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¿Cuál será el futuro del país?

Sueños…

¡Salve querida patria, dulce Guatemala, salve…! Así escribía uno de los grandes intelectuales de Guatemala, Rafael Landívar, cuando esta metrópoli englobaba a México casi como una de sus provincias. Casi que podríamos decir que Landívar se inventó el nombre de México antes de que los mexicanos lo supieran. En aquel momento, los chapines dominaban el entorno intelectual y político de la región. Solamente Guatemala tenía universidad, todos los intelectuales de Mesoamérica se formaban en aquella ciudad histórica a las faldas de volcanes.

¿Qué pasó?, ¿cómo un país puede retroceder tanto? Después de ser el centro intelectual hoy es uno de los países más analfabetos de la región. Como diría Steen Jakobsen, brillante economista del Saxo Bank de Dinamarca, tenemos que mirar hacia el futuro, no hacia el pasado. Tratar de ver el futuro puede ser un ejercicio banal, pero vislumbrar el futuro es un ejercicio de gran utilidad, ya que nos permite considerar todos los posibles resultados de nuestra situación actual, y lo mejor, prepararnos para enfrentar ese futuro en forma positiva y optimista.

Aquí es donde Verónica Zavala Lombardi, Carlos Melo y otros analistas del BID ven potencial para Guatemala. Con una sonrisa de satisfacción indican “Guatemala es un país muy joven, los niños y niñas de 0 a 4 años son el grupo etario más grande de la población, un 14% del total. Invertir en ellos y brindar a cada niño un comienzo justo en la vida puede cambiar la historia del país.” Es decir, olvidémonos de las generaciones perdidas, e invirtamos en educación y salud para las próximas generaciones, que son la luz al final del túnel.

¿Qué hacer? Para el nuevo presidente Giammattei y su grupo estratégico. Planear la inversión en un sistema de salud para atender a la población más vulnerable, con el propósito de que todas las generaciones nuevas de chapines, ya sean indígenas o mestizos no sufran de mortalidad prematura ni desnutrición de madres e hijos. Por fin hay que tener “un sistema de cobertura universal para las zonas rurales más aisladas y otras poco atendidas históricamente, mediante inversiones en infraestructura social y sanitaria, que incluya centros de salud, escuelas y servicios de agua potable y saneamiento.”

Se necesita con urgencia generar estrategias alimentarias y nutricionales, tanto como generar mejoras en las viviendas, en especial en letrinas, techos, suelos, acceso al agua potable y cocinas.

Un nuevo liderazgo tiene que surgir en una nación de tanta historia. Hay que darles una oportunidad a los jóvenes entre 10 y 24 años que representan más del 30% de la población, un 60% de ellos ya está trabajando. Hay que darles una nueva oportunidad, para que no abandonen la educación secundaria, o retornen a programas de educación técnica. Es cierto que “Guatemala tiene la tasa de graduación en secundaria más baja (48%) de América Latina (77%). La tasa neta de asistencia a educación media apenas es del 44% en 2017, mientras que en el resto de América nuestra es de 74%. (BID, 2019).

Con los fríos vientos de fin de año, nos ponemos optimistas. Esperamos que el nuevo gobierno dé un golpe de timón y empiece la dura tarea de fortalecer la educación, la salud y la calidad del trabajo para las nuevas generaciones, iniciando así la gran reforma social de Guatemala, que pueda convertirla en una nación desarrollada. Por el momento la situación es aterradora, la población muestra un rezago educativo profundo. Según la OIT, los jóvenes que no estudian ni trabajan en América “latina” muestran los peores indicadores del mundo. Los tres mejores, es decir que tienen menor proporción de jóvenes en esta situación son: Bolivia (10.9%), Panamá (17.1) y Chile (17.1); luego, los tres peores, obviamente, Guatemala (27.3), Honduras (27.8) y El Salvador (28.2).

El promedio de años en la escuela, de los guatemaltecos es apenas de 6.6 años, menos de la mitad solo terminan la educación primaria. No tienen preparación para ascender en la escala social, están condenados a la miseria eterna, solamente pueden trabajar en el sector informal, con empleos ocasionales, baja productividad y mísera remuneración.

Vamos a entrar al año 2020, aunque utópica tenemos la sensación de que esta vez será diferente: tal vez el próximo gobierno se ponga los overoles para el trabajo, y empiecen la tarea tan postergada de construir una nación unida en la diversidad, progresista y solidaria.

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