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La carta de Thomas Mann

Evolución

La responsabilidad por la palabra, diría Mann, se ha perdido, y ha dado paso a la censura e intolerancia propia del totalitarismo.

Para iniciar el año de 1937, el Nobel de Literatura Thomas Mann, entonces exiliado en Zúrich, con la elocuencia que solo alguien de su talla literaria lo puede hacer, respondió a una carta del Decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Frederick-William en Bonn mediante la cual se le notificaba que se le había revocado su doctorado honoris causa. Me permito parafrasear excerpta de dicha carta en una traducción libre.

El misterio de la palabra es grande; la responsabilidad por ella y por su pureza es de una naturaleza simbólica y espiritual; tiene no solo una significancia artística sino también una significancia general ética; es responsabilidad en si misma, muy simplemente responsabilidad humana, así como la responsabilidad por su propia gente, el deber de mantener su imagen pura ante los ojos de la humanidad. En la palabra está involucrada la unidad de la humanidad, la totalidad del problema humano, que no permite, hoy menos que siempre, separar lo intelectual y lo artístico de lo político y lo social, ni de aislarse en la torre de marfil de lo propiamente “cultural”.  Esta verdadera totalidad se equipara con la totalidad misma, y cualquiera – sea quien fuere – lleva a cabo un ataque criminal contra la humanidad cuando intenta “totalizar” un segmento de la vida humana, con lo que quiero decir la política, y me refiero al Estado.

Un autor acostumbrado a su responsabilidad con la palabra, cuyo patriotismo, quizá ingenuamente, se manifiesta en el reconocimiento de la significancia moral infinita de lo que sucede en su país, ¿debería permanecer completamente en silencio ante el mal inexpiable que se perpetra a diario en su país en contra de cuerpos, almas y mentes, en contra de lo correcto y de la verdad, en contra el hombre y la humanidad?

El sentido y propósito del estado Nacional Socialista es sólo este y sólo puede ser este: someter al pueblo a su disposición mediante represión despiadada, eliminación, extirpación de cualquier intento de oposición; convertirlos en instrumento de su beligerancia, infinitamente obedientes, carentes de un solo pensamiento crítico, impulsados por una ignorancia ciega y fanática. Cualquier otro sentido y propósito, cualquier otra excusa, este sistema no puede tener; todos los sacrificios de la justicia, libertad y de la felicidad humana, incluidos los crímenes secretos y abiertos de cuya responsabilidad se jacta, son justificados por el fin que se persigue.

Ayer se cumplieron 65 años de la muerte de Mann y sin embargo sus palabras siguen siendo relevantes. Hoy, en un país otrora bastión de la libertad, juventudes ciegas, fanáticas e ignorantes abrazan el Socialismo como se pliegan ante cualquier moda que sigue la masa. La pseudo intelectualidad imperante les adoctrina en las universidades, les programa en sus plataformas virtuales y les alienta sin escrúpulo en sus fechorías y beligerancia violenta en medios de propaganda (mal llamados de comunicación) masiva.  En tiempos de Mann, en su natal país en aras de exaltar el nacionalsocialismo y con ínfulas de superioridad se quemaban libros, por ejemplo. Hoy, invocando ciertas nociones de justicia para encubrir una agenda subrepticia completamente diferente, se vandalizan tanto monumentos públicos como establecimientos privados con la aquiescencia de “autoridades” locales y candidatos políticos que, mientras más extremistas, más populares son. No se queman obras literarias, pero si se proscriben en establecimientos educativos. Cualquier voz crítica o disidente es sistemáticamente perseguida por la nueva “cultura de cancelación” liderada por el establishment cultural. Todo, con las mismas ínfulas de superioridad moral. Pretenden borrar la historia pero se rehúsan a aprender las lecciones más importantes que ésta nos ha enseñado. La responsabilidad por la palabra, diría Mann, se ha perdido, y ha dado paso a la censura e intolerancia propia del totalitarismo. Aún así hay una reserva moral que trata de resistir este embate a los valores que hicieron florecer esta nación y, hoy más que siempre, sus voces deben romper el silencio.

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