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Desregulación y crecimiento económico

Evolución

Ayer el Vicepresidente de la República publicó en su cuenta de Twitter la frase siguiente: “La urgente acción para lograr la reactivación económica del país se llama DESREGULARIZACIÓN.

Estamos llenos de normas que han creado instituciones ineficientes. Debemos eliminar requisitos burocráticos que impiden el progreso económico”. Realmente es una grata sorpresa escuchar que un alto funcionario de gobierno, quien puede tener una incidencia real en la administración pública, emita un pronunciamiento tan sensato que, de llevarse a la realidad, en efecto contribuirá al crecimiento económico tan necesitado en nuestro país. Usualmente escuchamos este tipo de expresiones de parte de los políticos únicamente cuando están en campaña y frente al público selecto ante el cual estas ideas tienen buena acogida. También sucede que cuando la audiencia es otra, y lo que se quiere escuchar es precisamente lo opuesto, los políticos también transforman su discurso a conveniencia. Esperamos entonces que este pronunciamiento refrescante de alguien que ya ganó la elección se traduzca a acciones concretas.

La regulación de las actividades económicas, por lo general, se basa en la idea que es necesaria la coordinación de un ente centralizador bajo la falsa creencia que las interacciones voluntarias, pacíficas y para mutuo beneficio de los agentes del mercado no pueden producirse sin la intervención del omnisciente burócrata. También pretende justificarse en el prejuicio que los actores del mercado obran, por lo general, de mala fe o de forma malintencionada, de manera que los incautos consumidores serán sistemáticamente defraudados por los malévolos empresarios, de no ser por la benevolencia redentora del burócrata pulcro e incorruptible. Ambas falacias pueden ser fácilmente desmitificadas con tan simplemente recurrir a la experiencia y a cualquier estudio riguroso e intelectualmente honesto de la economía, comenzando por la idea tan elemental, pero tan significativa, que para alcanzar el éxito en el mercado se deben satisfacer constante y perennemente las preferencias de los consumidores. Para casos de asimetrías en la información, prácticamente inexistentes en la era de la información, o para casos de externalidades, por ejemplo, se puede aceptar algún grado razonable de burocracia más técnica y objetiva. Para los casos excepcionales de malos comportamientos existen las sanciones administrativas y las cortes de justicia para el resarcimiento de daños a particulares. En resumen, no es necesario el gigantesco, leviatánico y esclerótico aparato gubernamental que hemos permitido.

Concluyo con tres ideas básicas que expongo brevemente. Las regulaciones económicas generalmente solo dan lugar a la búsqueda de rentas, es decir transferencias forzosas de recursos de los consumidores a las industrias protegidas por la regulación, por encima del valor que crean para el consumidor. En inmensidad de casos, las regulaciones en realidad sirven únicamente para evitar la entrada al mercado de otros competidores. Véalo, por ejemplo, con los privilegios y mercados cautivos creados para las empresas de seguros que por ley se les favorece con prohibir la competencia extranjera; o la importación de un producto tan básico como el azúcar que si no es “fortificado” con vitamina A, no se puede importar al país. Esos son dos ejemplos comunes pero hay miles más. Explicado simplemente, esto permite que estas empresas cobren al consumidor precios por encima de los que se darían en un mercado competitivo. Segundo, las regulaciones económicas generan un problema de captura del regulador, quien opera en beneficio de la industria que debe supervisar, en detrimento lógicamente de los consumidores. Véalo por ejemplo con la “supervisión” del sistema financiero que muchas veces se ha hecho de la vista gorda ante las malas prácticas de ciertos bancos, lo cual los llevó a perder miles de millones de quetzales de los ahorrantes. Véalo también con la injerencia de la banca nacional, protegida de la competencia extranjera, que tiene dos asientos en la junta monetaria con la facilidad de incidir en la política monetaria, crediticia y cambiaria en su propio beneficio, o al menos  conocer la información de antemano para su ventaja. Tercero, a estas ineficiencias que las regulaciones provocan en la economía, súmele la infinidad de recursos de los tributarios que se desperdician en mantener estas agencias burocráticas innecesarias. Y, por último, no, la solución no es cambiar a las personas y poner personas honradas. La ineficiencia, ineptitud y corruptibilidad de la burocracia es intrínseca a la burocracia misma. Parafraseando a Einstein, estupidez es seguir haciendo las cosas de la misma forma esperando resultados diferentes. Es tiempo que empecemos en serio la desregulación de la economía, lo que de paso nos ayudará a salir más rápido de la crisis y nos ayudará en el crecimiento sostenido a largo plazo.

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