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A Siberia por amor

Editado Para La Historia

Para bien o para mal, los rusos llevan en sus genes el atávico amor a su tierra. Sean rusos de ahora o de antes, comunistas o anticomunistas, cultos o incultos, pobres o ricos todos añoran la tierra que los vio nacer apenas atraviesan sus fronteras. Y, en el caso del compositor Serguei Prokófiev, fue para mal.

Serguei Prokófiev fue un gran compositor ruso al que le debemos obras tan maravillosas como “Pedrito y el Lobo”, grandes conciertos y la música del ballet “Romeo y Julieta”, entre otras.  Prokófiev realizó sus estudios de composición en el Conservatorio de Música de San Petersburgo, contra esquina al Teatro Mariinsky. Pero no es de él de quien les quiero hablar hoy, sino de su primera esposa, la de verdad, la española Carolina Codina Nemínskaya. Porque sí, Carolina Codina era madrileña, nacida en el 4 de la calle Bárbara de Braganza en el muy madrileño barrio de Chueca, como atestigua una placa que desde hace unos años puso ahí el Ayuntamiento de Madrid.

Carolina, soprano, más conocida por su apócope de Lina, era hija del catalán Juan Codina y de la rusa Olga Nemínskaya, a su vez con orígenes alsacianos y polacos. Sus padres eran cantantes de ópera y, por sus múltiples compromisos laborales, la pequeña Lina viajó con ellos por todo el mundo cuando no se quedaba en casa de sus abuelos en el Cáucaso ruso. Finalmente, por cuestiones de trabajo, se instalaron en Nueva York donde Lina conoció en 1918 a Serguei Prokófiev quien vino a presentarse en el Teatro Carnegie Hall para interpretar su majestuoso Primer Concierto para Piano y Orquesta. Él tenía 24 años, era guapo y, con los primeros compases del concierto, Lina supo que su destino estaba entrañablemente ligado al del ruso. Al finalizar el concierto Lina se presentó ante el compositor y comenzó el idilio. Fueron a vivir a París donde tuvieron como amigos a toda la intelectualidad internacional que vivía en la permanente fiesta cultural de los locos años 20 en la ciudad luz. El creador de los ballets rusos Diáguiliev, Ígor Stravinsky, Hemingway, Marlene Dietrich, Cole Porter, Walt Disney, Chaplin, Imperio Argentina, Picasso, Nishinsky, Dalí… todos ellos eran sus amigos. Conoció a Coco Chanel y con una simple mirada las dos mujeres entendieron que estaban cortadas con la misma tijera. Coco Chanel había sido invitada a casa de los Prokófiev por Nishinsky. Coco, en el momento en que Carolina le retiraba el abrigo de sus hombros, le dijo: – “Para ser irremplazable una debe ser diferente” y le regaló el abrigo, hecho por la propia Coco.

Las autoridades soviéticas en el transcurso de los años 30 enviaban mensajeros y diplomáticos a congraciarse con los Prokófiev que, ya a esta altura tenían dos hijos, para que vinieran a instalarse en Moscú. A pesar de las súplicas de su amigo Ígor Stravinsky y del muy sospechoso suicidio en Moscú del amigo Maiakovski, poeta de la revolución bolchevique, el amor desmesurado de Prokófiev por su tierra hizo que el compositor viniera a instalarse a la capital soviética arrastrando con él a su esposa española y a sus dos jóvenes hijos. Primero fueron todas pleitesías, loas y admiraciones hasta que en 1936 fue calificado de compositor conformista y burgués. Mientras tanto, le pusieron a una mujer 24 años más joven para que lo separará de su esposa legal. Prokófiev abandonó a su familia y se casó con la advenediza, porque en la Unión Soviética el matrimonio de Serguei y Carolina en París no era reconocido en la medida en que no había sido registrado en el consulado soviético de París.

Cuando Alemania le declaró la guerra a la Unión Soviética y las tropas nazis se acercaban a Moscú, los artistas de la ciudad fueron evacuados a lejanas regiones. Lina quedó sola en la capital con sus dos hijos, mientras su esposo huía con la nueva mujer. A los 10 días de caer Prokófiev en desgracia, Lina fue arrestada y llevada a la tristemente célebre Lubianka, sede de la seguridad soviética, para ser sometida a intensos interrogatorios. Fue acusaba de espía y traidora a la Patria porque Lina, en su afán de obtener una visa de salida para ella y sus hijos que le permitiera abandonar la Unión Soviética, y segura de sus amistades intelectuales en el extranjero, visitaba con insistencia las embajadas occidentales en Moscú.

En la Lubianka fue torturada hasta que firmó una declaración en la que se reconocía espía. Fue condenada a 20 años de trabajos forzados en Abetz, una aldea de Siberia en donde por las mañanas, con -50 grados de temperatura, el pelo amanecía congelado pegado a la pared del barracón. De ese frío lograba protegerse Lina con el abrigo firmado Coco Chanel que le regalara la propia modista en años de mayor felicidad en París. A la muerte de Stalin en marzo de 1953 hubo una amnistía general, se le exoneró de sus cargos y, como ya hacía tres años que había fallecido Prokófiev, se le otorgó una pensión de viudez. Solo en 1974 logró salir para Londres con sus hijos donde se estableció hasta el final de su vida en 1994. Los días que le quedaban por vivir los dedicó Lina a la gloria de la música de su esposo.

El único delito de esta española fue amar intensamente al hombre de su vida.

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