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Anatomía del duelo

Grandes De La Literatura Universal

Érase una vez un hombre que no conocía el amor.

Es cierto que había amado a su madre, pero esta había muerto cuando él tenía nueve años. Es cierto que amaba a sus amigos (como Tolkien), que amaba los libros y, en especial, las epopeyas, los cuentos y los mitos. Por su mente privilegiada era, desde los veintisiete años, profesor de literatura en Oxford, y luego lo sería en Cambridge. Era capaz de recitar poesías amorosas en siete idiomas. Y en su libro La alegoría del amor (1936) había explorado –como nadie– las formas literarias del amor medieval. Y, sin embargo, nunca había experimentado el amor romántico. Nunca había amado ni había sido amado con pasión por una mujer.

C. S. Lewis, el creador de Las Crónicas de Narnia, el converso y teólogo cristiano, se enamorará siendo un cincuentón. La mujer que obrará el prodigio será Helen Joy Davidman: una poeta neoyorkina de origen judío, de vida agitada y enorme capacidad intelectual. Afirmará Lewis que “su pensamiento era ágil, rápido y musculoso, como un leopardo”. Desde 1952 los amigos se cartean y conversan. Joy se enamora. Pero él, tan agudo para interpretar libros, es ciego para leer sus propios sentimientos. Unos meses después, detectan un cáncer incurable a Joy. Aflora entonces el amor soterrado de Lewis, quien se casa con ella en 1957, en una habitación del hospital. Disfrutarán de tres años de vida matrimonial apasionada, hasta que ella fallezca en 1960.

“Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo”. Así inicia Una pena en observación (1961), el libro más desgarrado de Lewis, que recoge sus reflexiones –o más bien, sus alaridos– en sus primeros meses de duelo. El mayor apologista cristiano del siglo XX se sume en la noche oscura del alma: “el telón de acero, el vacío, el cero absoluto”. ¿No será Dios “el Sádico del Cosmos y Eterno Despiezador”? ¿O es que del mal puede surgir algún bien? “Solamente la tortura saca a la luz la verdad. Solo bajo la tortura podrá el hombre descubrirse a sí mismo”. Ya en 1940 había hablado Lewis del “dolor como megáfono de Dios”: como forma de proyectar su voz en un mundo de sordos.

El inicio del libro recuerda los lamentos de Job, quien afirmaba en su desdicha: “Perezca el día que me vio nacer […] Mi único alimento son los sollozos. […] Él se ríe de la desgracia de los inocentes”. Pero el duelo no debería ser un estado, sino un proceso paulatino de sanación. Job, como Lewis, se reconciliarán con Dios y con la realidad: “Él es el gran iconoclasta. […] Toda realidad es iconoclasta”. “La encarnación […] reduce a ruinas todas las nociones previas que del Mesías pudieran tenerse”. También la irrupción imprevisible de Joy había reducido a cenizas todas las metáforas y alegorías del amor. A ella quiere volver Lewis, pero no con “dolor enconado”, sino con alegría. “Hasta saludarla con una sonrisa. Cuando menos la lloro, más cerca me parece sentirla”.

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