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Guatemala triunfa pero su soberanía judicial agoniza

Mi Esquina Socrática

Quiero enderezar mis primeras palabras a Alejandro Giammattei y a su equipo de campaña por su triunfo.

Por otra parte, victoria sobre circunstancias personales que le han sido muy adversas, algo así como aquellas que enfrentó Franklin D. Roosevelt en 1933: parcialmente inhabilitado en su persona por un caso agudo de poliomielitis, y para colmo en medio de una depresión económica a escala mundial sin precedentes.

Creo, por otra parte, que su osado programa de gobierno es merecedor de la aprobación provisional de todos.

El doctor Giammattei ya se ha hecho notar por sus múltiples cualidades tanto por las de un profesional médico como por su experiencia política, y sobre tales supuestos le deseo de todo corazón un éxito pleno en su gestión ejecutiva nacional.

Tanto más cuanto en las circunstancias presentes el Poder Judicial de Guatemala y simultáneamente durante este último proceso electoral parece haber consumado lo más parecido a un suicidio institucional.

Y así, a la hora de la toma de posesión del Presidente electo Giammattei y de su equipo, nos hallaremos casi inmovilizados por la ausencia de uno de los tres poderes soberanos de esta República: el Judicial, con muy escasas capacidades de guiarnos hacia un eventual pleno Estado de Derecho.

En el entretanto, solo nos cabe esperar que bajo la presidencia de Alejandro Giammattei Dios nos conceda por fin el milagro de ver vuelto a la vida la administración sana de una Justicia pronta y universalmente cumplida.

Y de tal manera, esa breve marcha ascendente de la agrupación partidista “Vamos” nos llega como la primera de las compensaciones momentáneas tras la agonía prolongada del tan maltratado soberano Poder Judicial entre nosotros.

La ineptitud de unos, la abulia de otros, la corrupción generalizada de terceros en el Poder Judicial, otra vez nos ha acercado peligrosamente a una ruptura final de nuestro hipotético Estado constitucional.

Por supuesto, la letra de esa estructura constitucional ha permanecido intacta, no así su espíritu. Tal cual entero vemos siempre, sin embargo, el cuerpo de un agonizante.

El Poder Judicial, por lo tanto, ya poco merece el respeto de los ciudadanos genuinamente responsables en virtud de tanto deplorable desafuero acaecido en sus salas durante las últimas tres décadas, particularmente en las salas de la Corte de Constitucionalidad.

A pesar de todo ello, Sandra Torres no logró en esta ocasión apoderarse por segunda vez del entero aparato soberano del Estado guatemalteco, y eso tras años de tenaces y cuidadosas conjuras por cooptarlo en su totalidad.

Pero que conste que esta elección del próximo Presidente, Alejandro Giammattei, ha resultado así tras de que algunas figuras muy cuestionables del susodicho Poder Judicial, en particular del Tribunal Supremo Electoral, han vuelto a violar abiertamente los derechos inalienables de los ciudadanos con sus trampas e injustificables maniobras para arrebatarle a Zury Ríos una victoria casi segura en las urnas. Monstruosidad jurídica imperdonable e incomprensible, aunque enteramente atribuible o a la ignorancia más obvia o a un abuso de autoridad el más descarado y despreciable.

Lo cual me trae de nuevo a la memoria la observación por mí reiteradas veces recordada de San Agustín de Hipona: “Sin la justicia, ¿qué son las naciones y los pueblos sino bandas organizadas de ladrones?”.

Sin embargo, nos queda momentáneamente el relativo alivio para todos los hombres y mujeres de buena voluntad en este país de que el grupúsculo de miserables togados aludidos no se salieron por completo con la suya, la de instalar a otra candidata con un pesado voto negativo en su contra en la presidencia de la República.

Les queda todavía, eso sí, su dañina presencia en el Poder Legislativo, aunque por suerte no su monopolio.

Desde Jacobo Árbenz, Guatemala ha sido el blanco preferido de lo más insano, obtuso y destructivo de los ideólogos de la izquierda, tanto de la local como de la internacional. Por eso creo sinceramente que ese largo y doloroso episodio de 1950 a nuestros días ha llegado a su fin, aunque innecesariamente tardío.

Y así, el doctor Giammattei se ha visto de pronto transformado en un símbolo visible de renacidas esperanzas cívicas de muchos.

Y por lo cual, aprovecho este espacio para felicitar a los chapines que se tomaron la molestia de acudir a las urnas en favor de cualquiera de los candidatos.

Guatemala en cuanto nación-Estado, evidentemente ha madurado, sobre todo bajo la última Constitución vigente de la República (1985). Y ahora, por fin, a pesar de todo, parece que nos ha llegado esta prenda promisoria de un futuro mejor.

Aun cuando casi todos los preocupados por la vida política del país subrayan la necesidad de afianzarnos en un Estado de Derecho de cariz de veras contemporáneo, tal, por ejemplo, lo ha hecho en nuestros días la República de Chile.

Y que así esperan, como es lo sensato, poder reparar muchas de nuestras múltiples y más urgentes falencia colectivas tales como: nuestra pésima educación pública, la precariedad de nuestra propiedad privada, la emigración caótica y fuera de la ley, la ausencia de una titulación efectiva sobre la propiedad individual de la tierra, sin olvidar la presencia subrepticia e intermitente entre nosotros de toda clase de capos de la droga y como consecuencia de todo ello el raquitismo de la inversión nacional y extranjera, que ha llevado a tres millones de guatemaltecos a refugiarse alocadamente en los Estados Unidos.

Y todo atribuible, lo reitero con absoluta sinceridad, a la falta de reflexión entre nuestras élites gobernantes y a los grupos violentos fuera de la ley, no menos que a tanto haragán enemigo del trabajo honrado e incrustado cómodamente en los sindicatos que carcomen sin piedad el erario público.

Añádase a todo eso, la ausencia de una estricta justicia transparente, derivada de un Poder Judicial controlado por incompetentes al servicio de la arbitrariedad más caprichosa y de los abusos más miopes, con muy especial dedicatoria a la Corte de Constitucionalidad y más recientemente al Tribunal Supremo Electoral.

Y de tal manera, solo le restan hoy así a Guatemala tan solo dos poderes genuinamente soberanos aunque algo pusilánimes: el Ejecutivo y el Legislativo, porque el Judicial ya ha acabado por suicidarse en esta última ronda electoral.

¡Ciudadano Giammattei, saque toda la fuerza que pueda de sus humanas flaquezas, y arremeta sin miedos y sin titubeos con la labor de regresar en lo que le compete el Poder Judicial a manos simplemente íntegras y sabias!

Para ello erija como su lema el respeto constante y absoluto a la ley constitucional y a las demás leyes ordinarias del país, sin ninguna excepción.

Sin ese ejemplo vital, los demás ejemplos de la vida cotidiana del hombre común a cuya espera estamos, tampoco se harán realidad.

Dura lex sed lex.

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