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Año nuevo para siempre

Descubrir las Raíces

Se debe a C.S. Lewis el refrán: “cuando los venenos se ponen de moda, no dejan de matar”. Y tiene razón en advertirlo porque realmente hay mucho veneno, muchas ideas venenosas de moda.

Por esto, ir contra esos venenos que corrompen la sociedad es un bien que hay que celebrar. Hay que aplaudir cuando se defiende la verdad, como hace el Papa destacando la importancia de respetar la verdad sobre el hombre para vivir en paz. “Cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, -afirma- emprende de modo casi natural el camino de la paz”. Por el contrario, no puede haber paz “cuando falta la adhesión al orden trascendente de la realidad, o bien el respeto de aquella ‘gramática’ del diálogo que es la ley moral universal, inscrita en el corazón del hombre; cuando se obstaculiza y se impide el desarrollo integral de la persona y la tutela de sus derechos fundamentales”

Por ello nos suena a algo muy actual: basta ver legislaciones en otros países –y propuestas de leyes en el nuestro- para detectar el caldo de cultivo de mucha violencia. La paz exige atenerse a la verdad sobre el hombre, y la mentira se opone a la paz y causa y sigue causando efectos devastadores en la vida de los individuos y de las naciones. Dice textualmente el mensaje de la paz: “Baste pensar en todo lo que ha sucedido en el siglo pasado, cuando sistemas ideológicos y políticos aberrantes han tergiversado de manera programada la verdad y han llevado a la explotación y al exterminio de un número impresionante de hombres y mujeres, incluso de familias y comunidades enteras”.

Tenemos que exigir que los que dirigen la sociedad sepan cuales son las verdades que tienen validez perenne, para poder hacer bien la sociedad que se les ha confiado. Estamos hablando de verdades naturales, que la Iglesia muestra con seguridad, aunque no con exclusividad: es como un servicio que presta a la sociedad entera. El fundamentalismo, mezcla religión y política y es un error; pero la religión resalta esas verdades que facilitan –permiten- el desarrollo de los pueblos y las personas. Uno los puede aprender “en la iglesia”; pero son universales: de todos, para todos, siempre actuales. Sin pretender ser exhaustivo, podría citarse: el respeto a la persona, desde la concepción hasta la muerte natural; la familia, base de la sociedad: y basada en el matrimonio: uno con una, para siempre, y abiertos a la vida. La justicia para todos. La seguridad; guerra -legal- al terrorismo. No a la violencia. Y poner la base del derecho internacional en los derechos de la persona, con base objetiva en la ley natural.

Esto explica el respeto y admiración que tiene la Iglesia, entre los que de veras piensan, por la defensa de estos valores que, insisto, es un verdadero servicio a la sociedad. Así, los que arguyen que la Iglesia no se pone al día con algunas ideas –según ellos- actuales sobre el divorcio, natalidad, aborto, eutanasia y un largo etcétera, sólo ponen de relieve que es la única institución que, a lo largo de los siglos, ha mantenido estos principios. Afortunadamente para todos.

¿Año nuevo, vida nueva? Nueva sería si viniera con un ambicioso y realista programa de educación nacional para todos, educación especialmente en humanidad, en civismo, virtudes morales.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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