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China, el capitalismo, la pobreza y la desigualdad

Idealis Mundi

Hace 40 años comenzaron las reformas que transformaron a China en la segunda potencia económica global. Algunos creen que la caída del Muro de Berlín (1989) o la disolución de la URSS (1991) marcaron el fin del comunismo, pero fueron los chinos quienes percibieron antes que algo fallaba. Deng Xiaoping impulsó reformas tras aceptar que la planificación centralizada y la supresión del mercado eran impedimentos y, a diferencia de la URSS, logró, irónicamente, que el “comunismo” no cayera.

Mientras la ortodoxia socialista proclamaba que “es mejor ser pobres bajo el socialismo que ricos en el capitalismo”, Deng aseguraba que “la pobreza no es socialismo” y que “enriquecerse es glorioso”. La búsqueda de un sistema más eficiente quedó resumida en su célebre frase: “No importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones”. Y los chinos fueron abriendo la economía al mercado, pero reservando para el Estado un férreo control político y económico.

En tres décadas el producto bruto se triplicó. Pero el actual presidente, Xi Jinping, está ralentizando las reformas -y acrecentando el personalismo- provocando una disminución en la velocidad de crecimiento. XI se ha vanagloriado y ha destacado que 700 millones de personas habían “salido de la pobreza”, ya erradicada de las ciudades y que sería extirpada de las zonas rurales para el 2020.

Ahora, China -como el Banco Mundial- entiende por “pobreza absoluta” a quién tiene ingresos menores a 1,9 dólares al día. Así, el 88% de su población era pobre en 1981 que, sobre 1.000 millones de personas, eran 880 millones. Actualmente, la tasa se redujo al 0,7%, o sea que, sobre 1450 millones de habitantes hoy, “sólo” 10 millones son pobres, de aquí que Xi asegure que 700 millones salieron de la pobreza.

Pero si consideramos el umbral de “ingresos medios internacionales”, de 5,5 dólares al día, el índice sube a 27%. Es decir, unos 390 millones de personas que siguen en la pobreza. Con este umbral, EE.UU., Francia y Alemania, registran valores de entre 1 y 1,5% de su población, mientras que en México llega a 25,7% y Brasil 21%.

Y ha crecido la desigualdad. El PBI per cápita anual ajustado por paridad de poder adquisitivo (PPP) de China es de 18.000 dólares, similar a México (19.800) pero debajo de EE.UU. (62.600). Pero esta cifra resulta de dividir el PBI sobre el número de habitantes. Y, precisamente, el hecho de que los ingresos promedio se ubican en torno a los 3.000 dólares (4.500 en las ciudades y 1.500 en las zonas rurales), según Geopolitical Futures, demuestra que el resto de la riqueza la reciben pocos.

Por cierto, el 60% de la población urbana son obreros que trabajan unas 13 horas diarias, entre seis y siete días a la semana, y en malas condiciones. Y la población rural está aún peor.

Es que el Estado aun controla gran parte de la economía y tiene empresas gigantes y eso produce la pobreza y desigualdad. Un mercado natural tiende a enriquecer a todos e igualar las fortunas porque, cuando el Estado no interfiere la movilidad, las personas se vuelcan a los negocios o trabajos más beneficiosos. Pero el gobierno crea la pobreza al cobrar impuestos que terminan siendo pagados por los más pobres, ya que los ricos los derivan -por ejemplo, subiendo precios- y crea desigualdad con regulaciones que impiden la movilidad, como monopolios u oligopolios que enriquecen a algunos empresarios que cobran altas tarifas empobreciendo al resto.

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