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Virginia Oldoini, Condesa de Castiglione

Editado Para La Historia

En tiempos del Imperio Romano existió una provincia llamada Italia que, a la caída del Imperio, fue desmembrada en distintas regiones independientes. Posteriormente Dante Alighieri escribió su Divina Comedia dando nacimiento a un idioma italiano contemporáneo y común para todas las diferentes regiones en la que estaba dividida lo que hoy conocemos como Italia y para mediados del siglo XIX los principales estados que formaban la antigua provincia romana de Italia eran el Reino de Cerdeña y Piamonte, el Reino de las dos Sicilias, los Estados Pontificios, que pertenecían al Vaticano, el Reino de Lombardía-Venecia que estaba en manos del imperio austrohúngaro y los ducados de Parma, Módena y Toscana.

De 1853 a 1856 duró la Guerra de Crimea y que unió, por una parte, al Imperio Británico, al Segundo Imperio Francés, al Imperio otomano y al pequeño Reino de Cerdeña y Piamonte, en contra del expansionismo ruso en la zona del Mar Negro a expensas de los otomanos.

El rey de Cerdeña y Piamonte, Víctor Manuel II, supo unirse al tren de la coalición contra los rusos para estar al lado de los grandes imperios del momento. Fue su primer ministro, el Conde Cavour, quien planificó que su país se sentara al lado de los grandes en la Conferencia de Paz de París de 1856 en la que se hablaría no solo de la derrotada Rusia sino también de la unificación italiana, que tenía como obstáculo al imperio austro-húngaro por sus posesiones del Reino de Lombardía-Venecia.

A la sazón gobernaba Francia Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte y que llevaba el número III porque el hijo legítimo y heredero del corso, el Aguilucho y Rey de Roma (como lo había nombrado su padre), había muerto en Viena a los 17 años de edad de tuberculosis en la corte de los Habsburgo (Napoleón repudió a Josefina por no poderle dar hijos y casó con María Luisa Habsburgo). Napoleón III primeramente fue proclamado Presidente de Francia y después se dio un autogolpe de Estado proclamándose Emperador de los franceses. Estaba casado con la muy inteligente y hermosa española María Eugenia de Montijo, de la nobleza inferior de Córdoba. Napoleón III era un hombre extremadamente mujeriego

El Conde Cavour tenía una hermosa prima, Virginia Oldoini de la baja nobleza toscana y de una gran belleza. Había recibido una esmerada educación, hablaba perfectamente cinco idiomas y era dotada en música y danza. Casó con el Conde de Castiglione. El fruto de matrimonio fue un hijo llamado Giorgio que más tarde falleció muy joven en París. El conde Cavour entendió lo útil que podría ser su hermosa prima, mujer nada fiel a su marido, para tratar de convencer por horizontales medios al emperador francés de apoyar las pretensiones del pequeño Reino de Cerdeña y Piamonte en su deseo de unir toda Italia bajo el reinado de Víctor Manuel II (quien al ser Rey de Italia más tarde llevó el nombre de Víctor Manuel I).

Rápidamente se trasladó la familia Castiglione con el pretexto de devolver una visita a la prima de la Condesa María Walewska (amante polaca de Napoleón I) cuyo hijo, el Conde Alexander Colonna Walewski, era hijo natural de Napoleón I. Los condes Castiglione fueron presentados a Napoleón III y María Eugenia de Montijo en un baile. Más tarde, en el Castillo de Saint Cloud y por mutuo acuerdo se convirtieron en amantes. Ante el escándalo, el conde regresó a Italia y tuvo que vender todas sus propiedades para pagar las deudas de su esposa. María Eugenia de Montijo tuvo que hacer lo que siempre hacía: callar. Lo cierto es que Virginia logró con mucho persuadir a Napoleón III para presionar a Austria Hungría en la devolución del Reino de Lombardía-Venecia.

La desgracia de la Castiglione comenzó cuando un grupo de 4 anarquistas italianos trataron de asesinar al Emperador al salir del apartamento de la condesa. El ministerio del interior francés la consideró injustamente partícipe en el complot y la expulsó del territorio nacional.

Luego llegó la derrota de Napoleón III en la batalla de Verdun ante las tropas prusianas. La hermosa Castiglione no por ello dejó de trabajar en su papel de diplomática pidiéndole al propio primer ministro prusiano, Otto von Bismarck, evitar una humillante ocupación prusiana de París.

Virginia, condesa de Castiglione, fue una precursora en el arte de la fotografía. Se unió al fotógrafo francés Pierre Louis Pierson quien realizó más de 450 fotografías de la condesa para las que ella misma organizaba la escenografía y escogía los trajes. En esta tarea gastó prácticamente toda su fortuna personal, pero de esta forma le daba rienda suelta a su narcisismo llamándose a sí misma “la más hermosa criatura que jamás haya existido desde el comienzo del mundo”. La mayor parte de estos clichés hoy en día pertenecen al Museo Metropolitano de Nueva York.

Ya derrotado Napoleón III, durante la tercera República francesa y con su hijo y esposo muertos, la Castiglione se recluyó en su apartamento de la Place Vendôme todo tapizado de negro y cubriendo los espejos con telas negras para no verse envejecer. Falleció a los 62 años por todos olvidada y acompañada solamente por sus perros, sin dientes, casi calva y con demencia senil. A su muerte, el embajador de Italia corrió a su apartamento para quemar toda su correspondencia que, se dice, mantenía con todos los grandes de su época, incluyendo el Papa.

Hoy descansa en el famoso cementerio parisino de Père Lachaise. Es cierto que Italia debe a esta gran cortesana (porque de veras lo fue) una parte de su independencia.

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