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Apasionamiento al actuar

Descubrir Las Raíces

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Los científicos suelen medir el avance de las civilizaciones según la capacidad individual de controlar los instintos primarios, y por la implantación de normas de convivencia que mitiguen los choques entre grupos con intereses opuestos. Por esto la prudencia y la templanza  siempre han sido las características deseables para cualquier persona que buscara la felicidad y el desarrollo personal. Un pensamiento, ahora respaldado pues  se  ha demostrado como el autocontrol es el factor que más influye en el «éxito en la vida», superando al coeficiente intelectual que hasta ahora  venía considerándose como el principal factor individual de éxito.

Sin embargo, actualmente parece haber una tendencia contraria. Un  índice de ello lo encontramos –aparte de en muchas telenovelas- en los «reality shows» basados en enfrentamientos –apasionados- entre los protagonistas. Y en general abundan programas de «interés humano» cuya audiencia depende del número e intensidad de los estallidos emocionales. Es la misma problemática de algunos periodistas que se sienten obligados a emocionar a las masas para no perder audiencia por ser tachados de “prudentes y templados”… Podría pensarse que la repetición de estos planteamientos e imágenes –exaltación del sentimiento- sólo divierte y no influye mayor cosa. Pero la verdad es que cuando se exalta a alguien que ha adquirido fama y fortuna desatando en público su agresividad y sus instintos primarios –sexuales o no-… ¿no se presenta esto como algo que hay que imitar? 

Quizá por todo esto, a veces se incita públicamente a que usemos la razón. Se comentaba a propósito de un letrero de la policía en una autopista española: “Elige tu razón. No corras”. Y comentaban: “Si se piensa un poco, la “filosofía” del consejo es que uno puede dejarse llevar por la compulsión de las prisas; o conducirse –y nunca mejor dicho- por lo que la razón le dicta. Porque muchas veces no nos conducimos conforme a lo razonable, sino que estamos convencidos de que la razón sirve de bien poco a la hora de tomar decisiones. Estimamos que debemos decidir en función de lo que nos hace sentirnos a gusto con nosotros mismos, de “los sentimientos”; los cuales, no rara vez, entran en conflicto con nuestros intereses.  

Esta “filosofía”, concluye, es decisiva porque lo que confiere dignidad a la acción humana –lo que hace que sea verdaderamente libre- es que esté guiada por la razón, actuando por encima de compulsiones y sentimientos. “Lo mejor que hay en ti” –argumento al que tanto acude la publicidad- es la razón, y no unos volátiles sentimientos. Y, a la larga, se puede producir una degradación social demoledora, al ir popularmente entre lo light y la dispersión, la sugestión por lo inmediato y el éxtasis ante la facilidad. 

Hay que rechazar abiertamente la vulgaridad individual y el enfrentamiento. No es más preocupado por la sociedad quien más se exalta, ni más «moderno» quien se entrega a la satisfacción de todas sus inclinaciones. Precisamente lo que distingue a los seres humanos civilizados es el raciocinio y la capacidad de convivir con los diferentes. Si no, caeríamos en la ley de la selva, donde los animales se guían por sus instintos. Pero es fácil evitarlo: basta que pensemos.

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