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Hacia la nueva justicia de pobres

Poptun

Cantinflas enseñaba en una de sus películas que “Mucho se ha dicho: que se hará justicia caiga quién caiga, y resulta que caen los que no debieran caer, mientras aquellos a quien les cae de todo… esos nunca caen…” Así mismo manifestaba que Vivimos en un mundo de desorden y de violencia. Un mundo donde nadie respeta las instituciones, ni las instituciones respetan a nadie. Un mundo de injusticias donde se abusa de la autoridad que va en el poder.”

Esas palabras encajan mucho en la realidad guatemalteca que por varios años documenta que la justicia no se ha impartido igual para todos y únicamente se ha castigado al pobre y se ha privilegiado al rico.  Se nos ha inculcado que los delitos sólo pueden ser cometidos por las personas de escasos recursos, y que los individuos con alto poder adquisitivo, social o político no son capaces de cometer auténticos delitos, sino que sus “errores” encuadran en acciones que constituyen meras infracciones administrativas o son asuntos de índole civil.

Este acontecimiento lo constatamos visitando una cárcel en la que fácilmente localizaremos a personas privadas de libertad, en su mayoría, de estrato social bajo.  Muchos reclusos han recibido penas desproporcionales e irracionales por robar una bolsa de pañales, una gallina o bien una botella de licor barato, y ante estos abusos no surgen movimientos ni pronunciamientos en contra. Mientras que en otros casos cuando se afecta de manera negativa a miles de personas, como los que se efectúan a través de actos de corrupción, los responsables son declarados inocentes,  salen impunes y además son considerados víctimas del sistema.

Por la afectación que generan los actos de corrupción se estima que dichos eventos son graves, porque van dirigidos a afectar derechos humanos. Javier García Espinar, refiere que El fenómeno de la corrupción (ya sea en forma de tráfico de influencias, o en forma de obtención de favores ilícitos a cambio de dinero u otros favores) constituye una vulneración de los derechos humanos por cuanto que generalmente entraña una violación del derecho a la igualdad ante la ley, y en ocasiones, llega a suponer una vulneración de los principios democráticos, conduciendo a la sustitución del interés público por el interés privado de quienes se corrompen.”

Numerosos países han reconocido que es un gran reto luchar contra la corrupción con el afán que los recursos del Estado se usen para beneficio común y se dirijan a brindar cobertura a las necesidades básicas de la población más desfavorecida, tales como salud, alimentación, educación, vivienda, entre otros. Reflexionan que si no se pelea contra ella se acaba formando parte de ese gran monstruo porque es un problema no sólo de leyes, sino de personas, puesto que la corrupción se suele percibir como algo común, y por eso hay tolerancia a este mal, en virtud que muchos ciudadanos al ser parte del sistema corrupto no emiten ninguna sanción moral contra aquellos que hacen trampa y roban al Estado.

Reconocen que se requiere un esfuerzo grande y medidas concretas para que la lucha contra la corrupción sea sostenible a corto, mediano y largo plazo y se evite la impunidad de esos actos.

Dan la razón que para batallar contra ella es forzoso fortalecer el sistema de justicia para que ésta se democratice y responda al valor que al aplicarla no se distingue entre las personas y se administra de forma equitativa a todos.  Es por eso que los Estados han adoptado distintos modelos para enfrentarla, entre los que se pueden mencionar: El modelo peruano, el modelo Hondureño regido por una Misión de Apoyo contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras (MACCIH) que tomó como base el modelo guatemalteco respaldado por una Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), éste último patrón catalogado como uno de los más exitosos a nivel mundial. Actualmente El Salvador también procura formar una comisión respaldada por un organismo independiente de combate a la impunidad y la corrupción.

Sin embargo, la justicia guatemalteca a días de concluir de forma absurda e inoportuna su modelo de lucha contra la corrupción, inicia a brindar muestras de cómo será la justicia del futuro que nuevamente se dirige hacia una justicia de pobres, y que desafortunadamente será el reflejo de una sociedad tolerante a este cáncer porque de forma colectiva e individual nos hemos negado a aceptar que para derrotar al monstruo hay que rechazar toda práctica corrupta con el fin de  alcanzar  el  objetivo, lo que incluye — tal y como lo mencionó Lee Kuan Yew— estar listos para enviar a la cárcel a los amigos y familiares.

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