra la noche. Era el instante de narrar cuentos de espantos. Del hombre sin cabeza. De la siguanaba. De los aparecidos,  mientras de vuelta para encontrar la cama, entre los murmullos de una suave brisa de las calles empedradas, en silencio procurábamos vencer al miedo.

Miles de emociones en medio de múltiples limitaciones. Inventamos nuestros propios juguetes. Tractores, carreteras y puentes construidos con pedazos de teja, ceniza, tierra y agua. Nuestra  cámara de cine con un carrizo de hilo, sobre una caja de zapatos y con dibujos hechos a lápiz en papel celofán, proyectábamos las películas con un foquito adentro de la caja alimentada por una pila vieja de linterna. Hicimos nuestro circo, con payasos acróbatas y el espectáculo mayor, el enterrado vivo.

Las vacaciones, con los aires de octubre, fue el escenario para  crear barriletes de muchos colores. Soltarlos al viento en uno de los cerros emblemáticos de mi pueblo  Quetzaltepeque. Todo fue una emoción. Búsqueda y corte en los potreros de las varitas de zaraque, el engrudo, el papel chino, la cola de trapo y el hilo. Una proeza que culminaba con figuras caprichosas para volarlas con emoción. Fue también el momento que construimos nuestro propio helicóptero con piezas de bambú y el molino de frijoles que ya no se utilizaba en  casa, para impulsar la hélice.

Los grandes momentos llegaban con las ferias de noviembre. Rueda de chicago, caballitos, lotería, cuetes de vara larga y cachinflines. Pero también fuimos felices al acompañar  con una jícara de chilate y un pedazo de dulce de panela, las costumbres indígenas de festejos a San Francisco Conquistador, con un torito construido de bejucos, petate y trompa de cuero, quien hacía las ceremonias bailando al compás del tun, los chinchines y la chirimía.

Cabalgan en mi cabeza no sólo el recuerdo de la noche buena, unos en el culto, otros en la iglesia católica y todos en el parque estallando uno a uno los cuetillos, sino además, el juego de canicas bajo el frondoso árbol del mercado. Los trompos bailadores tallados de troncos de guayaba o los zancos para caminar entre las calles. Los capiruchos hechos de carrizos de hilo no podían faltar. Y nuestros padres siempre atentos de todas nuestras andadas, platicaban en la acera con otros vecinos para mecer la tarde.

Esta fue mi infancia, en la que tuvimos que hacer trabajos para conseguir unos centavos como limpiar el monte de las calles, vender leña o pedir en la molienda permiso para hacer nuestras melcochas. Revenderlas o recoger los granos de café sobre el suelo. En medio de limitaciones materiales, fuimos felices y libres, porque la imaginación nos hizo crear todo lo que gozamos. Hoy, estos recuerdos están presentes fortaleciendo mi identidad y ahondando la afectividad.

TEXTO PARA COLUMNISTA
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