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El mundo del gulag

Editado Para La Historia

Valentina Petrovna conservaba las elegantes maneras de las damas de la Belle Époque de San Petersburgo. Había nacido con el siglo XX y había heredado de su madre y abuela los gestos de las señoras de esa época. Ya ella estaba en sus 82 y yo en mis 24: – ¿Comunismo? Que me pregunten a mí lo que es comunismo. Mis tres maridos murieron por el comunismo. El primero, padre de mi primera hija, azerbaiyano, fue fusilado por Stalin por haber estado casado antes de la revolución de 1917 con una inglesa. Al segundo, padre de mi segunda hija, también lo fusiló Stalin por ser judío. El tercero, padre de mi tercera hija, murió por todas las torturas que recibió en las cárceles búlgaras. Él había luchado en la revolución de 1926 en Bulgaria que quería imponer en ese país un régimen comunista. Mi hermano logró huir caminando sobre el congelado Mar de Finlandia desde San Petersburgo. En 1917 era estudiante en la Facultad de Minas y el destino lo llevó a Eslovaquia, donde terminó sus estudios universitarios graduándose como Ingeniero en Minas. Se casó con la hija del dueño de la mina de carbón donde trabajaba. Cuando en 1945 el Ejército Rojo entró en la entonces ocupada Checoslovaquia, por el único delito de haberse escapado de Rusia en 1917, fue enviado a un gulag a la Península de Karelia, donde murió al poco tiempo de frío y agotamiento.

Por un azar histórico-etimológico tanto en ruso como en alemán la palabra “campo” se dice “láger”. Esto se debe a que, a partir de los tiempos del Emperador Pedro el Grande, el idioma ruso empezó a adoptar de otros idiomas conceptos que no existían en ese idioma. Entiéndase por campo un campo de recreación, infantil, de ocio o incluso de concentración y trabajos forzados. Los campos de concentración no fueron exclusivos del régimen nazi. El régimen franquista mantuvo los suyos hasta 1947 como centros de trabajo forzado para agrupar en ellos a republicanos, homosexuales y hasta presos comunes. También el régimen de Vichy en Francia tuvo los suyos.

Hoy les quiero hablar de los muy famosos campos de concentración soviéticos conocidos como gulags. Gulag es el acrónimo de Dirección Principal de los Campos, que en ruso sería Glavnoe Uprablenie Lagerei. Bajo esta denominación surgen en 1930, aunque el joven estado soviético los creó ya en 1918. En el pleno apogeo de la época estalinista se considera que hubo varios miles de ellos y se calcula que allí fueron concentradas entre 10 y 18 millones de personas. Cualquier excusa era buena para ser enviado a un gulag: disidente, real o imaginario, ser considerado enemigo del pueblo o simplemente familiar de un enemigo del pueblo, alcohólico, ladrón, homosexual… Los gulags eran las fuentes de mano de obra esclava para las faraónicas obras con las que se encaprichó Stalin en su afán de convertir a la Unión Soviética en una potencia mundial: represas, líneas férreas, canales, construcciones civiles de cualquier naturaleza se construyeron gracias al sudor y a la vida de millones de personas, inocentes en su inmensa mayoría.

Los gulags se encontraban fundamentalmente en las zonas norte de Rusia, por ejemplo, en la Península de Karelia, Siberia o en las repúblicas centroasiáticas de la Unión Soviética. Recordemos que la madre de la bailarina rusa Maya Plisétskaya y Azari, su hermano aún bebé, estuvieron en un campo de concentración de Azerbaiyán por el hecho de que el padre de la bailarina había trabajado antes de la revolución de 1917 para una empresa minera noruega.

Con la apertura que se dio en 1956 a la muerte de Stalin y la llegada al poder de Kruschev, el mundo pudo más o menos confirmar la existencia de estos campos de concentración. Antes de esa fecha se hablaba de ellos en el mundo occidental, pero se decía que eran pura propaganda antisoviética y anticomunista. Un relato vívido de las condiciones horribles de vida de estos gulags fue narrado por el escritor Alexander Solzhenitzin primeramente en su obra “Una jornada de Iván Denísovich” publicada en 1962 y después con su gran novela “El archipiélago del gulag”. Hoy en día, la Unión Europea otorga el Premio Solzhenitzin a aquellas personas que luchan por los Derechos Humanos.

Realmente los campos de concentración fueron cerrados en la época de la glásnost de Mijaíl Gorbachov solamente en 1991. El último de ellos, Perm 36 (cerca de la ciudad de Perm, en los Urales), sirve hoy de museo de la barbarie y del totalitarismo soviético.

Las experiencias nazis, soviéticas, franquistas y otras no fueron suficientes para que en nuestra América se crearan otros campos de concentración bajo el nombre de UMAP: Unidades Militares de Ayuda a la Producción, pomposo nombre dado a estos campos donde se concentraron a jóvenes católicos, testigos de Jehová, disidentes, homosexuales, simplemente jóvenes con problemas generacionales y otros que no aceptaban al régimen. Parafraseando el odiado eslogan a la entrada de los campos de concentración nazis que rezaba: Arbeit macht Frei (El trabajo los hará libre), en estas UMAP el eslogan era “El trabajo los hará hombres”.

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