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Un mundo sin una vacuna

Pluma Invitada

En la actualidad, todos coincidimos en la necesidad de que se encuentre la vacuna contra el Coronavirus. Nadie toma una posición en contra, ni fantasea la mínima posibilidad de oposición.

Dentro de las tantas reflexiones que han circulado a través de las redes sociales en estos días, hubo una en particular que resonó intensamente. Esta frase resumió con las palabras justas, un tema que viene inquietando a la sociedad desde antes de la aparición del Covid-19. Se las paso a transcribir: “Para los inconscientes que tanto pedían un mundo sin vacunas: aquí tienen un mundo sin una vacuna. Imagínate sin ninguna”.

Personalmente, siempre tuve aversión a las posiciones fundamentalistas en general, pero más aún a las que ponen en juego a la vida bajo argumentaciones preocupantes que se asemejan a certezas delirantes tan bien construidas que, a alguien ajeno al discurso de la ciencia, puede llegar a hacerlo tambalear.

Dos opiniones de profesionales de la salud, me resultaron muy esclarecedoras por lo que pasaré a citarlas a continuación. La primera, de la Dra. Carla Vizzotti que, en desavenencia a las posturas de los padres que deciden no vacunar a sus hijos, promueve derribar los siguientes mitos: “1. Las vacunas causan autismo. Falso. Hay un artículo de hace veintiún años que fue fraudulento, que el médico que llevo a cabo esa investigación fue sancionado por el Reino Unido, el colegio médico le retiro su matrícula y todos los estudios posteriores demostraron que es falso. 2. Las vacunas (refiriéndose a la de la Rubeola) se hacen con fetos abortados. Falso. En la autopsia de un feto, se aisló el virus, y, a partir de ahí, por una técnica que se llama “líneas celulares” se saca fotocopia de esas células, y, (enfatiza), no se necesitan fetos. 3. Las vacunas tienen mercurio y son neurotóxicas. Falso. Las vacunas tienen Timerosal que es un tipo de mercurio que es soluble en agua que no se acumula nunca a niveles tóxicos que es fundamental para que sean seguras, sean eficaces, sean potentes y estériles y que no genera ningún evento adverso. 4. Si uno pertenece a una clase social media o alta, no se va a enfermar nunca. Falso. Virus y bacterias no respetan clase sociales. 5. Es mejor tener la enfermedad natural. Falso. Todas las enfermedades que se previenen a través de vacunas, pueden tener complicaciones y generar la muerte. Siempre es mejor prevenir. 6. Las vacunas no tienen estudios de seguridad. Falso. Desde el minuto uno que se empieza una investigación, se vigila la seguridad. Concluye: Las vacunas nos igualan, son un signo de equidad. Las vacunas son solidarias. Si todos los que podemos nos vacunamos, interrumpimos la circulación de los virus y las bacterias y protegemos en forma indirecta, a quienes por algún motivo no pueden vacunarse”.

Antes de que la posición antivacunas tome la magnitud que tiene en la época actual, difícilmente se contemplaba otra opción más que la siguiente: nacía un bebe en un centro de salud especializado, equipado para este gran evento. Después de que la madre lo daba a luz, lo abrazaba unos pocos, pero inolvidables minutos, para reconfirmarle mirándolo a los ojos, todo el amor que le tenía, le regalaba un nombre y, luego, sin objeciones y en sintonía a ese mismo amor, permitía que el bebe fuese llevado por los profesionales del área de obstetricia y pediatría para hacerle los controles de salud y aplicarle las vacunas correspondientes, la vacuna de la hepatitis B y la BCG.

Luego, esto quiso cambiar. Empezaron a ponerse de moda corrientes que proferían sin respaldo alguno de la medicina, que los niños serían más saludables, desde lo físico y emocional, si nacían en sus casas, en su ámbito natural, sin factores estresantes, sin monitoreos, sin sueros, sin médicos, sin vacunas. Volver a los ancestros era la consigna.

Y en este punto me pareció sumamente enriquecedor tomar el relato de Claudia De Angelis, Obstétrica, que dice “El momento del nacimiento de un hijo está descripto como uno de los momentos más reveladores, únicos e indescriptibles en la vida de una madre y/o una pareja.

Pero no deja de ser cierto que ese nacimiento tiende cada vez más a reivindicar la necesidad de traer una hija/o al mundo “jugando” un poco a ser aquellas heroínas que tenían al niño en casa, atendidas por comadronas y dónde el bebe nacía en una cama. Sin darse cuenta de la similitud de ideas, ahora se habla casi de lo mismo, cuando se invoca un “nacimiento respetado. ¿Respetado?, se pregunta, y dice: Respetar significa tener claro que toda paciente merece ser atendida por un equipo de salud que escuche sus requerimientos y con el que pueda confrontar aquello que piensa, quiere y desea en el momento de parir.

La mal interpretada idea de “parir con respeto”, salió del contexto de la literatura obstétrica y parece querer anclarse sin demasiados fundamentos médicos.

Muchas mujeres creen que traer un bebé al mundo firmando con antelación un acuerdo tácito con los profesionales que la van a asistir, va a diseñar un mundo mejor para su bebé, dónde apelan a todos los “no” posibles: no a la colocación del suero, no al control de la FCF monitorizada, no a la a analgesia peridural, no al corte del cordón inmediato, no a la colocación de vacunas. Y con respecto a este último punto, nos dice “es algo que tiene primordial importancia, prevenir es algo justo y necesario, no vacunar es impedir que ese bebe pueda generar anticuerpos y sea pasible a una infección”

En la actualidad, todos coincidimos en la necesidad de que se encuentre la vacuna contra el Coronavirus. Nadie toma una posición en contra, ni fantasea la mínima posibilidad de oposición. Se la espera con ansias para salvarnos. Sin embargo, a las que ya existen, y han probado ser esenciales en la erradicación de determinadas enfermedades, algunos las continúan desestimando. Alegan con necedad que no es el momento de pensar en ellas, porque todavía no les son amenazas, gracias a los que estamos vacunados que interrumpimos la circulación de los virus y las bacterias, protegiéndolos en forma indirecta. No obstante, estas posiciones reticentes, no lo reconocen. No se enferman porque son más fuertes, más sanos, más omnipotentes. ¡Despierten!, el Coronavirus los amenaza y no existe ninguna inmunidad de rebaño donde puedan escabullirse.

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