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¿Secretos de alcoba?

Editado Para La Historia

Afortunadamente en nuestras sociedades occidentales de comienzos del siglo XXI, el matrimonio se decide entre la pareja interesada, por amor… o por interés, pero ya no por mediación de padres o terceros y ello desde el nacimiento de los futuros esposos. Esto aún se ve en algunas civilizaciones de Asia y África.

En el pasado, la cosa no era así y, cuando se trataba de grandes intereses económicos o políticos, como era el caso entre dos naciones, los matrimonios de los pequeños eran negociados al más alto nivel. Este fue el caso de María Antonieta (15ta hija de José I, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y de su esposa María Teresa), cuyo matrimonio se acordó con el Delfín, heredero a la corona de Francia cuando se produjera la muerte de su abuelo, Luis XV. La pequeña María Antonieta tenía 14 años y el joven Delfín, Luis Augusto, 16. La educación sexual en aquella época era muy rudimentaria, todo lo que tuviera que ver con sexo era pecaminoso. Apenas llegó María Antonieta a Francia, alejada de su familia y de sus costumbres, se realizó la boda y esa misma noche los metieron en una cama, siendo dos jóvenes inexpertos y totalmente desconocidos.

María Antonieta

Durante la cena después de la boda, Luis XV, un gran mujeriego y experto en las artes horizontales, le dijo a su nieto que no comiera tanto por lo que le esperaba después. El joven Delfín, desconcertado, respondió que él dormía mejor después de una buena cena. Terminada la cena los recién casados fueron llevados al tálamo nupcial por el Rey y los príncipes de sangre real. Esa noche no se consumó el matrimonio. El Delfín durmió plácidamente. Así pasaron días, semanas y meses y años sin que se produjera este hecho de tal alta importancia para perpetuar la dinastía de los Luises.

Luis Augusto

Hay que decir que, entre las cabezas coronadas, la principal tarea es dejar descendencia, de preferencia masculina, para perpetuar la dinastía. A esta situación se añadía que las habitaciones de los delfines estaban separadas y que, si el joven Luis Augusto quería visitar a su esposa, tenía que caminar medio Versalles a vista y paciencia de casi toda la corte.

Al cabo del tiempo las cosas comenzaron a hacerse críticas. La razón principal por la que se había efectuado este matrimonio era para que María Antonieta diera hijos varones al reino de Francia y sin consumación del matrimonio ninguna posibilidad de hijos. Luis solo se interesaba por la caza, las matemáticas y arreglar relojes y cerraduras, mientras que su pobre esposa no tenía otra distracción que los bailes y los juegos de azar. Es de esta época que Madame de Lamballe y Madame de Polignac se hacen confidentes de la reina aumentando los rumores que decían que la reina tenía miradas especiales para las mujeres.

María Antonieta le escribía y se quejaba con su madre en Viena de esta situación y la Emperatriz le decía que tenía que ser cariñosa y tener toqueteos con su esposo, aunque no demasiados, porque eso podría ser contraproducente. Luis XV también estaba muy preocupado al ver la situación de su nieto y esposa. Llegó incluso a conversar del tema con ellos y a inspeccionar personalmente las partes nobles de su nieto en busca de algún defecto congénito que impidiera su labor de marido. El asunto incluso fue tratado, a petición de María Teresa, por el Papa Clemente XIV. El propio médico real del Rey y el director del Hôtel Dieu, el más antiguo hospital de París revisaron al delfín. Se hablaba incluso de que había algún tipo de impotencia, física o mental. Cuestionado por su abuelo, el Delfín decía que él tenía afecto para con su esposa, pero que era un afecto de amigo, de hermano, aunque no carnal.

A la muerte de Luis XV la cosa se hizo más urgente ante la necesidad imperiosa de procrear hijos. Ya los médicos habían llegado a la conclusión de que Luis Augusto padecía de fimosis, una ligera afección congénita del miembro masculino que, al más mínimo movimiento de vaivén, le producía fuertes dolores que le cortaban todo ímpetu. Esta afección aún la vemos en nuestros días entre algunos varones. Esto se revuelve con un pequeño corte de bisturí en el frenillo, en la base del prepucio.

Nunca sabremos a ciencia cierta si Luis Augusto, ya a la sazón Luis XVI, se sometió a esa pequeña intervención o el problema se resolvió naturalmente. El hecho es que al fin se logró la tan esperada consumación. Incluso el Rey les comentó a sus tías que adoraba el placer carnal y que, de haberlo sabido antes, antes le hubiera dado solución a su problema. A los pocos meses nació la primera hija del matrimonio: María Teresa de Francia, que sobreviviría a la Revolución de 1789. Después nació Luis José de Francia quién lamentablemente falleció a los 8 años. Le siguió como tercer hijo Luis Carlos, a quien a la muerte de su hermano Luis José se le consideró Delfín. Por último, una cuarta niña, Sofía de Francia, que murió bebé. A la muerte de Luis XVI en la guillotina a Luis Carlos se le consideró Luis XVII, aunque nunca gobernó. A la caída del Imperio de Napoleón y la restauración de la monarquía en Francia, al hermano de Luis XVI, príncipe de Vendée, se le nombró Luis XVIII.

Esto de ser gente importante y reyes de Francia hace que el más mínimo secreto de alcoba sea del dominio y hazmerreír público, desde el más encumbrado Papa hasta el más pequeño jornalero del reino. Lo vemos aún hoy en día en las revistas del corazón, que no les pierden pie ni pasada a los famosos.

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