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Adviento

Mi Esquina Socrática

El tiempo de Adviento, el tiempo para meditar, como lo podría haber incluido el Eclesiástico. Por supuesto, en este caso habríamos de correr la reflexión teológica un par de siglo más atrás. Pero sea como sea, el tiempo de Adviento resulta clave para el calendario teológico de la entera humanidad.

De hecho, se constituyó esta tradición milenaria para subrayar la importancia teológica de prepararse para el evento único de la Navidad

¿Cómo así?

Sorprendentemente, al meditar sobre las llamadas “postrimerías” para todo lo humano, es decir, sopesar el hecho ineludible de que todo tiene una clausura final en el entero Universo.

Hipotéticamente, habría de sernos tiempo también de austeridad y recogimiento, lo propio y lo digno de la preparación para gloriarnos, una vez más, de la llegada de nuestro Salvador universal: Jesús de Nazaret, el misterio del Verbo encarnado.

Lo que, además, le añade una ultra dimensión de naturaleza mística a esas cuatro semanas de Adviento deliberadamente escogidas por los Padres de la Iglesia que año tras año aceptamos como evento único y definitorio del momento: nada menos que la restauración del entero orden que Dios quiso para antes del colapso moral humano en ese símbolo brumoso que ha sido para todas la pareja de Adán y Eva.

La evolución que hoy sabemos darwiniana del hombre en cuanto redirigida a la restauración del orden querido por Dios, y que por eso mismo nos es más natural. Así al menos lo inferimos de la tradición bíblica y muy en particular por la tradición neotestamentaria en torno a un Verbo inesperadamente a la vez divino y humano.

Nada de ello ni siquiera podríamos haberlo imaginado sin el testimonio histórico (y por lo tanto no menos humano) de los Evangelios, o sea, de esas conocidas “Buenas Nuevas”, que nos trasladaron por escrito aquellos prohombres tan únicos y tan propios del primer siglo de la era que solemos llamar cristiana, tales como Mateo, Marcos, Lucas y muy en particular Juan, el discípulo amado, complementados por la otra muy eficaz producción literaria de un genial advenedizo judío y el propagador más eficaz del cristianismo llamado Pablo de Tarso.

Ese otro tiempo litúrgico de la epifanía, por mi parte, lo entiendo como el final de la preparación que se nos reveló a través de otras dos personalidades cósmicas: María y José, la madre y el padre putativo respectivamente de naturaleza única en el tiempo.

Aquel pecado original de nuestros primeros padres ha sido borrado y el tiempo que hemos conocido reemplazado por una eternidad feliz al que ya todos estamos llamados.

Todo eso entraña estas semanas tan misteriosas como simbólicas del periodo que llamamos de Adviento.

Y a su luz nos hemos visto transformados en la pieza más protagonista de la entera Creación, constituidos así en la única especie animal privilegiada más allá de todo lo que nos es natural por la voluntad explícita de nuestro Hacedor.

Eso es in nuce el sentido más profundo de la recurrencia anual del tiempo de Adviento.

Y así, hace dos mil años, el rumbo de toda la Creación quedó mutado más allá de todo lo previsible y para siempre, es decir, en una para nosotros misteriosísima corrección del llamado humano nada menos que por su mismo Autor que lo sacó de la nada: la de haber añadido a su infinita naturaleza divina libérrimamente un complemento enteramente creado por Él y, al mismo tiempo de carácter histórico, la figura de Jesús de Nazaret en casi todo lo visible semejante a la nuestra.

Todo esto es teología, ya lo sé. Y el erudito y sofisticado humanismo de nuestro mundo contemporáneo tiende a verlo como un mito. Pero no hay tal cosa.

Para ello basta incluir otra faceta de lo mismo: hasta la Revelación judeocristiana no sabíamos en absoluto de todo lo éticamente categórico. También desde aquel momento inicial en Belén sabemos por toda la eternidad que tenemos obligaciones de conciencia, y no de la mera costumbre para todo lo increado y todo lo creado.

Si todo esto alguno lo ve como demasiado alambicado para nuestro tiempo tan igualitario y democrático, descubramos por qué no es así sino de infinito peso.

Precisamente por estos días todos hemos podido ser testigos del exabrupto violento y muy dañino de algunos jóvenes chilenos. Simultáneamente, vemos en la mayor democracia del mundo un movimiento que se identifica allá con el Partido Demócrata pero también con la negación de todo lo que ha hecho de esa gran democracia un ejemplo a seguir. Tales violencias desenfrenadas y programas electoreros al mismo tiempo tanto al sur como al norte de nuestro continente nos dejan como lección última que el olvido deliberada y superficialmente aceptado, de los valores absolutos de la Revelación cristiana, cuando se les tira por la borda anuncian nuestro otro final mucho más mundano y degradante: un asesino, el caos total.

No puedo dilatarme en estas reflexiones. Suficiente es recordar aquel pensamiento del genial Arquímedes: “Dadme un punto de apoyo y moveré al mundo”.

Cristo, para mí, y creo que para todos los demás es ese punto de apoyo y por eso la humanidad paga muy caro su ignorancia tan contemporánea de todo lo teológico.

Esta es mi conclusión: el mundo marcha alocadamente hacia su destrucción total, en buena parte, por lo que muchos llaman “el analfabetismo teológico contemporáneo”.

Como este es un tema que a muy pocos hoy preocupa, sobre ese particular hecho, versaré mi siguiente artículo de opinión.

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