Home > Columnas > De mormones, narcos y novela mexicana

De mormones, narcos y novela mexicana

Divi Filius

Lecciones sobre las guerras de 4ta generación.

Pareciera que el problema de la seguridad en México no tiene solución alguna.  Durante esta pasada semana, una familia completa (al menos tres mujeres y seis niños) fueron brutalmente asesinados por dos ´comandos´ de narcotraficantes.  Los medios mexicanos filtraron la información con respecto a que los responsables pertenecen a una estructura delictiva que no aparece en el radar del Estado mexicano.

Esto es lo que sucede en las denominadas guerras de cuarta generación.  Guerras que cómo hemos dicho en otras columnas, a los Estados nacionales les cuesta mucho pelear.  No solamente hablo de la ´guerra´ contra el narcotráfico iniciada en México por la administración Calderón.  Los Estados Unidos, desde el año 2001 llevan el peso de una ´continúa´ guerra contra el terrorismo y a casi dos décadas, vuelven a retirarse sin haber vencido militarmente.  La mejor prueba de ello fue la reciente oferta de diálogo que la administración Trump ofreciera nada más y nada menos que al Talibán.

Ya se trate de células yihadistas, grupos atomizados de narcotraficantes o pandilleros centroamericanos la tentación del Estado es abordar este problema de seguridad militarizando los esquemas.  Luego de la masacre de mormones en Sonora, el inmediato ofrecimiento del Presidente Trump a México fue el de enviar militares estadounidenses para atender el problema y cortarlo de raíz.  De hecho, la reacción de la mayoría de analistas conservadores (tanto en México como en Estados Unidos) es precisamente la misma: Recurrir a la fuerza letal del Estado que en teoría se sustenta en una posición asimétrica frente a la del narcotráfico.

Esa suposición es falsa.  Precisamente la complejidad del caso, no solamente apunta –cómo lo hemos dicho tantas veces- a la facilidad con las cual las estructuras paralelas de actores no formales logran ganarle al Estado la carrera armamentística.  No solamente se limita al hecho que estas estructura utilizan las áreas de población civil para esconderse, operar y trasladar ´la guerra´ a estas zonas con la cual el denominado daño colateral es mayor.  Y por último, lo que le cuesta reconocer tanto a los estrategas conservadores es que el efecto final de esta estrategia es atomizar las estructuras criminales al punto que, eventualmente el Estado termina peleando una cantidad indefinida de frentes.  Si, estas son las características fundamentales de las guerra de cuarta generación:  Atomización, multiplicación de los actores, asimetría de armas y corrimiento hacia zonas densamente pobladas.

¿Qué se puede hacer?  Pues muy poco cuando el escenario es parecido al mexicano.  Mientras no sea así, la estrategia de seguridad pública debe de ser la de contener el fenómeno lo más posible buscando debilitar a las estructuras criminales no solamente en uso de la fuerza ´bruta´.  No pretendo con estos argumentos defender una posición que replique los errores cometidos hasta ahora en México, donde la estrategia de seguridad está anclada en un aparente ´ver y no tocar´.  Más bien, apuntalar que el exclusivo uso de la fuerza letal en las guerras de cuarta generación introduce a los Estados en una espiral de la cual eventualmente no pueden salir.  Y es la población civil la que termina pagando las consecuencias.

TEXTO PARA COLUMNISTA

Lea más del autor: