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Valor, honor y mérito

Ventana Cultural

El miedo existe como herramienta de precaución en cada una de nuestras actividades, mas no podemos dejar que nos detenga.

Si pudiera hablar de algo que realmente valga la pena, para poder enseñar, lo haría, pero parece ser que todo se ha dicho ya, y es difícil para alguien que busca imitar a Cristo en sus actos y a María en su sencillez y humildad, de tener el valor de decir que si a la Voluntad de Dios, y ganarse el mérito de decirse discípulo de Jesús, pero no hay mayor honor en servir porque con un poco que se le sirva a Dios, El hará mucho más por nosotros, para nuestro crecimiento.

Retomando las palabras de uno de mis instructores, que voy a unir dos cosas que él mismo me dijo en su momento, pero no las consideré hasta ahora que las vuelvo a leer, al traspasarlas a mis apuntes, porque vivimos en un tiempo tan conflictivo que el estar sereno nos ayuda a alcanzar la meta requerida, porque tan mala es una guerra sin sentido como una paz sin sentido. Ninguna  de las dos circunstancias son fines en sí, y es frecuente que la muerte por una bala sea menos cruel que la muerte por una enfermedad o por un accidente de carretera, porque NADA HAY SUPERIOR A LA VERDAD.

Más valor tiene aquel que se enfrenta a sus miedos, que el que se mete en problemas sin sentido, porque no es valiente el que se mete en problemas todo el tiempo, ni el que los busca todo el tiempo, sino aquel que sabe cuando actuar y cuando retirarse, el miedo existe como herramienta de precaución en cada una de nuestras actividades, mas no podemos dejar que nos detenga, ya que es una buena compañía en la esperanza de que surja algo mejor.

Vivimos en constante conflicto con nuestros defectos, con nuestros deseos, y con nuestros pecados, no podemos vivir en paz porque siempre estamos en batalla constante, la paz que buscamos es la que se alcanza por el deber cumplido, ya que cada uno de nosotros tiene un valor especial.

Se puede hablar de valor como el de aquellos trescientos guerreros que pelearon en la batalla de las termopilas hasta el final, pero saborearon el honor que lleva el deber cumplido, y se ganaron el mérito de ser recordados por su valor en momentos en que se tenían que retirar, porque así lo indicaba el deber.

Tener valor es bueno, porque nos ayuda a enfrentarnos a cosas que tal vez no conocíamos, pero nos da la fuerza para pasar esa barrera de ilusión que nos hace dudar de nosotros, de nuestra fuerza que solo puede venir de Dios.

Mas no despreciemos los peldaños simples y burdos en nuestro caminar para alcanzar nuestra meta, ser discípulos de Jesús, pues estos suelen ser los más fatigosos, pero los más seguros. Los otros peldaños, demasiado pulidos que se colocan ante el que sigue estos caminos, parecen más cómodos, pero pecan de resbaladizos.

No nos afanemos en buscar los más grandes milagros cuando no vemos los más pequeños que surgen día con día, como el poder abrir los ojos una mañana, el saber que se está vivo, que se mueve y respira.

Y por eso, tiene más mérito el poder observar los pequeños detalles, esa pequeña llama que surge dentro de cada uno de nosotros, que germina con la lectura, se va abonando con la oración y se riega con el servicio, los tres pilares de un discípulo, y va creciendo cada vez más, y se transmite entre cada uno de nosotros, la llama viva del amor.

Por eso, no esperemos ver grandes cambios en nuestra vida, enfoquémonos en los pequeños pasos, porque antes de dar el siguiente, el primero tiene que estar firme, en esos pequeños cambios que nos llevan poco a poco a la realización de nuestra meta final, de fundirnos y ser uno con Dios.

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