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Necesitan permiso para matarme

Mirilla Indiscreta

“El pueblo, qué sin voz, espera la muerte o la vida con resignación cristiana”.

Situarse del lado del más débil, en un conflicto de intereses, implica sacrificio, desprendimiento, abnegación y el riesgo de ser víctima de los recursos infinitos al servicio de las causas de los poderosos.

Por esa razón, estar del lado del pueblo, de la gente, de la muchedumbre, de la plebe implica exponerse a la aplanadora del poder y lo más triste, no pocas veces, por confusión o ignorancia, a la incomprensión de la propia gente.

Pero lo que está en la discusión en estos momentos aciagos de la humanidad, tiene que ver supuestamente, con la vida o con la muerte de la especie humana.

Cualquier interés subalterno a la supremacía finalista de esta controversia, implica como sagrado derecho supremo individual y social, el de opinar y esperar las respuestas racionales de quienes disponen o proponen soluciones revestidas de poder.

No está en juego, el patrimonio, seguridad ni siquiera la posibilidad de sanciones concretas para quienes disponen, si se equivocan.

El resultado amañado en el juicio oficial, tiene de antemano sentenciado a un culpable si fracasa su acción.

El pueblo, qué sin voz, espera la muerte o la vida con resignación cristiana.

En esa virtud una política de consensos que busque y procure el mayor acuerdo dentro del desacuerdo se impone, especialmente cuando las decisiones están por encima de la cordura, sabiduría, conocimiento o sensatez de quién está llamado a decidir.

Las circunstancias exigen la apertura al diálogo y tolerancia al disenso de quienes critican o rechazan las medidas oficiales. En lo particular, porque implica el resguardo de la vida de los gobernados.

Cuando las élites financieras coludidas para lograr un objetivo, lo definen y deciden, tienen la capacidad de articularlo para que funcione como una máquina sin voluntad propia.

Arranca el motor y cada pieza realiza su trabajo con diligencia rentable.

Los políticos y funcionarios, afinan y ejecutan la respuesta comprometida del Estado retribuyéndose con la corrupción concertada y consentida.

Los medios de comunicación, falsifican la legitimidad de la opinión pública a través de la “Opinión Publicada”, usurpando la dimensión ética de la libertad de expresión, como bien social privilegiado de los ciudadanos, superior al derecho de las empresas mercantiles de comunicación y sus fines esencialmente lucrativos.

Los concertados para la pandémica conspiración mundial, son capaces de articular todo el proceso, en una sola acción con múltiples cabezas.

Todos los recursos del poder, funcionando como una máquina siniestra y eficaz

A estas alturas el conflicto pandémico mundial, se percibe, por importantes sectores científicos y políticos, como una espeluznante farsa con fines económicos.

Y han pasado de la observación pasiva a la militancia contestaría de la discusión científica.

El profesor y científico alemán Andreas Kackler refuta la malignidad del virus y propone el tratamiento, probado con resultados positivos en República Dominicana y otros países de la América del sur, producto de una investigación de más de una década. Censurado y boicoteado por las cadenas de comunicación globalizadas.

La eminente Doctora Irlandesa, Dolores Cahill investigadora y profesora universitaria mundialmente reconocida, y más de cien científicos, coinciden con ella y retan a quienes defienden las políticas epidemiológicas auspiciadas por la Organización Mundial de la Salud, a un debate público sobre el tratamiento. Y a que sean reconocidos por sus nombres, ya que, de acuerdo a su opinión, debieran ser perseguidos por crímenes de lesa humanidad después de la crisis.

Estos científicos están prestos al debate. Sería trascendental patrocinar un encuentro público, ese sí, en cadena nacional, entre cualquiera de ellos y el nominado, al parecer de manera extemporánea, Comisionado Coronavirus, Doctor Edwin Asturias.

Queda planteada la propuesta.

Otras personalidades, que se niegan a imponer, desde el gobierno, medidas que propician el terror y el miedo, denuncian, en lo político y económico al Coronavirus 19, como un arma bioquímica controlable, para imponer un modelo financiero, diseñado para la instalación de un gobierno universal (ya conciben el espacio sideral como parte de un proyecto de expansión económica) dirigido por las corporaciones más influyentes del mundo.

La era del conocimiento reclama de muchos recursos, que no son prioridades en la atención de los Estados, más preocupados por la coyuntura cotidiana, y en consecuencia, los laboratorios, universidades y tanques de pensamiento, como se les denomina a investigadores financiados generosamente y que ponen sus talentos al servicio de quien le paga su trabajo intelectual y científico.

Quienes auspician, definen y patrocinan la investigación y el desarrollo científico y tecnológico contemporáneo, son las mismas corporaciones que mercantilizan lo que se descubre o transforma en esas instituciones, y simultáneamente persiguen el control financiero del mundo abrogándose el derecho de diseñar y ordenar la conducta de la humanidad.

Oponerse a esa maquinaria en este proceso de transición que satisface los intereses más mezquinos del espíritu humano, será tarea de titanes de casta extraordinaria.

Similares al Aquiles de la Ilíada de Homero. Al Hércules de la mitología romana y más cerca de nuestro corazón y creencias, del pequeño David de la tradición cristiana.

La cruda, cruel y repulsiva narrativa de hechos sobrecogedores de la tragedia y del ideal humano en la búsqueda de niveles superiores de convivencia frente a la amenaza del mal.

Hoy, al parecer la amenaza la constituye, un Nuevo Orden que para el conocimiento del rebaño pregonan los Emperadores Sociedad Anónima y anuncian La Esclavitud Telemática Universal de Última Generación.

La supresión del ser humano por la cifra contable, la supresión de la identidad por el algoritmo, que uniforme a todos en esa plataforma sin secretos individuales, que nos dirá que comer, que medicinas consumir, porqué o por quién votamos, aunque no lo hubiéramos hecho, y nos obliguen a estudiar el concepto de la libertad, como un fenómeno social nocivo, que buscó la forma de impedir el progreso y la felicidad.

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