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Una pequeña revolución

Punto De Vista

La actual situación en las que nos tiene el COVID-19, supone un cambio sustancial en las rutinas, actividades y hábitos cotidianos; dejamos de estar físicamente en nuestros trabajos, centros de estudios, gimnasios, cines, teatros, centros comerciales, parques, hasta alteró la manera en la cual acostumbramos a velar y enterrar a nuestros seres queridos, alteró todos los ámbitos de la vida. También, nos ha exigido acomodar los recursos financieros ante la crisis y faltaría un sinfín de ejemplos más. Ahora estamos encerrados.

Lo anterior sin lugar a dudas, implica readaptarnos y variar los comportamientos sociales, familiares y personales, lo cual tiene y tendrá un impacto psicológico en la salud mental de las personas, en algunas más que en otras.

Los efectos psicológicos negativos de la cuarentena sobre la salud mental, incluyen: enojo,  angustia, el temor al contagio propio o de infectar a terceros, frustración, aburrimiento, falta de información o exceso de la misma, la pérdida de poder adquisitivo, la pérdida del trabajo y del sustento a la familia, etc. La situación económica de cada familia y persona es lo que estará marcando la diferencia en la intensidad de los efectos negativos sobre la salud mental y emocional, aumentando la sensación de vulnerabilidad.

Ante lo anterior, han surgido consejos y estrategias de cómo se puede enfrentar el periodo de aislamiento o alejamiento físico, las cuales van desde cocinar, hacer ejercicio en casa, leer, hacer juegos, mantener contacto con los seres queridos usando la tecnología, conservar los horarios de las actividades que realizábamos y un largo etcétera.

Lo cierto es que pasamos de una sociedad de prisas, horarios, del reloj, del tráfico infernal, de saltar de un lugar al otro, haciendo de todo pero no conduciéndose a nada, siempre haciendo lo que debemos, pero nunca lo que nos gustaría hacer, postergando vacaciones, porque no tenemos tiempo para eso, porque el dios de la productividad llamaba siempre a nuestra puerta.

Pero las cosas cambiaron bruscamente y lo enumerado en el párrafo anterior se nos vino abajo, ya no hay prisas, no saltamos de un lugar a otro, el reloj se paró, el dios de las largas jornadas de trabajo y de la productividad parece que nos abandonó, al menos por el momento y aquella sensación de adrenalina, de que somos importantes porque no nos alcanza el tiempo para estar con la familia o tomarnos vacaciones, porque el mundo se paralizaba sino estábamos ahí, se desvaneció, ahora nos encuentra muchas veces en pijama y en chancletas. Así de risueño, así de cruel. Los tacos, el lápiz labial, el traje y la corbata, dan paso a nuestra ropa interior, al espejo de nosotros mismos.

Podemos regresar a la vida anterior luego que pase todo esto, pero sinceramente espero que no sea así. Espero que aprendamos algo de esta crisis, que va más allá de dejar los protocolos bien escritos para una segunda vez. Pasa por aprender a vivir, replantearnos si vale la pena correr de un lado a otro, estar metidos horas y horas en el tráfico, trabajar incesantemente para el dios productividad, que al final no sé qué tanta felicidad nos brinda, mejor dicho, que tanta falsa felicidad nos proporciona, con su sonrisa burlona de ya vendrá tu Semana Santa, si bien nos va.

Cuando pasemos esta crítica situación, regresaremos a la equilibrada vida que teníamos, en donde no había espacio para no hacer nada, donde predominaba la gente ansiosa y el culto a la actividad prolongada, donde parece que ahí no necesitábamos consejos para los efectos negativos de esa vida en nuestra salud mental y emocional, éramos totalmente felices.

Pero no, no creo lo anterior. Creo que debemos tener una pequeña revolución que termine con la falsa felicidad. Sin sentir culpa y remordimiento, debemos simplemente parar, parar de vez en cuando. Dar un papel protagónico a lo más fundamental de la vida: descansar, estar con nosotros mismos o con nuestros seres queridos, que sea una norma general, no de unos pocos, no solo de los que tienen ciertos privilegios. Debe ser una norma general, para todos, ser más felices, tener calidad de vida, relajarnos más, porque la ociosidad es parte del círculo productivo del ser humano, que no es lo mismo que la pereza.

Encontrar la felicidad y el bienestar no debe ser ese proceso agotador, rayando en la esclavitud de horarios sin sentido, llegando a la casa para dormir 4 horas y seguir la rutina del día siguiente, en el tráfico infernal, con una ciudad para nada amigable, con niños levantándose a horarios ridículamente malsanos con padres extenuados. Y ahí sí, parece que no necesitábamos consejos para nuestra salud mental…la falsa felicidad.

En la sociedad pos coronavirus, solo hace falta eso, una pequeña revolución.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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