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No todo el terreno está labrado…

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Muchos son los factores que inciden en el bajo rendimiento de los estudiantes de primer año en la enseñanza universitaria: nivel que le antecede “un tanto más amigable” vinculado a la edad 14 – 16 años, siendo jóvenes con un cierto grado de inmadurez, ligado a las “grandes concesiones” que le permiten (algunos padres) en cuanto a excesiva tolerancia, disminución de la exigencia ante el estudio, así como el no otorgamiento de responsabilidades necesarias que les ayude a entender desde una temprana edad, el entorno social y económico.

Es poco probable que los padres deseen, que los problemas que ellos presentaron, la sufran sus descendientes.

¿Por qué toda esta introducción? Me apoyaré en una de las tantas anécdotas que a lo largo de décadas como docentes, nos suelen suceder, para aquellos que seleccionamos o no (donde no necesariamente nacimos con la vocación de ser profesor/a) ésta profesión tan digna.

Atendiendo – como ya conocen los que me siguen – el área de Estudios Generales, solía darle un seguimiento constante (durante años) al comportamiento de la enseñanza de la matemática básica, comunicación y lenguaje, tanto en los cursos de verano (duración de 4 semanas aproximadamente), como en los períodos semestrales (4 meses realmente); para estas etapas se realizaban acompañamientos a clases al personal docente, tras cada clase además de analizar el desarrollo de la clase con el propio profesor, de ser necesario conversábamos con los jóvenes la necesidad de esforzarse y de forma general señalábamos el no cumplimiento de las tareas, evitar el uso de celulares (terrible distractor, siempre que no se vincule a la clase), así como en caso de computadoras o tabletas, “vigilar al profe, para cambiar de sitio en la web”, comportamientos que no ayudaban a una mejor comprensión y por ende los resultados no eran los mejores.

En una ocasión (una) dediqué a realizar un resumen del desempeño de cada estudiante (600 en primer) tras el primer corte evaluativo en todas las asignaturas, que cursaban en ese instante (semestre) por grupos de clases (más o menos 20) y con esos datos, previa comunicación a los docentes para “robarle unos 15 minutos de su clase” ir a cada clase (preferentemente de matemática básica) y compartir en el colectivo los resultados globales en el corte y posteriormente y de forma individual – en el seno de la clase – conversar estudiante por estudiante, los motivos de su desempeño, cuantitativamente, entiéndase notas.

En un inicio costaba escuchar a los estudiantes expresarse, se miraban unos a los otros, brazos cruzados, sus ojos (de algunos) buscaban que la pantalla del celular se activase, como forma de refugio. En la propia medida que íbamos de grupo en grupo íbamos ganando adeptos a expresar su falta de estudio, ausencias a clases (por justificaciones injustificadas), problemas personales, etc.

Íbamos “ganando terreno” en el valor – en los personal lo considero muy necesario e importante – de ser autocrítico: “Sí profesor, fui yo el que cometí ese error de no estudiar lo suficiente y me doy cuenta de la necesidad de mejorar mi conducta”, hasta aquí perfecto estoy logrando mi objetivo: mejores resultados en el próximo corte evaluativo, ligado a cambios de actitudes y aptitudes.

Pero diría que llegó la hora cero, donde una jovencita – unos 17 años tal vez – levantó la mano solicitando la palabra en medio de un análisis de uno de los grupos, se la cedí y a continuación lanzó una interrogante, y varias afirmaciones que dé inicio me dejaron mudo: ¿por qué tenía que dar a conocer el resultado de cada estudiante en el grupo y no lo hacía individual?, ¡Qué si ella no estudiaba, era su problema!, ¡Sus padres confiaban en ella!, y!… ella económicamente podía pagar el curso de verano de las asignaturas aplazadas sin ningún problema!

El tiempo en buscar una respuesta me parecieron horas, y solo atine a expresarle: joven, respeto sus comentarios. Concluí el minuto 15 de ese grupo y en dirección a mi oficina, no dejaba de pensar y reflexionar que como administrativo y docente, junto a los padres de familias, tutores y docentes en general cuanto nos queda por hacer con nuestros jóvenes, sobre todo en su formación integral.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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