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Coronavirus, presidente y crítica

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El señor presidente ha declarado que no le preocupa la economía sino la salud de la gente.

El señor presidente se ha mostrado hostil a la crítica de quienes opinan que sus decisiones, sus actuaciones o sus obras para evitar la propagación del coronavirus y curar a quienes se contagian, no son idóneas, o no son las mejores, o son pésimas.

O se ha mostrado hostil a la crítica de quienes opinan que ha instituido un régimen de terror, de violación de primordiales derechos civiles; de colapso de la economía nacional; de cuantiosa cesantía laboral; de holgada fabricación de pobres; de absurdo incremento de la deuda pública; y de novedosa corrupción.

Se ha mostrado hostil a la crítica; pero si algún ciudadano no debe mostrar esa hostilidad, sino conferirle a ella extraordinario valor, es el señor presidente, por tres razones conexas.

La primera es que sus obligaciones comienzan con cumplir la ley. La segunda es que, como cualquier ser humano, él es falible, es decir, puede cometer un error. La tercera es que él posee el mayor poder que confiere el Estado a un solo ciudadano y, por consiguiente, un error de él es un error nacional, cuyo efecto puede ser el infortunio del Estado mismo.

No debería importarle, al señor presidente, que quien lo critica sea o no sea un adversario político. Tampoco debería importarle el motivo o la intención de quien lo critica.

Debería importarle únicamente la pura validez o no validez de la crítica misma, ya para ratificar o no ratificar sus decisiones o para mejorarlas; ya para persistir o no persistir en sus actuaciones o para que sean más eficaces; ya para desistir o no desistir de sus obras o para que sean más beneficiosas; ya para, finalmente, incrementar la certeza de que su desempeño en el ejercicio de la presidencia procura, maravillosamente, el bien general del Estado.

Y opino que no debe atacar y amenazar a sus críticos, ni acusarlos de ansiar la propagación del coronavirus y de congratularse por la mortandad de contagiados, o de preferir la ganancia económica y despreciar la salud o la vida del prójimo, como si con enfermos en los hospitales o con cadáveres en los cementerios pudiera obtenerse tal ganancia. No debe atacarlos, ni amenazarlos, ni acusarlos, sino que hincado, con santa humildad presidencial, debe agradecerles su angustiada preocupación por evitar la marcha del país hacia un abismo de enfermedad, muerte y colapso económico. Y suplicante el señor presidente debe rogarles que lo critiquen más, para reducir el riesgo de que una probable obstinación demencial de él torne más profundo aquel abismo mortal.

El señor presidente ha declarado que no le preocupa la economía sino la salud de la gente. Empero, la preocupación por la salud y la preocupación por la economía son compatibles, es decir, no son recíprocamente excluyentes. El señor presidente puede tener ambas preocupaciones; y si él cree que sólo debe tener preocupación por la salud, entonces carece de un primitivo sentido de la implicación lógica (porque preocuparse por la salud no implica despreocuparse por la economía); y también carece de un primitivo sentido de la relación entre causa y efecto (porque la economía es causa de salud). Es una inquietante carencia.

Es evidente que cualquier ciudadano está preocupado por su salud. Y ningún ciudadano valora la salud porque el señor presidente predica que la salud es valiosa, como si antes de su prédica el ciudadano hubiese creído que la salud era despreciable, y que era preferible disponer de un billete de un quetzal que padecer una infección respiratoria.

Esa preocupación por la salud no es, entonces, una admirable hazaña, de la cual pueda jactarse el señor presidente, y por la cual haya que construirle un faraónico monumento que intrépidamente tenga la misma ambición que tenía la frustrada torre de la ciudad de Babel. Y tampoco fue electo para que sea un predicador del elevado valor de la salud, ni para que sea un patriarca que ilumine nuestro camino y nos guíe e imparta órdenes para que no tropecemos estúpidamente.

El señor presidente, precisamente por ser señor presidente, debe brindar un ejemplo de ciudadano que admite la crítica, y está dispuesto a corregir errores, y es propenso a tolerar la diversidad de opiniones. Empero, no brinda ese ejemplo, sino que brinda ejemplo de hostilidad a la crítica, de amenaza y acusa a los críticos; y esa hostilidad, combinada con la amenaza y la acusación, puede causar a nuestra patria un mal cuya naturaleza y magnitud todavía no podemos predecir.

Post scriptum. El señor presidente necesita una urgente mutación psicológica. Y como parte de esa mutación debe desistir, en sus tediosos discursos públicos, de fingir que, sufrido y piadoso, doliente y lloroso, nació para salvar nuestra vida.

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