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Ulises, el astuto, el sufridor, regresa a casa

Grandes de la Literatura Universal

La Ilíada es guerra: fragor de espadas, bronce, sangre, polvo. Es el poema épico de la sociedad militar aristocrática: canta la excelencia de héroes masculinos que cumplen el código de honor arcaico, basado en el orgullo, el coraje y la fuerza. La Odisea es aventura: fluidez de aguas, viajes, ninfas, sirenas. Es el poema épico de una sociedad más comercial, más móvil, más moderna: canta la excelencia de hombres y mujeres, aristócratas y plebeyos, a través de la astucia, la resiliencia y la elocuencia.

Los funerales del troyano Héctor marcan el final de la Ilíada. Ni siquiera Aquiles ha podido conquistar Troya. Solo Ulises (Odiseo), tal como cuenta la Odisea, será capaz de tomarla, gracias a su ardid del caballo de madera. La inteligencia triunfa sobre la fuerza bruta. Ulises es un héroe vigoroso: nadie es capaz de disparar su durísimo arco. Pero Ulises es, ante todo, “el muy astuto”, el “hombre de muchos senderos”, “de muchas mañas”. “Jamás quiso nadie igualársele en inteligencia”, dicen de él. Y el mismo Ulises, cuando sus marineros flaquean, reafirma su liderazgo recordándoles cómo “por mis artes, mi decisión y mi inteligencia logramos escapar” del Cíclope Polifemo.

La Odisea narra el viaje de regreso de Ulises, durante diez años, desde Troya a Ítaca. Allí le espera su esposa, “la prudente Penélope”, que aventaja “a las demás mujeres en inteligencia y consejo”. Ella encarna, sí, el modelo universal de la esposa fiel. Pero añade a la fidelidad la sabiduría y prudencia: sus “pensamientos agudos y astutos”, los “planes” que medita para ahuyentar al centenar de pretendientes que la acosan. Así, por ejemplo, les dice que se volverá a casar cuando termine una tela, que ella teje de día y desteje de noche (como los cuentos interminables de Sherezade en Las mil y una noches).

La resiliencia de la heroica Penélope, que espera contra toda esperanza, está contrapunteada por la de Ulises, “el sufridor”. Es “el más desdichado de los mortales”. Se lamenta: “Estoy poseído por la adversidad y los dolores, pues he soportado mucho guerreando con los hombres y atravesando las dolorosas olas”. Ante el sufrimiento, la inteligencia muestra sus límites. Es necesaria la fortaleza, en su doble vertiente de acometer y, sobre todo, de resistir: “Yo he sufrido antes mucho y mucho he soportado”. Y, en un momento crítico, se infunde ánimos: “¡Aguanta, corazón!”. Ulises desgarra “su ánimo con lágrimas, gemidos y dolores”, “añorando el regreso”. Sufre, llora, pero resiste. El recuerdo de su esposa le espolea. Y no ceja en su viaje, hasta llegar a Ítaca.

Escribe Claudio Magris: “Todo auténtico viaje es una odisea, una aventura, cuya gran pregunta es si uno se pierde o si se encuentra atravesando el mundo y la vida”. La Odisea es una invitación al gran viaje de la vida. Un viaje entretejido, a su vez, de múltiples viajes −geográficos, sentimentales, intelectuales, espirituales− que configuran nuestro ser abierto, nuestro ser en marcha. Ya lo dijo Antonio Machado: “Caminante no hay camino / sino estelas en la mar”.

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