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El testigo del amor, Un Cuento de la sinfonía de amor

Divi Filius

David C. Martinez-Amador y Oscar Ramírez Soto.

Vi a mis dos amigos besarse, amarse en secreto por más de seis meses. En mi mente pensé que estaba en una encrucijada, pero no fue así, solamente había sido engañado por una treta sexual y amorosa de dos personas que dadas las circunstancias, no podían amarse libremente.  Diferente religión, diferentes  posiciones políticas opuestas y tantas diferencias de por medio, sin embargo, ninguna de estas condiciones evitó corroborar que para amar, las diferencias no son impedimento.

Con facilidad se afirmaría que, este amor sería un amor de fantasía o de necesidades psicosexuales freudianas; pero no es así. Mi amiga ama a ese hombre, lo mima y siente su dolor y su alegría, como si fuese propia.  El, se desvive por ella, en versos, notas de música y cualquier gesto de cariño.  Plenamente, están hechos el uno para el  otro.

El tiempo ha avanzado, se aman como si fueran una enfermera y un soldado.  Soy testigo silencioso de ello, estoy en medio de todo. Me ha tocado lidiar desde problemas de la relación hasta problemas psicológicos de ambas partes.  Debo de confesar, que la música de esta orquesta suena hermosa cuando existe una sintonía magna y sobre todo, una coordinación precisa. Justamente así suena el amor de mis dos amigos, incluso –cuentan ellos- que el sexo es mágico.  No me meto más en ello por ser algo personal de la pareja, pero nunca había escuchado a mi amigo decir que estar con mi amiga no solamente conlleva al acto físico  sino, conlleva a quererla después de la pasión carnal, de sentarse con ella y besarse, escribir largos versos llenos de fuego sensorial. Creo ahora, que el amor es selecto con muy pocos.  En conclusión, mi amigo era una fiera herida en el cuerpo, alma y corazón, pero mi amiga se convirtió en ese ángel de luz que le dio una vitalidad y renovación a su modo de vida.

Mis amigos me hicieron ver que el amor en tiempos modernos no se diferencia mucho al de los tiempos del cólera, existen aún prohibiciones inútiles y sobre todo tradicionalistas. Pero, debe decir, tan tonto es creer que el amor no existe. En efecto, existe, pero repito, que es selecto con unos cuantos. Ellos aprovecharon ser esa clase de seleccionados, esa clase de afortunados.  Ambos lloraron por el dolor que se causaron algunas veces de manera implícita o indirecta, pero esa llama nunca se apagó con el agua congelada de esos momentos banales.

Mi amigo la llena de regalos, pero mi amiga no quiere eso de él, quiere su cariño y besos en abundancia, quiere su sonrisa y sus ojos para iluminar sus senderos. Prácticamente mi amiga quiere la música sinfónica de mi amigo, quiere iluminarse en cada compas y estrofa que él le regale, quiere sonar perfectamente afinada en cada abrazo y beso. Mi amigo es preso de la cárcel de sus besos, de la cárcel de su cariño, de su atención; está preso de lo que ella llama amor.  Y ambos, se aman entre besos acurrucados de versos y conjugaciones de palabras,  que se escriben entre vino, toques de piel desnuda y sonrisas.

Se brinda por el amor y se brinda porque estos dos locos sigan presos de sus pasiones y sentimientos.  Es hermoso.  Yo lo he visto, soy testigo que dos almas solitarias sin pretender encontrarse se hallaron para terminar de sanar abrazados.  Soy testigo que dos bloques de hielo, se derritieron entre miradas nerviosas, y estuvieron dispuestos a mostrar su desnudez emocional así cómo su imperfección humana: Solo para hallarse más juntos.

Soy testigo que dos solitarios, reconocieron el hartazgo de la soledad.

No sé, honestamente si  han reencarnado Ruggiero y Angélica de Lope de Vega, Romeo y Julieta de Shakespeare, Camus y Casarés, Dante y Beatriz ó Anais Nin y Hugh Guile.  Lo que sé es que soy testigo que los antiguos, tenían razón, que Horacio no se cofundió en su Égloga X: «Omnia vincit Amor; et nos cedamus Amori». («El amor lo vence todo, dejémonos vencer por él»).

TEXTO PARA COLUMNISTA

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