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La desgarradora implosión del estado guatemalteco

Mirilla Indiscreta

Una implosión es una explosión invertida que, en lugar de expulsar, todo su poder destructor lo contrae hacia adentro.

Cuando derriban una construcción procuran que los explosivos generen una fuerza que achique hacia su centro toda la energía.

Por ese efecto las paredes se desplomarán hacia adentro, porque la presión exterior es mayor que la interior.

En la explosión, por el contrario, la energía concentrada parte de un punto reducido violentamente hacia el exterior, provocando que se genere luz, gas y calor.

En Guatemala, parece haberse dado una mezcla increíble de implosión y explosión al mismo tiempo, que provoca que las instituciones se autodestruyan hacia adentro y en ese proceso, lanzan una energía destructora para afuera, que invade todos los estamentos de la sociedad.

Los ciudadanos alcanzamos a ver el polvazón por la caída de los edificios oficiales consecuencia de las implosiones, pero en seguida, sentimos los devastadores efectos de la destrucción institucional, como una gran explosión.

Cuando la antropofagia o canibalismo se manifiesta, en rarísimos casos, no obstante que fue parte de costumbres ancestrales relacionadas con actos ceremoniales, simbólicos o religiosos, nos escandaliza y horroriza.

Pero digerir instituciones, como suculento plato de la ineptitud y corrupción de sus dirigentes sólo se ha visto en Guatemala.

Por costumbre, los guatemaltecos, hemos sido expertos y tercos reincidentes en establecer marcas mundiales que no siempre nos distinguen para bien.

Nos peleamos por ganar en analfabetismo, desnutrición y desarrollo humano.

Y en lo político también hemos establecido marcas que deshonran nuestra inteligencia y amor patrio.

Por ejemplo: Primer país, intervenido simultáneamente, por dos poderes mundiales de inigualable magnitud.

Naciones Unidas, que, con la Cicig, experimento de su Secretario General, capturó el Estado Guatemalteco, disolviendo su soberanía y transformando sus Instituciones democráticas, en caricaturas.

Semejante desatino, acompañado al mismo tiempo, por la estrategia del Departamento  de Estado Profundo de los Estados Unidos, reconocida y denunciada corriente de los globalistas del Partido Demócrata que decidieron entregarle el gobierno del mundo a las transnacionales a costa de su propia democracia.

En progresiva y destructiva guerra civil interna, esa nación se debate entre sobrevivir como potencia o constituirse en el menú neo-socialista que, en increíble sociedad con los capitales mundializados, destruyen los Estados Nacionales en busca de su nuevo orden mundial.

Una sociedad que pactó el control global y llegó a la conclusión que las democracias republicanas deben darles paso a formas de control poblacional, dirigidos por Estados Totalitarios, financiados por los pueblos, y controlados por los capitales mercantilistas.

Estados totalitarios, ideal de los pseudo marxistas, coludidos con los intereses de los capitales mercantilistas que, sin el Estado, no pueden sostener los monopolios, ni oligopolios, que controlen a los países y a sus sociedades por añadidura.

Algunos guatemaltecos se acreditan la paternidad de esa intervención colonialista.

Y puliendo su merecido galardón de traidores a la patria, insisten, sin recato, en suplicar la estocada final para consolidar su intervención a la justicia, al solicitarle a parlamentarios estadunidenses que, de una vez por todas, se descaren en los nombramientos de las autoridades del organismo judicial.

En ese banquete de vender patrias, no tienen cabida los soberanistas ni defensores de la libertad.

Ellos están cabales y se llaman los cabales, y asegurando que el venado no se les vaya de la mira, esta semana dinamitaron las instituciones del Estado en una implosión y explosión que nos dejó aturdidos a los ciudadanos.

Canibalismo entre ellos mismos, que nos augura, prescindir de diputados, magistrados y titulares del ejecutivo, si prosperan los antejuicios que prácticamente se quedaron, sin quienes los puedan conocer.

Nuestro mundillo político revuelto y amenazado por su propia autodestrucción, lo que nos garantiza, por lo menos, que el guacamolón se vuelva guacamol, el congreso vacío sin recurrir al coronavirus, y el organismo judicial buscando entre los güizaches de sus alrededores, quienes quieren ser jueces o magistrados.

Los de la Corte de Constitucionalidad y Corte Suprema, subastando los muebles, en los que nadie se querrá sentar.

Todo el gobierno desapareciendo por su propia voluntad, dejando felizmente libres al Estado Democrático y a los ciudadanos.

Ojalá no se arrepientan…esa es la solución final.

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