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Editado Para La Historia

Las Antillas, que están al este del Mar Caribe, están formadas por las Antillas Mayores y las Antillas Menores. Las Antillas Menores, a su vez, están formadas por un arco de pequeñas y muy exuberantes islas de las que tengo el gusto de conocer algunas de ellas. Van desde Puerto Rico hasta frente a las costas de Venezuela. En ellas quedan algunas que aún permanecen, como territorios de ultramar o departamento del extranjero, a sus antiguos colonizadores. Ahí tenemos las Islas Vírgenes inglesas, la Islas Vírgenes norteamericanas, que los Estados Unidos compraron a Dinamarca a comienzos del siglo XX, Saint Barthélemy que está dividida entre Holanda y Francia, y también están Guadalupe y Martinica, consideradas territorios de ultramar y que gozan de las mismas condiciones y leyes de Francia Metropolitana.

La capital de Martinica es Fort-de-France, una ciudad relativamente importante. Al norte se encuentra otra de menor tamaño, Saint-Pierre y al sur Sainte-Anne. Si bien la capital siempre ha sido Fort-de-France, el auge económico desde el siglo XIX se vio más en la ciudad del norte, Saint Pierre, conocida como la Pequeña París de las Antillas. En Martinica, en el poblado de Les-Trois-Îlets, nació Josefina de Bouharnais, quiera fuera la primera esposa de Napoleón Bonaparte.

Sabido es que todas estas islas son de origen volcánico y que todavía sufren los avatares de sus orígenes. Terremotos y erupciones volcánicas allí son de rigor. Hoy hablaremos de la erupción del 8 de mayo de 1902 que destruyó la ciudad de Saint-Pierre y que causó la muerte de sus 30 mil habitantes.

Saint-Pierre tiene al nornoroeste uno de los aún activos volcanes de las Antillas Menores, el Mont Pelée. En francés Pelé significa pelado y los franceses lo llamaron Montaña Pelada. Los antiguos aborígenes de estas islas, los Caribes, lo llamaban Montaña de Fuego y se sabe que poco tiempo antes de llegar los franceses para colonizar Martinica se había producido una gran erupción. Prueba de ello era toda la desolación que encontraron en sus alrededores, de ahí su nombre de Montaña Pelada.

Conocidos era desde mucho tiempo los horrores de una gran erupción volcánica: el ser humano recordaba lo ocurrido en Pompeya, el volcán de Islandia, Lanki, que con la minitemporada glacial que produjo en Europa fue el causante de la pérdida de los cultivos de trigo, por ende, del pan y consecuentemente de grandes aumentos de su precio que llevaron al pueblo parisino a la toma de la Bastilla en 1789. Más reciente, a finales del siglo XIX, fue la explosión del inmenso Krakatoa en Indonesia. Produjo raras nubes que se pudieron ver en el cielo desde Londres hasta los Estados Unidos, en los antípodas del lugar de la tragedia.

Desde abril de 1902 el Monte Pelée estaba dando señales de que algo estaba a punto de ocurrir. A diferencia de los terremotos, los volcanes sí se anuncian y nunca una erupción volcánica nos toma desprevenidos. Siempre va precedida de toda una serie de advertencias como fumarolas, temblores de tierra, emanaciones de gases. Pero el gobernador de la isla, Louis Mouttet, esperaba la segunda vuelta de las elecciones que debían realizarse el 12 de mayo en las que tenía puestas todas sus aspiraciones políticas. Los síntomas del Mont Pelée fueron muchos: una nube de mosquitos bajó de la montaña, así como una variedad autóctona de serpiente muy venenosa, de cuyas mordeduras murieron varias personas, fumarolas y emanaciones de gases, temblores de tierra, un río de agua hirviente bajó de la montaña, llevándose la vida de aquél que encontraba en su camino. Pero el gobernador, en sus ansias de poder y para minimizar los hechos, convocó a una comisión “científica” formada por algunos de los notables de la ciudad y dirigida por un profesor de la secundaria de la ciudad. Por orden del gobernador dictaminaron que no había razón para preocuparse y la prensa local, también presionada por el gobernador, se hizo eco de estas poco sabias conclusiones.

Algunos quisieron huir ante lo evidente de la situación, pero al gobernador mandó a los militares a bloquear los caminos de salida para que todos estuvieran presentes el día de la votación y así poder ganar su reelección

El 8 de mayo de 1902 a las 7:50 de la mañana se produjo lo inevitable. Una gran explosión seguida por un flujo piroplástico. Solo dos personas lograron salvar su vida. Uno de ellos estaba encarcelado en una de las mazmorras de la cárcel de la ciudad. En la bahía de la ciudad había 15 barcos mercantes que se ocupaban del comercio del azúcar y del ron que producía la ciudad. Ellos también sucumbieron.

Las ayudas llegaron desde Fort-de-France ya a mediodía, pero el calor era tan intenso que los barcos que vinieron de la capital solo se pusieron acercar a los restos humeantes de Saint-Pierre sobre las 3 de la tarde. Los pocos sobrevivientes que aún no habían perecido a esa hora fallecieron poco más tarde.

Esto nos demuestra que, si bien algunas catástrofes naturales debido a su previsión pueden causar menos daños, la estupidez, la codicia y la falta de previsión del hombre sí pueden llevar a muchas pérdidas que lamentar.

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