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De impuestos, presupuesto y demencia

Evolución

La palabra demencia se utiliza como un término general para describir una amplia gama de síntomas relacionados con el deterioro de ciertas habilidades mentales, dentro de las cuales se incluye la capacidad de razonamiento y juicio. Por sus actitudes, pareciera ser que la demencia se ha apoderado de una gran cantidad de jóvenes que, en lugar de hacer razonamientos lógicos y coherentes, se han dejado llevar por la insensatez en boga, por la estupidez francamente. Es sabido que en muchos campus universitarios en Estados Unidos, por ejemplo, ha venido en aumento la práctica de llevar a cabo manifestaciones, que en la mayoría de los casos han llegado al uso de la violencia, para impedir que se lleven a cabo actividades en las que habría de expresarse puntos de vista diferentes a lo que la izquierda profesa. Otra muestra de su característica visión totalitaria, por cierto. Han perdido su capacidad de raciocinio, se cierran en las posiciones que han asumido sin reflexión alguna, se comportan como salvajes frente a cualquiera que piense diferente, son “dementes” disfuncionales.

Estados Unidos, que ha sido bastión de la libertad de expresión y de muchas otras libertades, hoy se ve amenazado en su libertad más básica, la que permite la discusión abierta y sin restricción de ideas, lo cual es fundamental para poder tener los elementos de juicio necesarios para entender con claridad cuáles son las ideas que conducen al desarrollo y al progreso y cuáles están destinadas al fracaso. Es incluso irónico que los “liberals” estadounidenses que en algún momento lucharon contra la censura de la expresión basada en exageraciones moralistas, hoy sean los intolerantes totalitarios que quieren impedir que la gente piense diferente a ellos al extremo de agredir a quienes lo hacen, e imponer su particular visión del mundo, así sea por medios violentos. 

Un caso reciente se produjo en la universidad estatal de Nueva York en Binghamton en el que manifestantes incursionaron en un salón en el cual el economista Arthur Laffer iba a dar una conferencia sobre políticas públicas que conducen a la prosperidad y al desarrollo. Su visión sobre el tema y el hecho de haber sido asesor durante el gobierno del presidente Reagan, parecen ser su pecado para este grupo de inadaptados dementes, hoy cada vez más comunes. En el campo económico, Laffer es conocido por la “curva” que lleva su nombre, la cual explica que existe una relación entre la tasa impositiva y el nivel de recaudación fiscal.  La función parte del supuesto que la recaudación fiscal sería de cero tanto a una tasa impositiva del 0% como del 100% y sostiene que entre ambos extremos existe una tasa impositiva óptima donde se obtiene la mayor recaudación fiscal. El argumento se sostiene en cuanto se observa que en la medida que la tasa impositiva es razonable y no desincentiva contraproductivamente la actividad económica, la economía se dinamiza, crece y al final la recaudación fiscal aumenta. Evidencia de ello la han producido los propios Estados Unidos que han ensayado con diferentes esquemas impositivos según las inclinaciones ideológicas de sus gobiernos, demostrando que en las épocas en las que han reducido impuestos la economía ha crecido a mayor ritmo y la recaudación fiscal ha aumentado ya que toma una porción de un “pastel” más grande, como se ha visto con la administración actual, por ejemplo.

Mientras, en Guatemala la “demencia” afecta más comúnmente a la clase política, lo cual no quiere decir que no anden por ahí algunos antisociales que quieran callar a todo aquel que piensa diferente.  En el caso de los políticos quizá su demencia sea más bien selectiva y propiciada por ellos mismos, por su ambición desenfrenada y por las ventajas que ven en su propia corrupción. En ese sentido, poco les importa una discusión seria y razonable sobre un esquema impositivo que impulse el crecimiento económico y permita a muchos salir de la pobreza. Más bien les interesa perpetuar la idea que lo que se necesita es que esos mismos políticos corruptos cuenten con un presupuesto sobredimensionado y nada realista en términos de la eficiencia del gasto público y las posibilidades de recaudación. Lo único que les importa es poder manejar a manos llenas la mayor cantidad de recursos expoliados a la población, sea en impuestos, sea por deuda, para beneficio de sus actividades corruptas. Y aún así, la actitud más demente de todas está en pensar que la sociedad se beneficiará y los pobres saldrán de su miseria en la medida que se extraigan más recursos de las actividades productivas que generan riqueza y empleo y se les transfieran a políticos y burócratas corruptos e innecesarios para que los administren en su propio beneficio.

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