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Laguna de Ipala

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Antropos

Reto para la Promoción del Turismo Ecológico

Un día antes de la celebración del quince de septiembre, en medio de caminatas y algarabías de niños y jóvenes con sus antorchas que vertían con su risa y energía entusiasmo por la celebración de las fiestas independentistas del país, cruzamos con un grupo de amigos y familiares, el camino hacia la cima del volcán de Ipala.

Cada movimiento que hicimos hacia esa meta, fue de entusiasmo por encontrar la belleza de una laguna encaramada en un verdor profundo. El frescor del aire, la vegetación verde, terneros y vacas lecheras que pastaban con una pausa sorprendentemente lenta. Árboles frutales de naranja, limones, guayabas, aguacates. Campesinos cuidando sus milpas y frijolares. Todo un espectáculo rural en donde no logré ver la tristeza, sino el vigor y la alegría.

A la orilla de esa laguna hermosa, algunas viviendas en donde ofrecen caldo de gallina y también asada sobre brasas, logramos acercarnos a uno de esos lugares y nos atendieron con un afectivo cuidado. Sirvieron un plato de frijoles recién salidos de la olla de barro, queso “oreado”, tortillas que pasaban del comal a nuestras manos y naranjas jugosas de árboles de casi cien años de edad.

Nuestra curiosidad nos inclinó a preguntar a un joven con semblante y figura de alemán, acerca de sus orígenes. Nos contó que hace ciento treinta años llegó su tatarabuelo a esos espacios paradisíacos. Sorprendente porque si hoy es una gran dificultad arribar a ese sitio, piense lo que fue por esas fechas. Pero estos abuelos encontraron un pedacito de cielo aquí en la tierra. Agua suficiente, fertilidad y silencio para descansar y conversar.

Gozamos de la comida y la hospitalidad. Sentimos el sol en nuestra cara y tocamos el agua de la laguna para penetrar en esa espiritualidad que se siente al ser cobijados por un anillo de vegetación. Toda esa felicidad que sentimos al encontrarnos con una belleza inigualable, se vio golpeada al ver un motor que extraía agua para servirla a alguno de los poblados cercanos al volcán. Cada vez que se encendía el motor para succionar ese líquido sagrado, fue como un apretón que hundía nuestro corazón de un dolor difícil de explicar. La laguna se puede secar, si continúa esa situación nos dijo una persona del lugar. No hay duda, dijimos, que las personas somos malas. Destructores de la belleza y de nuestro entorno natural. Algo que Dios nos puso en nuestra palma de la mano, lo apretujamos hasta hacerlo añicos y destruirlo.

Esta hermosa experiencia de vivir y sentir el frescor de la vida, me sensibilizó un poco más y me hace feliz, pero también me da pena que en esos lugares hay vacío de Estado. Sólo cuatro guardabosques con poca autoridad. Dichosamente sus pobladores saben de la riqueza que tienen a su lado y la cuidan como lo más preciado. Claro que uno siente la tristeza, igual que los pobladores de la laguna, al sentirse imposibilitado de no parar la máquina que día con día va secando esta fuente de agua cristalina.

Así mismo entendemos que este paraíso está necesitado de un apoyo para crear mejores condiciones para un turismo ecológico. Lograr que los campesinos siembren hortalizas. Promover la producción de gallinas y huevos. Hacer quesos variados y todos los derivados lácteos. Mejorar el camino hacia el volcán respetando la naturaleza.

En fin, la laguna de Ipala es un reto para la promoción del turismo ecológico que no se debe dejar en el olvido. Un lugar tan lindo y lleno de espiritualidad, que debe seguir siendo para sus pobladores un lugar de bienestar y para los turistas, sentir que se vive, aunque sea por un instante, en un pedacito de cielo en la tierra chiquimulteca.

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