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Antropos

Recordar es volver a vivir románticamente los mejores momentos, porque los dramas y tragedias tendemos a borrarlos porque causan dolor  en nuestras vidas.

Por eso volver los ojos hacia atrás, es reconocer a nuestros seres queridos y lanzar una mirada a la historia personal y de carácter nacional para afincarnos en las querencias necesarias que nos dan sentido de identidad.

Cada uno de nosotros tenemos troncos familiares que nos amarran afectivamente. La soledad individual es la ausencia de la familia, en sentido que desaparecemos los puentes que nos unen. Esos lazos “comunicantes” es lo que nos hace fuertes, sólidos, coherentes, imaginativos, querendones y llenos de amor.

De tal suerte que entre los amarres familiares, buscamos superar los odios y sentar las bases de una comunicación existencial necesaria para vivir con plenitud. Cuando un miembro de la familia se nos desliza en el camino que no hay retorno, sufrimos, porque nos hace falta su palabra, el abrazo, el beso, el regaño y la amabilidad. La ausencia profundiza el reconocimiento de las virtudes del que se fue y lo amamos más.

Recordar los padres que  ya no están con nosotros, es dedicarles un tiempo para que su imagen no se pierda en el olvido. Es lo mismo con un amigo o amiga entrañable, particularmente en países como Guatemala, en donde muchos de ellos se fueron antes que fuesen adultos, porque en la búsqueda de una sociedad digna, los atrapó la violencia generada por un Estado en donde no se respetaban los derechos a ser libres y felices. Los hemos llorado con rabia y soñamos que sus sueños se puedan hacer realidad.

Hoy me ocupo de mi tío Nepta de apellidos España Martínez. Un anciano de 96 años que con bordón en mano, camina despacio por las calles solariegas de Chiquimula. Por las mañanas va a un comedor solidario y conversa y conversa con todas las personas. Sube a un bus y visita a familiares o va al Tabernáculo Evangélico de la Misión de los Amigos, a orar y cantar con alegría por la vida al servicio de la vida. Es un hombre platicador como son las personas del oriente de Guatemala.

Ha sufrido porque se le han muerto familiares muy cercanos. Pero no hay duda que su fuerza espiritual es tan inmensa y profunda que suelta sus lágrimas de dolor, pero eleva sus oraciones al creador, lo cual lo hace el hombre más feliz.

Tuvo más de diez hermanos y hermanas que nacieron y crecieron en una aldea llamada San Vicente de Concepción las Minas, Chiquimula. Por las mañanas con su tecomate lleno de agua y una servilleta con algo para comer, se iban a la tierra a cosechar frijoles y maíz. De regreso, muy acalorados, se metían en una quebrada de agua cristalina y fría, a refrescar los cuerpos sudorosos. Y de paso capturaban  cangrejos,  pescados y unos “jutes”. Era ya, la hora de una buena sopa con tomates y otras hierbas cultivadas en la huerta de la casa de paredes de adobe y con tejas de barro como techo.

Por la noche, la guitarra para cantar y narrar cuentos de su propia inventiva y tradición. O bien,  caminaban a otra aldea para jugar naipes entre chiste y carcajadas, en tanto los “patojos” jugaban de escondidas en la penumbra de la noche.

Crecieron y se fueron. Unos resultaron ser pastores. Otros albañiles, carpinteros y agricultores. Los hijos, nietos y bisnietos, nacieron en otras tierras y la familia se hizo inmensa, como inmensos se han vuelto los brazos de cariño, en donde mi tío Nepta, resulta ser el gran patriarca de esta hermosa familia, España Martínez.

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