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Las olvidadas

Punto De Vista

La trata de personas y la explotación sexual, cumple la función de adquirir y proveer de mujeres y niñas a la industria sexual y mueve miles de millones de dólares a nivel mundial.

Por la segunda calle de la zona 1, por el Cerrito del Carmen, las veo. Paradas en una esquina o caminando de un lado a otro, sentadas en algún comercio, hablando por el teléfono público.  

De faldas y blusas cortas, apretadas, de tacos, a veces fumando desde temprano, comiendo algo, buscando al cliente, el carro que para y bocina. Algunas son muy jóvenes, pero la vida las hace ver curtidas, caras cansadas, maquillaje barato y corrido. Otras son mayores, sus cuerpos escupen la edad que ya no se puede ocultar, lo cual significa menos clientes. Al vestuario se agrega la mascarilla, seguramente el nuevo virus afectó la clientela. No solo expuestas a contraer todo tipo de enfermedades de transmisión sexual, ahora el COVID 19 se agrega a la lista. El distanciamiento social o mejor dicho físico resulta paradójico.

Hablan entre ellas. Cada una tiene su espacio, su territorio, su hotel donde irá con el cliente o los clientes luego de negociar el precio justo, la libre oferta y demanda; tal vez 50 o 100 quetzales por una hora de “placer”. Basta negociar el precio, es un servicio.

Clientes conocidos, asiduos, otros no tanto. Tal vez se tejen relaciones que van más allá del sexo, tal vez se enamoran. Clientes nuevos, clientes sucios, clientes gordos, flacos, jóvenes y viejos, probablemente casados, esos que van a la iglesia los domingos. La iglesia que nos las deja caminar por sus calles aledañas o entrar, por aquello de las buenas costumbres, las Marías Magdalenas de la historia.

Son madres, hijas y hermanas, pero parece que están solas. Solas cuando son atacadas o violadas pero nadie les cree, solas cuando las extorsionan, solas por el rechazo social, solas a la hora de reconocer sus derechos. Sin seguro social, sin jubilación, sin futuro, sin sueños. Tal vez, lograr que sus hijos e hijas no caigan en esa vida.

Damos vuelta la mirada, no es mi problema, pero las veo cada día. Me pregunto qué  circunstancias extremas llevan a una mujer a convertirse en trabajadora sexual. Seguramente nulas oportunidades, no hay de dónde escoger. ¿Es un trabajo libre? ¿Y si se escogió aun teniendo otras oportunidades?

Lo cierto es que sigue siendo un trabajo clandestino, donde otros delitos florecen como la trata de personas, la explotación sexual, las drogas, las violaciones, los homicidios. La vulnerabilidad extrema de las mujeres que se dedican o son obligadas a prostituirse. Por el momento no existe en Guatemala una ley o institución que las proteja.

Tanta alharaca por si algún día se reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo, con argumentos tan irracionales como relacionar el tema con ciertas ideologías, formas de gobierno o profesar una religión.  Sin embargo, no hay alharaca por la prostitución. Está ahí, la vemos, pero callamos. Claro, muchos pagan. Hipocresía en su total dimensión.

Pero aquí y ahora, en medio de la pandemia del COVID 19, la vida de las mujeres que son trabajadoras sexuales, las que veo cada mañana por la segunda calle de la zona 1, por el Cerrito del Carmen y otras zonas de la capital, continúa enormemente vulnerable.

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