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El sabio que no sabía

Mirilla Indiscreta

Jugar al sabio desde el poder garantiza la aprobación de los serviles, tanto como al tahúr ganar la apuesta, con los dados cargados.

Don Edmundo desde Las Vegas

No hay Rey que sea idiota hasta que lo guillotinan, ni pueblo que se desprenda del tirano hasta que se muere de hambre.

Don Edmundo frente a la Bastilla 14 abril 1789 en la Revolución Francesa.

La sabiduría del que tiene poder es equivalente a un Rolex falsificado: se enseña, se presume, pero no se empeña.

Don Edmundo antes de entrar a una de las diez mil casas de empeño en Guatemala.

Estas tres máximas que don Edmundo acuñó durante la semana, sacudieron mi entendimiento y me enseñaron que el poder político, tan perseguido por quienes creen cultivarse para el servicio público, no siempre cosecha a sus mejores alumnos.

La tentación de disponer de lo público, sin más riesgo que perder lo ajeno, estimula la íntima perversidad de decidir más allá de lo posible…lo soñado.

Sueños, qué siendo orgasmos para quienes los disfrutan, por su impacto en la realidad concreta, se transforman en amargas pesadillas para quienes las sufren.

Por eso la figura del Dictador (el que da las órdenes) fue suprimida formalmente tras la muerte del césar y no fue restablecida bajo el Imperio Romano

La figura del Dictador, tenía las características siguientes:

Era un magistrado de la República Romana a quien se le confería la autoridad del Estado para enfrentar una emergencia militar o realizar un trabajo específico tasado en el tiempo y en el espacio.

Todos los demás magistrados estaban bajo su mando y que los llamados tribunos de la plebe, los diputados hoy, limitaran o vetaran sus acciones o que el pueblo apelara contra ellas, era imposible.

Pero como nos instruye la historia, para evitar que la dictadura amenazara al propio Estado, se le imponían severas limitaciones.

Y lo más importante:

Solo podía actuar dentro de la esfera del mandato específico para el que se le había instruido, y vea usted querido lector la sabiduría de los verdaderos sabios reconocedores de las debilidades humanas.

“Estaba obligado a renunciar una vez concluida la misión y no podía excederse de seis meses sin lograrlo”.

Desde luego, muchos se embelesaron a través del tiempo, con las funciones del dictador, sin conocer su historia.

De allí, la importancia del Estadista, para el ejercicio del cargo político, más allá de que sea un mal médico, un pésimo abogado, un ingeniero mediocre o cualquier profesional que hace del cargo público, la extensión de su vocación frustrada.

El Estado es una creación social, no un patrimonio individual… y fundamentalmente el Estado de Derecho, totalmente destruido, en nuestro país, debiera ser la máxima expresión civilizada de la contención del poder público.

Espacio donde mandan los ciudadanos y los servidores públicos son empleados sujetos, a las leyes que les prescriben las funciones que ejercen.

El poder público, es del pueblo y quien abusa de su empleo al servicio del Estado, debe ser despedido porque compromete el patrimonio social: la vida, salud, seguridad y satisfacción de necesidades esenciales de la población.

La emergencia sanitaria está dada en todo el mundo.

Su tratamiento y eficacia de los mismos, se discute entre dos grandes opciones: Encierro criminal o libertad planeada, teniendo como premisa fundamental, por las aplastantes evidencias, que se trata de un virus creado para establecer la hegemonía de las potencias y el capital, de un nuevo modo para redefinir las relaciones sociales de producción de la humanidad.

En la crisis sanitaria, se señala como la población directamente más afectada y con mayor riesgo de muerte, al segmento de edad avanzada, porcentaje infinitamente menor al resto y cuya aportación al esfuerzo productivo, ha sido marginado en el repugnante inventario de la inutilidad senil.

Por esa razón la existencia misma del virus asesino, es combatida en primera instancia, por la propia vitalidad del cuerpo humano y su circuito de defensas inmunológicas, qué provocadas por el agresor, generan los anticuerpos para destruir al invasor.

Esa defensa colectiva, pasa por sufrir la enfermedad y crear un cordón sanitario similar a la brecha que impide en los incendios forestales que estos se extiendan más allá del límite marcado en torno al fuego vivo, que se consume él mismo, por el agotamiento del material inflamable.

Por otro lado, Las defensas creadas por el organismo humano, en países subdesarrollados, como consecuencia de su ingrata realidad socioeconómica, es muy superior a la de quienes, rodeados de medidas profilácticas en otros países, se mueren si toman el agua de nuestros ríos contaminados o se enferman si ingieren comidas populares.

La contención social es una alternativa seria y al parecer eficaz en los países que la han aplicado para evitar que el virus termine matando de hambre a la población.

Italia, por ejemplo, después de haber sido abatida por la improvisación en las disposiciones oficiales, abrirá sus puertas a la Unión Europea el próximo 3 de junio y los viajeros que lleguen a su territorio no tendrán que guardar cuarentena.

Y, el 18 de mayo, abrirá totalmente su economía por decreto firmado ayer mismo: Todos los negocios del país, como centros comerciales, tiendas, bares, restaurantes, peluquerías… Todo abierto para relanzar su economía.

En Guatemala, metida en el mismo lío, pero en pausa constitucional, la anarquía y la inexistencia de un Estado de Derecho y Régimen de Legalidad, amenaza cada día más el rompimiento de la estructura social, geográfica y política.

Por esa razón, estirar la paciencia hasta el límite de su resistencia es un consejo inapropiado y peligroso.

Ya no para la integridad de la República, cuya ficción cotidiana, vivimos en carne propia todos los guatemaltecos.

La República Romana toleraba la dictadura como una excepción pasajera, nunca como forma institucional y antidemocrática para anular la voluntad de sus ciudadanos.

Esa frontera imprecisa, por la ilegalidad imperante en nuestro caso, aunque se invoque a la constitución, por cierto, en el exilio, para legitimar poderes represivos, otorga al pueblo, cuya autoridad soberana, la tienen en cuarentena permanente, igual derecho para reclamar desde la celda, su legítima y sagrada potestad universal a resistir la arbitrariedad institucionalizada.

Este no es un pulso entre obcecaciones enfermizas ni necedades autoritarias.

Debiera ser la obediencia incondicional al peso de la voz del pueblo que es la voz del verdadero Dios.

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