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El reto

Mirilla Indiscreta

El que apuesta sabiendo que va a perder es una mula… y el que lo hace, sabiendo que va a ganar es un ladrón.

Una apuesta lleva implícita el riesgo de ganar o de perder… participa el azar como gran decisor de la acción emprendida.

En política el equipamiento para asumir la responsabilidad de conducir o participar es la convicción, los ideales, la formación y el empeño de sacrificar la tranquilidad o comodidad personal y aún la vida, como ofrenda vocacional al bienestar común.

La política no es una apuesta, que esté determinada por el riesgo calculado de una inversión.

Lamentablemente en nuestro país, la política se transformó en una apuesta.

El que participa invierte en razón directa del beneficio que obtendrá como producto de la monetización de los supuestos y cotizados ideales y, en consecuencia, la “inversión” se aleja del fin último del servicio público y su objetivo se sustituye por la rentabilidad de lo invertido.

La política transformada en mercancía, y su valor ético sustituido por un precio.

Esa visión mercantilista y utilitaria, en la práctica sustituyó a los políticos por mercaderes.

Mercaderes, que igual que un comerciante, ofrecen su producto, maquillado con el engaño sutil o descarado de la “Oferta del Día”.

Lo que en el comercio se tolera como legítimo, en la política constituye un crimen consumado de lesa patria.

Mantener a flote los ideales, se transforma en estas circunstancias en una tarea titánica, contra corriente, pobre, subestimada, agredida y ostensiblemente peligrosa.

Es casi como pretender vender biblias en un prostíbulo.

Cuando en el atrio del altar de la patria se comercian baratijas, placeres exóticos, dignidades y reputaciones, se encarcela y tortura al justo y se libera al ladrón, procede emular, como un reto sagrado, a quien los expulsó del templo.

Pero esperamos siempre, que sean los soldados romanos, con su Poncio Pilatos, quién se encargue de la situación.

Le suplicamos a Roma que se encargue de los mercaderes, sin importarnos la soberanía de Jerusalén.

El Reto es nacional, enfrentar los desafíos de interventores y vende patrias debe constituir el credo de nuestra libertad

Las piedras se transforman en balas de patriotas, cuando los fusiles se encuentran en poder de soldados de la patria.

Atrincherados en la verdad, la justicia y el amor patrio, todos los ciudadanos se transforman en soldados, y los soldados, en exaltados ciudadanos.

La necedad de los mercaderes, que le pusieron precio a la política y envilecieron al Gobierno prostituyendo al Estado, empujan al pueblo a transformarse en verdugo.

Cuando la incomodidad deja de sentirse y es sustituida por el terror de acompañar la protesta.

Cuando las mascarillas callan el grito ciudadano y a la asfixia y bacterias que tragamos le llamamos oxígeno y lo toleramos.

Cuando escribiendo o chateando con ardor y total entrega, pensamos que estamos luchando y ganando la infértil guerra ciudadana, es cuando triunfa, en la soledad del destierro cívico, la obscuridad del sometimiento totalitario que destruye nuestras reservas patrióticas y valentía para reaccionar.

El reto está allí, frente a nuestras narices, y nos demanda dar ese paso crucial que han repetido en la historia los pueblos oprimidos.

El reto está allí, esperando esa transfusión de sangre que sustituya la horchata que ha invadido nuestras venas.

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