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Ética Comunitaria

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Antropos

La sabiduría popular se expresa a través de grandes máximas, como, “pobre, pero honrado”, lo que muestra que a la persona le importa  de este dicho popular que la formación de virtudes desde el seno familiar, escuela, iglesia o de su entorno comunal, son fundamentales para el bien vivir.

La civilidad que sostiene la vida democrática, es una virtud y como todas, debe aprenderse en los grupos primarios de la sociedad. Si la familia, la escuela o el vecindario no dan un valor a la participación en las tareas comunes, difícilmente habrá un comportamiento de respeto a la comunidad.

Esto nos conduce a reflexionar sobre nuestra realidad, en donde prevalecen los antivalores como el enriquecimiento cueste lo que cueste. Existe un afán desmesurado de tener dinero, o bien alcanzar los bienes materiales a costa del irrespeto de los otros. Los afanes materialistas ahogan a la humanidad en banalidades que al final del camino, no sólo destruye a otras personas, sino al mismo sujeto que sujeta su proyecto de vida sobre la base de la sobreabundancia. Se pierde centralmente lo que significa el bien común.

La ética comunitaria es el sentido de la convivencia, del afecto, del aprecio y sobre todo, del respeto a la dignidad humana. Podríamos pensar que es una especie de utopía la cual se convierte en un camino por el cual debemos avanzar. Un ideal de vida que guíe la conducta social de la ciudadanía, aún en aquellos aspectos, que aparentemente son insignificantes, pero necesarios para que la amargura y el resentimiento no se adueñe de nuestras conciencias. Los valores que nuestros abuelos  le daban a un ser educado, no era porque poseía muchos conocimientos, sino porque sabía comportarse con dignidad en la sociedad. Por ello esencialmente la ética comunitaria se convierte hoy más que nunca, en una necesaria responsabilidad ciudadana, para ser, realmente ciudadanos.

Desde esta óptica el sentido de la honradez se articula, no sólo como una conducta personal, sino en relación al manejo a las cosas del Estado. Somos testigos de cómo surge con fuerza el afán de enriquecimiento rápido. No importan los medios sino sólo el fin, aunque éste se convierta en la propia tumba de desprestigio moral de quien aspiró a la riqueza material. El sentido de servicio desaparece y cede su espacio al interés del yo individual, dado que se nos ha olvidado que en la medida que sirvamos a los otros, los otros también nos servirán.

Interesa de esa manera que la virtud de la honradez se constituya en el eje transversal que cruce nuestro tramado social. Para ello debemos reconstruir el valor de la armonía para alcanzar cierto equilibrio de fuerzas en la sociedad. De lo contrario, vamos a navegar entre el autoritarismo y la anarquía en la que cada individuo es él mismo, sin importar los deberes de responsabilidad y ética comunitaria.

La honradez pasa por el auto reconocimiento de vivir en sociedad y, como tal, nos debemos a los otros pero sobre todo, a nuestros hijos, a quienes necesariamente debemos inculcarles esta virtud tan olvidada en el seno de la sociedad. Contrariamente, ellos reclamarán a los padres el desprestigio moral de que son objetos por una mala praxis heredada o bien, sentirán orgullo porque sus familias los formaron con valores de respeto  y ética comunitaria.

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