La revolución trovadoresca del amor

Grandes De La Literatura Universal

El mundo antiguo y medieval era violento, patriarcal y opresivamente jerárquico. El fuerte regía sobre el débil, el amo sobre el siervo, el instruido sobre el analfabeto, el rico sobre el pobre, el hombre sobre la mujer. La finalidad de la mujer era ser una buena esposa. Y, entre las clases altas, ni siquiera esa decisión trascendental la tomaba ella. Los padres casaban a los hijos para prolongar la estirpe y establecer alianzas mercantiles o diplomáticas. El amor entre esposos surgía, si acaso, después de la unión matrimonial.

El panorama es todavía menos romántico si tenemos en cuenta que, como afirma C. S. Lewis, “para la visión medieval el amor apasionado era perverso en sí mismo, y no dejaba de serlo si el objeto era la esposa”. Algo patente en una vieja máxima, que Pedro Lombardo difundirá en 1150: “El amor ardiente de un hombre por su propia esposa es adulterio”. Frente a todo ello reaccionará, en los siglos XII y XIII, la poesía trovadoresca, que reivindicará la pasión amorosa, aplaudirá el deseo y exaltará a la mujer. Tal será su impacto en la cultura, que nuestra concepción del amor romántico bebe de ese “amor cortés o, en palabras de los trovadores, de ese “fino amor”.

Los trovadores viven en las cortes feudales del sur de Francia y el norte de Cataluña, componen sus poesías o “canciones” en provenzal y las acompañan de música. Muchos de ellos son nobles, pero también hay clérigos, mercaderes o incluso artesanos. Su poesía se difunde luego en las cortes de toda Europa, con practicantes en el norte de Francia (los “trouvères”) y en las zonas germánicas (los “Minnesinger”).

Para exaltar a la mujer amada, los trovadores la convierten, poéticamente, en señora feudal: será su “domna”, “domina” (dama), o también su “midons” (mi don, mi señor). Trasladando los rituales feudales al amor, el trovador jura fidelidad a su señora y pide, postrado ante ella, que esta le tome entre sus manos y le dé un beso, haciéndolo su vasallo, su servidor (amador). Escribe el conde de Poitiers: “Me someto y entrego a ella: / puedo inscribirme en la lista de sus siervos; / y por ebrio no me tengáis / si a mi buena señora amo, / pues no puedo vivir sin ella: / tan hambriento estoy de su amor”.

La poesía trovadoresca celebra “la dulzura de la primavera”, cuyo calor derrite el hielo de la indiferencia y permite la floración del amor. Cantan los pájaros, irrumpe la jovialidad, la música, el juego, el deseo. El trovador requiere con sus poemas a la dama (casada): le pide una señal, una mirada, una caricia, a veces −incluso− la entrega sexual. Pero no todos los trovadores son sensuales o potencialmente adúlteros. Hay otros platónicos, como Jaufré Rudel, que canta a su “amor de lejos, / pues no sé de mejor ni más gentil / en ninguna parte”. El aplazamiento de la unión mantiene y espolea el deseo. El poeta busca perpetuamente a la amada, cuyo pensamiento sublimará su vida.

TEXTO PARA COLUMNISTA
La revolución trovadoresca del amor 3

Lea más del autor:

Enrique Sánchez Costa

Doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF, Barcelona), con Premio Extraordinario de Doctorado (2012). Profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Piura (UDEP, Lima). Autor de un libro (traducido al inglés) y de una docena de artículos académicos de literatura comparada y crítica literaria. Creador y coordinador del primer programa doctoral autónomo de la República Dominicana; el Doctorado en Estudios del Español: Lingüística y Literatura (PUCMM, Santo Domingo). Director de 6 tesis doctorales. Estancias trimestrales de investigación en bibliotecas nacionales de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España.