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Las convivencias pura presencia

Pluma Invitada

Desde que comenzamos el periodo de reclusión, se revalidan con fuerza viejas teorías. Considerando que es más enriquecedor transmitirlas a partir de situaciones concretas, comenzaré por tomar fragmentos de dos relatos virtuales que escuché en este tiempo, caracterizado por una paradoja relacional de un aislamiento hiperconectado, para luego pasar a citar una de las más apasionantes teorizaciones de Sigmund Freud de 1920.

Una mujer de mediana edad, con cierta decepción, me cuenta que está haciendo algo que toda la vida creyó anhelar: permanecer en su casa más de lo que acostumbraba, sin zapatos ni maquillajes. Su trabajo, que es una verdadera elección y lo disfruta desde hace nueve años, ahora lo realiza desde su living, evitando las tiranas e inciertas duraciones de las idas y vueltas de su oficina, que le restaban a los ya insuficientes momentos de estar con su familia, dos horas al día, diez horas a la semana, cuarenta horas al mes y no quiso seguir haciendo cuentas porque, advirtió, que ya había perdido casi cuatro mil horas de su vida. No obstante, ahora, a menos de un mes de aislamiento social, extraña extrañar, a su familia, a su casa. Y añora a su oficina, a sus compañeros, a sus tacos altos y a su rímel de las mañanas.

Otra situación, otro momento de la vida. Una chica joven comienza la tan esperada convivencia con su novio, días antes de que se inicie la rigurosa cuarentena. Experiencia desafiante para quien la afronte, que pone a prueba al deseo, lo miren por donde lo miren, y más aún, si se tiene en cuenta, que el lugar elegido para llevar a cabo semejante proeza, estaba en función a las posibilidades económicas de la pareja pero también estaba diseñado para continuar con las rutinas cotidianas, que les proponían un amoroso reencuentro, los días laborales después de las 18hs, en el mejor de los casos, para prolongarse hasta las 7 hs del día siguiente. Todo esto sin contar, que al ser una relación de las de esta época, de dos personas que si bien todavía apuestan al amor en la era del “Amor líquido” descripto por Z. Bauman, también bregan por su libertad, respetándose y acompañándose en mantener espacios recreativos individuales.

Ya de por sí, vivir en compañía de alguien que elegimos, es una decisión que pone a prueba al deseo, porque, en el día a día, caen las idealizaciones que se hacen del Otro, y viceversa.

Y en las convivencias actuales, consecuencia del covid-19, esto se exacerba aún más porque en el 24/7 que estamos atravesando, el Otro, se nos vuelve pura presencia. Aunque no queramos, aunque el Otro (o los Otros) no quieran, tenemos pocas posibilidades reales para sustraernos concretamente de una escena en común, para que nos extrañen, o para extrañar a los demás. El deseo, para el psicoanálisis, es insatisfecho por definición. El deseo siempre está en relación a la falta. La falta, es condición necesaria para poder desear. ¿Cómo podríamos desear algo que ya tenemos?

Sigmund Freud teoriza que el niño en el juego vuelve activo algo que es vivido y sufrido por pasivamente. En “Mas allá del principio del placer” (1920-1922), nos dice que los niños repiten en el juego todo lo que les ha hecho gran impresión en la vida; de este modo abreaccionan la intensidad de la impresión y se adueñan de la situación.

Y en este mismo texto, describe el famoso “Juego del carretel”, a través de una observación que le hace a un niñito de un año y medio: “…Este buen niño exhibía el hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de si, a un rincón o debajo de la cama, etc., todos los pequeños objetos que hallaba a su alcance, de modo que no solía ser tarea fácil juntar sus juguetes. Y al hacerlo profería, con expresión de interés y satisfacción, un fuerte y prolongado “o-o-o-o”. que según el juicio coincidente de la madre y de este observador, no era una interjección, sino que significaba “fort” (se fue). Al fin caí en la cuenta de que se trataba de un juego y que el niño no hacia otro uso de sus juguetes que el de jugar a “que se iban”. Un día hice la observación que corroboró mi punto de vista. El niño tenía un carretel de madera atado con un piolín. No se le ocurrió, por ejemplo, arrastrarlo tras sí por el piso para jugar al carrito, sino que con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el piolín, tras la baranda de su cunita con mosquitero; el carretel desaparecía ahí dentro, el niño pronunciaba su significativo “o-o-o-o”, y después, tirando del piolín, volvía a sacar al carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso “Da” (acá está). Ese era, pues, el juego completo, el de desaparecer y volver”.

Freud, también advierte que el niño simbolizaba la partida de la madre, y adueñándose de la situación, era él quien decidía cuando ella se marchaba y cuando regresaba. El niño repetía este juego incansablemente, pero el mayor placer lo obtenía en el reencuentro.

A partir de esta observación, que vale para las relaciones y para todas las cosas que deseamos en general, podríamos decir que no es ni la presencia absoluta, ni la ausencia absoluta, sino el interjuego de ambas, lo que nos habilita a desear. Una instancia no puede definirse ni disfrutarse sino es por oposición a la otra. Jacques Lacan, va a decir más tarde, retomando y reformulando la teoría del lingüista F. de Saussure, que un significante se define por lo que los otros no son. Una presencia, en este caso, puede definirse en función a una ausencia. ¿Cómo podríamos disfrutar de una presencia si no se llegasen a provocar esos agujeros o esas faltas que nos da la ausencia?

Y lograrlo en el periodo de cuarentena es difícil. Pero, por lo que vengo observando, muchas personas lo están pudiendo realizar, a pesar de estar juntas veinticuatro horas todos los días de la semana, hasta quizá 50mts cuadrados o menos aún, porque tampoco es absolutamente necesario, ni garantía de nada, ausentarse físicamente para sostener al deseo, el que no está inmune de ser aniquilado a la distancia.

La alternancia de presencia/ausencia puede ser simbólica. Se puede estar en un mismo lugar con Otro sin estarlo, quiero decir, en un mundo propio, en un rincón propio, en un tiempo propio, para poder después disfrutar y entrar juntos, a los que se tienen compartidos. Y recuerden: el mayor placer que experimentaba el niño observado por Freud, era en el segundo tiempo, en el reencuentro. Pero, para esto, antes, habrá que haberse ausentado.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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