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Se casaron y no fueron felices

Editado Para La Historia

El cuento infantil de princesas termina siempre con la expresión: se casaron y para siempre vivieron felices. Pero en la vida real de las princesas no hay nada más lejos de la realidad. Si bien en la historia hay casos de matrimonios por amor y que vivieron felices, no podemos decir lo mismo de la mayoría. Recuerdo la última de las nietas de la reina Victoria de Inglaterra, Victoria Eugenia de Battenberg.

Alfonso XIII de España nace poco después de la muerte de su padre Alfonso XII y de la austriaca María Cristina de Habsburgo, que fue regente de España hasta los 16 años del joven Alfonso, que para esa época se consideraba mayoría de edad.

El joven rey, aunque nada guapo, era un gran partido entre las princesas de Europa de aquella época, porque entonces las plebeyas no tenían ninguna posibilidad de casarse con un príncipe como hoy Leticia o Catalina. Se organizó un viaje a Inglaterra en busca de una reina para España y el joven rey solo tuvo ojos para una bella mujer, de espléndida cabellera rubia, tez aterciopelada y hermosos ojos azules. Estoy hablando de la joven Victoria Eugenia de Battemberg, nieta de la reina Victoria, a la que en casa todos llamaban por el último de sus muchos nombres: Ena.

Había dos obstáculos para que se pudiera realizar este matrimonio: la pretendiente debía tener el título de princesa real, título que le concedió su tío el rey Eduardo VII, y abrazar la religión católica. A España llegó la joven Victoria Eugenia donde, después de adoptar la religión católica, se pudo efectuar la boda. La boda tuvo lugar el 31 de mayo de 1906 en la madrileña iglesia de San Jerónimo el Real. Al finalizar la boda el cortejo se dirigió a palacio. Grande era la cantidad de personas que se congregó en el trayecto para ver a los recién casados, incluso algunos llegados de provincia. Desde Cataluña llegó el joven anarquista Mateo Morral. Se alojó en una pequeña hostería dónde, pasándose por monárquico, cada día compraba flores so pretexto de que las iba a tirar al real cortejo nupcial. Efectivamente, su intención era tirar un ramillete de flores, pero con una bomba dentro. Al pasar por el 88 de la calle Mayor, el ramillete lanzado con la bomba rebotó sobre el techo del carruaje de los novios sin ningún daño para ellos, pero sí causando la muerte de 23 inocentes y casi 100 heridos. Mal presagio. A pesar de todo, las festividades continuaron porque consideraron que precisamente lo que buscaba el anarquista era entorpecerlas. Más tarde encontraron a Mateo Morral y aparentemente lo suicidaron.

Nunca se sabrá si Alfonso XIII estaba al tanto de la enfermedad de la que era portadora Victoria Eugenia: la hemofilia. La hemofilia se le había heredado su abuela Victoria de Inglaterra. Al poco tiempo del matrimonio nació el primer vástago que prometía la continuación de la dinastía. Obviamente fue bautizado con el nombre de Alfonso, como el padre y el abuelo. Estaba destinado a ser el 14avo rey español en llevar ese nombre. Pero a los pocos meses de nacido se hizo patente en el bebé la horrible enfermedad. Más tarde nació un segundo varón al que se le puso el nombre de Jaime y, como las desgracias nunca vienen solas, el bebé nació sordo. A Jaime le siguieron dos niñas, las infantas Beatriz y María Cristina, el quinto hijo fue Juan, quien nació sano, y al final llegó un sexto hijo, Gonzalo, que también era hemofílico. Los tres hermanos varones de Juan murieron a consecuencia de la hemofilia.

Alfonso XIII era en exceso mujeriego y desde el comienzo se alejó de Victoria Eugenia culpándola de la enfermedad de sus hijos… o quizás esa era la excusa. Las malas lenguas han calculado en casi 200 los hijos naturales de Alfonso XIII. Los nobles conspiraban para que Alfonso se deshiciera de su esposa. La amante “titular” del rey era Carmen Ruiz Moragas. El rey la llamaba Neneta y los nobles querían que Alfonso se deshiciera de la inglesa y se casara con “la titular”. El promotor de esta confabulación era el Duque de Léjara. Una vez la reina lo llamó a sus habitaciones y le dijo: “Sé que es usted el que está detrás de la conspiración para que mi marido me abandoné por Neneta. Yo no lo puedo castigar, pero Dios lo castigará”. Aparentemente la cosa fue dicha con tanta solemnidad que en esos momentos el Duque sufrió un ataque al corazón y salió de los aposentos de la reina en estado de cadáver. Este incidente aumentó el desagrado que por ella tenían los nobles.

En 1931 se realizaron elecciones ganando el partido republicano, por lo que Alfonso XIII a la mañana siguiente abandonó España. No es necesario decir que salió del país dejando atrás a esposa e hijos, quienes abandonaron España un día después. Pronto se encontraron en el exilio y ante el distanciamiento por tantas infidelidades, los esposos decidieron llevar vidas separadas. Alfonso XIII se quedó a vivir con sus hijos en Roma y Victoria Eugenia marchó a Londres, después de todo era inglesa.

Es necesario decir que durante los 27 años que fue reina, Victoria Eugenia no tuvo una vida fácil en España. Venía con ideas liberales de su Gran Bretaña natal, fumaba, practicaba deporte, cosas que era mal vistas entre las españolas de sociedad de la época. Era extremadamente elegante y muy aficionada a las joyas, por lo que la llamaban La Pava Real. Detestaba la cocina española, las mantillas y las corridas de toros. Decía que los únicos momentos de felicidad que tuvo como reina en España fue durante las temporadas de vacaciones de verano en el Palacio de la Magdalena en la cántabra ciudad de Santander.

Alfonso XIII falleció en 1941, en plena guerra. La reina vino de inmediato a Roma para acompañar a su aún esposo en sus últimos días, aunque él se negó a recibirla. Al final ella falleció en 1969 en su residencia de Lausana, en Suiza. En 1968 tuvo la posibilidad de regresar por pocos días a España como madrina de bautizo de su bisnieto, el actual Felipe VI. Aún España era gobernada por Franco. Cuentan que en una reunión que tuvo con Franco, Victoria Eugenia le expresó: -“Usted, que tanto ha hecho por España (esa era su opinión), como su Reina le ordeno que escoja entre tres Borbones: mi hijo, mi nieto o mi bisnieto. Si usted antes de su muerte no designa como sucesor a uno de ellos, España nunca más tendrá rey”.

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