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Las Republiquetas

Mirilla Indiscreta

El sentido de pertenencia o relación umbilical con un territorio que sin haber sido parte de tu decisión constituye tu hogar y primer patrimonio por derecho natural, no puede discutirse en el mercado de los intereses que tampoco decidiste que marcaran tu vida.

Hay un sentido universal de que cada individuo constituye una entidad e identidad, que fue marcada por las circunstancias de tu nacimiento, pero que no constituyen un título de propiedad para nadie que no seas tú mismo, como expresión autónoma de vida.

Con un mínimo derecho a transformar o adecuar tu entorno buscando preservar tu existencia, para sobrevivir con los instrumentos a tu alcance racional, si tienes conciencia, como el caso de los seres humanos, o a tu instinto, si no estás en el rango de los seres que dominamos la tierra.

Ahora está comprobado que somos una minúscula partícula de algo más complejo que nosotros mismos pero que igualmente surgimos de un universo de infinitas relaciones terrenas e inter-estelares donde está instalada la esencia mineral y química de todo lo que vemos que existe… y más allá.

Interrelación de vida expresada en diferentes y complejas expresiones físicas materiales e inmateriales que conforman el inmenso universo que vemos, y el que no vemos, pero está allí, sosteniendo la infinidad de globos paralelos, en dimensiones seguramente paralelas, producto de una sola voluntad divina que algunos se resisten a llamarle Dios.

No soy simio, aunque los simios convivan con nosotros con peculiaridades y características que nos hermanan de igual manera que lo hacen con los árboles y el mar, los asteroides y los miles de soles que como el nuestro pueblan el espacio.

Con esa infinita grandeza y pequeñez simultáneas, que alberga mi naturaleza humana tengo derecho a ser dueño y conductor de mi vida, y por esa compleja interrelación entre iguales, también lo tengo a ser diferente, aunque como las hormigas y las abejas contribuya con mi esfuerzo y respeto a vivir produciendo, en paz y en sociedad.

Yo nací en una República no en una Republiqueta.

Ya otros se habían encargado de pensar y sufrir a través de los siglos por crear la República.

Platón y Sócrates hicieron su parte, habíamos superado El Clan, La Tribu y La Zib, como antecedentes de lo que sería el surgimiento del Estado y su relación a veces incestuosa con el Derecho, teniendo siempre como justificación la disputa por el poder.

No es el momento para ilustrar estas notas con los aportes de los filósofos y pensadores que moldearon y sugirieron las formas de estructuración social para la realización de la justicia, el bien común y la libertad como fórmulas ideales, para que lo racional de nuestra especie, no se convirtiera en instrumento de sometimiento entre iguales para tratarnos como desiguales y enemigos, proviniendo de un mismo padre.

Cuenta Brosio (historiador babilonio que escribió hacia el 280 A.C.) que, tras un período de Anarquía de un millón seiscientos ochenta mil años, aparecieron los primeros grupos sociales que fueron evolucionando lentamente durante cuatrocientos treinta y dos mil años antes del diluvio sumerio (éste data de tres mil años antes de Cristo) que marca para Brosio el comienzo de una historia propiamente dicha.

La cultura china, habla de un período mítico calculado en quinientos noventa y cuatro mil años previo a que la humanidad entrara en el período de civilización empleando centenares de siglos para inventar primero el fuego y luego la rueda.

Estas tradiciones prueban un conocimiento de la historia humana que rebasa el contenido de la propia biblia la cual no hace datar la creación más que de 1696 años antes del diluvio sumerio.

Pero yo, insisto, nací en una República, no en una Republiqueta, como producto cultural, jurídico y moral, de la historia misma de la humanidad.

Nací en una República, que se llama Guatemala, dentro de lo que se determinó como un Estado de Derecho y Régimen de Legalidad.  Con un territorio, una población, y una soberanía que debiera garantizar nuestra libertad e independencia frente a naciones que igualmente definieron esa forma de organización y de gobierno.

Por razones históricas devenimos como parte de la América descubierta, por equivocación, por don Cristóbal Colón, como posesiones de ultramar del imperio español que nos ubicó dentro del virreinato de México como una Capitanía General de Centro América.

Pero yo ya nací en una República y no en una Republiqueta, que reconozco a Centro América como la extensión geopolítica que se declaró en 1824 Federación Centroamericana, y por esa razón luchamos por nuestro destino común, que deviene de la razón histórica de nuestro propio origen independiente.

Al resto de América, como repúblicas también independientes, que igual que a las nuestras, nos han abortado, por constituir una potencia mundial en potencia, nuestro derecho a definir y pelear por ese peso concreto en el concierto de las naciones del orbe.

Quizá nuestra relación con la malinche, amante, traductora y consejera de Hernán Cortez, que le facilitara la traición de los pueblos indígenas mexicanos a su emperador Moctezuma, llevándolo a la esclavitud y finalmente al sacrificio, hace que los traidores surjan como hongos alucinógenos para embrutecer a quienes con sangre de esclavos antes y hoy prefieren venderse como republiquetas, renegando y prostituyendo las repúblicas que heredamos.

Es inmoral, impúdico y asqueante la tolerancia a la intervención ideológica y política que nos transforma cada día en Republiquetas sin ninguna categoría.

Cada día más con gran descaro, dependemos de las elecciones de los EEUU para definir nuestro futuro y de sus procónsules locales como auténticos gobernantes.

Dependemos del triunfo de Trump para evitar que los globalistas se apoderen con iguales intereses imperialistas de nuestros bienes devaluados y en subasta para ellos.

Para que terminemos de esclavos bajo el control económico y político de los nuevos dueños de nuestro subastado país.

Depender de la elección del Presidente republicano, de una potencia extranjera, para intentar rescatar nuestra república, es tan deplorable como engañarnos con la demagogia intervencionista y explotadora de los actuales dirigentes demócratas.

Inventarse una Plandemia, para someter a buena parte de la humanidad, al gobierno plutocrático de menos de cien familias, es la culminación de la ambición de reducir al mundo a una nave que viaja por el universo como doloroso ejemplo del trabajo esclavo.

Es lo mismo que someternos al calvario de tratar de legalizar ese régimen oprobioso y repugnante, objetivo de los globalistas, modificando las leyes que nos hacen pensar que somos libres.

Esa es una agresión de lesa humanidad.

Yo nací en una República y no en la Republiqueta que nos quieren imponer con engaño y encarcelados.

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