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La verdad de mi vida

La Picota

Hace unos días, un candidato a la presidencia y su esposa, ambos con denuncias por corrupción, en el inútil afán de justificarse y, obviamente, cegados por la ira, postearon en un chat acusaciones en mi contra totalmente infundadas, irascibles y fácilmente comprobables.

Este par de abogados, en su pobre afán por desprestigiarme, alegan que mi título de Doctorado es falso, cuando deberían saber que los títulos obtenidos en el extranjero deben tener el reconocimiento de la USAC para poder ser utilizados en documentos oficiales, caso contrario, podrían acusarme de falsedad ideológica.

Respetuosa de las leyes, como siempre he sido, utilicé únicamente el título de Licenciada para inscribirme como candidata a Concejal de la Ciudad de Guatemala, aunque ya fui notificada de la resolución favorable en relación al reconocimiento del título de Doctorado que ostento.

Quienes conocen mis orígenes saben que mi padre, Neftalí Ávila, fue un hombre trabajador y honesto, convertido en un exitoso comerciante de la Costa Sur, cuya vida fue cegada por las balas de los envidiosos en 1985. Sus hijos, fieles a su legado, hemos trabajado incansablemente para lograr la prosperidad. Somos herederos de su buen nombre, su mística y sus principios.

Los eternos vividores del erario público, valiéndose de la injuria y haciendo eco a viejas historias difundidas por personajes grises, mitómanos por excelencia que han tratado de esconder la vergüenza de su fracaso con inventos, creen que así pueden distraer la atención sobre sus delitos.

Es inaudito que un candidato a la más alta investidura y su flamante aspirante a Primera Dama, intenten desprestigiar a una mujer atacando su decoro, ¿Se puede caer tan bajo solo porque quien escribe tuvo la valentía de denunciarlos con pruebas fehacientes de sus actos de corrupción? Qué más podemos esperar de ese cobarde, que fue capaz de degradar públicamente la labor de los maestros diciendo que ninguno de ellos era merecedor de la Orden del Quetzal.

Meterse al ruedo político es exponerse a la crítica implacable, la calumnia y la difamación, dejando a los sujetos -en ocasiones- indefensos ante las mentiras que se dicen en medios cada vez menos serios y creíbles. Para colmo, las redes son hostiles a todo personaje público, sin que la verdad importe.

El miedo a decir la verdad, nos paraliza. Amigos y familiares nos aconsejan callar para evitar el desgaste mediático, así, dejamos pasar la oportunidad para reivindicar nuestro derecho de respuesta. Ya lo expuso el aclamado cineasta Justo Chang en “El Silencio de Neto”. Los guatemaltecos tememos decir la verdad, esa es nuestra mayor debilidad.

TEXTO PARA COLUMNISTA

Lea más de la autora: https://elsiglo.com.gt/2019/05/16/el-libro-que-thelma-aldana-nunca-escribio/

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