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Los disidentes

Teorema

Uno de los grandes errores es juzgar las políticas y programas por sus intenciones más que por sus resultados. Milton Friedman, premio Nobel de Economía en 1975.

Personalmente estoy sorprendido con la mansedumbre y pasividad de la mayor parte de la gente. Ha aceptado las direcciones del gobierno y se ha encerrado. Después de un mes, muchos se muestran dispuestos a permanecer encerrados otro mes.

Para algunos, los más estrictos, las condiciones del encierro son semejantes a las de un secuestro. Solo les falta anotar los días que pasan haciendo una raya en la pared.

Sin embargo, atisbo el inicio de la resistencia. Precisamente hoy recibo fotos de una Megapaca que pone una góndola de productos comestibles y abre. Entiendo que Cemaco hizo lo mismo esta semana.

Pero queda la impresión de que se tratara de una listura, como si estuvieran actuando al margen de la ley.

Antes era diferente. El miércoles 4 de febrero de 1976, a las 3 de la mañana, un terremoto había causado daños nunca vistos en nuestro país.

Siete horas después, a eso de las 10 de la mañana, después de haber limpiado algunos destrozos en mi casa, me dirigí a mi oficina, pero antes decidí dar una vuelta por el centro de la ciudad.

Tomé la séptima avenida, llegué a la esquina del Palacio Nacional y luego crucé dos veces para retornar sobre la sexta. Había poca gente, casas destrozadas, ripio en las calles, caras largas, muy largas… Todos los comercios estaban cerrados.

Recorrí la sexta a todo lo largo para llegar a mi oficina que estaba en la zona 4. Repetí ese trayecto al día siguiente con resultados muy parecidos.

El viernes 6, pasadas las 8 de la mañana, entre la octava y novena calles de la sexta avenida, a mano derecha, La casa de los abrigos había abierto. Era una tienda modesta, pequeña. Como esperando clientes para bien venirlos, al lado de la puerta permanecía de pie su propietario, un hombre alto, flaco, ya viejo. Detuve el carro, me bajé para verlo bien, despacio. Le sonreí y él, un poco sorprendido, me devolvió la sonrisa

Ese día, 55 horas después del siniestro principal, cuando aún temblaba, cuando había ruinas, escombros y dolor, cuando empezaban las noticias qué terminarían con la cifra de 20,000 cadáveres dispersos en todo el territorio, nuestra Guatemala empezaba a producir de nuevo.

La gran máquina, con la pesadez de un gigante volvía a mover sus engranajes. Todo había vuelto a empezar. Como después lo publicitó un importante comercio, Guatemala estaba en pie. La vida del país empezaba de nuevo.

Durante el fin de semana, una vez concluida la primera etapa de acopio de alimentos y ropa para asistir a los más necesitados, la gente hizo un voluntariado enorme para distribuirlos. Había polvo, mucho polvo, pero los vegetales y productos enlatados que se entregaban se veían maravillosamente frescos. Ni antes ni después, he vuelto a ver zanahorias tan grandes.

Quienes habían perdido a un ser querido, lo lloraban y le rendían honras fúnebres.

Quiénes tenían destrozos en su casa u oficina, limpiaban los escombros y se preparaban para trabajar.

Lo importante era que hubiera disponibilidad de los productos y servicios que la gente requeriría.

Los días que siguieron, se mantuvo latente el riesgo de otro sismo. Y los hubo, de menor intensidad o duración, pero sí que los hubo.

Se temía que las estructuras ya dañadas por el primero cobrarán nuevas vidas. Las empresas no podían obligar a sus trabajadores para que regresaran a laborar. Ellos quedaron en plena libertad de hacerlo o no. Eso forma parte del comportamiento natural de los guatemaltecos.

Algunos trabajadores viajaron al interior para asistir a sus familias. Otros atendieron el funeral de un familiar cercano. Pero la gran mayoría regresó a trabajar sin requerimiento alguno. El primer día llegaron a limpiar, a barrer, a lavar. Se cubrieron la boca con pañuelos atados en la nuca e hicieron esas tareas. Después de terminada esa faena, empezaron a trabajar y a producir de nuevo.

Ese fin de semana, a mediados de mes, con la banca funcionando en pleno, hubo sueldos. La gente tuvo dinero para abastecer las necesidades de sus familias.

El gobierno favoreció que así sucediera. Pudo preocuparse con la probabilidad de nuevas muertes y prohibir que se trabajara hasta que dejara de temblar. Pero afortunadamente no lo hizo. El país se detuvo sólo para tomar aliento y siguió adelante.

Hoy tenemos al gobierno tomando decisiones que evitan a los pobladores comportarse con la lógica que lo hicimos en 1976.

Pero una rebeldía ordenada, educada, silenciosa, pacífica… me parece que ha empezado ya. Quizá el escenario de hoy lunes ya sea otro.

El gobierno, aunque podría estar engolosinado con los poderes extraordinarios que ahora tiene, no creo que se atreva a reprimir más a su pueblo, a los que “violan” el toque de queda, a los transportistas improvisados, a los mercados que no exigen mascarillas o permiten aglomeraciones.

No puede acallar a ese 75% de la población que trabaja en lo que las burocráticas entidades oficiales llaman peyorativamente economía informal, sin reconocer que es gracias a esa economía, más que a las grandes empresas, que hemos sobrevivido desde siempre. No puede seguir deteniendo a todos esos hombres y mujeres “informales” que parecen implorar: Por favor gobierno, ¡ya no me defiendas! ¿No ves que estoy muriendo?

TEXTO PARA COLUMNISTA

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