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El recuento de CICIG

La Picota

Toda era, época o etapa llega a su fin. Algunos recordarán con nostalgia, otros con alegría o enojo, pero es seguro que cada lapso dejará enseñanzas y cimentará bases para construir futuro.

Tras un período de 12 años intentando ordenar la justicia y limpiar de corrupción la administración pública, los logros de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, CICIG, no parecen relevantes para sus detractores. En cambio, para los grupos afines, el cierre de la Comisión significa una vuelta al pasado y posiblemente una paralización temporal de los procesos iniciados en contra de las redes delincuenciales incrustadas en las instituciones públicas. Es difícil vislumbrar ahora, de qué lado está la verdad. Las opiniones están muy polarizadas y nadie quiere ceder en su ataque contra quienes piensan distinto.

No me parece justo decir que no se avanzó, que fue un fracaso rotundo o que hizo más daño que bien. Por el contrario, es bueno evaluar a la luz del peligro o dificultad para investigar a personas con capacidad de comprar voluntades, políticos con poder para recopilar y ocultar información en contra de sus enemigos o redes de tráfico de influencias forjadas por décadas, cuyos lazos de amistad e intereses son tan profundos como la misma corrupción incrustada en todos los niveles del Estado.

El mandato de la CICIG era una propuesta ambiciosa y, posiblemente, necesaria. Una lástima que se cayera en la trampa de involucrarse con las mafias, para permearlas, infiltrarlas y socavarlas, pero mucho más grave, que protegieran y ocultaran las acciones de ciertas estructuras criminales para utilizarlas en favor de una plataforma electoral.

Se percibe que se intentó proteger a un partido político plagado de corruptos ancestrales como la UNE, para manipular por medio de sus diputados a todo el Congreso. Luego, tomar el poder de las cortes y finalmente, colocar a Thelma Aldana como su adalid en el Ejecutivo. El plan resulto demasiado ambicioso y quedó en evidencia que Iván Velázquez pretendía gobernar Guatemala por medio de su pupila. Las élites de ultra derecha se alzaron en pie de guerra y apoyaron al gobierno de Jimmy Morales en su campaña por sacar a Iván y a la CICIG; más por convicción ideológica que por estar de acuerdo con el Presidente y sus funcionarios corruptos.

Sería injusto decir que la Comisión no sirvió para nada, porque los casos que se investigaron nos dieron una muestra de la podredumbre general del país. Tampoco sería justo decir que hicieron bien las cosas. Los shows mediáticos fueron un exceso, no se utilizaron adecuadamente las medidas sustitutivas, se involucraron en casos que no ameritaban el acompañamiento de la Comisión, omitieron acciones en casos más relevantes para la población y utilizaron la mediatización de los casos para encumbrar a Thelma Aldana con fines políticos.

No tengo idea de los criterios en la ONU para nombrar a los tres Comisionados que dirigieron la CICIG, espero no haya sido por compadrazgo ideológico, aunque se puede inferir. Si sustrajéramos de la ecuación el componente ideológico y el contubernio político, muy pocas acciones y avances podríamos rescatar de los períodos de Castresana y Dall´Anesse. Con Iván Velásquez podríamos estar hablando de una historia distinta, si no fuera porque logró borrar todos sus logros con sus desaciertos. Así las cosas, tendremos que esperar a que el tiempo otorgue sabiduría para valorar sin encono los resultados.

Tal vez, la mejor manera de evaluar el trabajo de la CICIG es haciendo el recuento de los recursos utilizados para su funcionamiento. Los países donantes y el gobierno de Guatemala pusieron grandes sumas al servicio de los investigadores. Mucho de este dinero se usó en seminarios, capacitaciones y shows mediáticos. El sueldo astronómico de los comisionados terminó de inflar los gastos. La pregunta del millón es, ¿Habrá valido la pena?

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