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Mi respuesta

Ventana Cultural

Aquí, sentada en mi tierra de ensueño, en mi tierra que pocos pueden entrar, apoyando mis pies en la tierra que me vio nacer y crecer, en la tierra donde los pocos escogidos podemos entrar, me digno a dar mi respuesta ante la incógnita no pronunciada de estos días.

Vino septiembre, para nosotros es una fiesta y salen al paso los patriotas, aquellos que a todo pulmón cantan el himno y hablan de la importancia de lo local, pero se llevan entre las llantas de una máquina pesada la evidencia histórica de un pueblo olvidado, se llevan entre sus manos el patrimonio y la historia.

Yo, la eterna soñadora les digo, aquella que vive en este mundo de ensueño por pocos olvidado, la tierra donde vivió el poeta Salarrué, o existió un Masferrer, o ¿Por qué no mencionarlo? También hubo un Gomez Carrillo, un Miguel Angel Asturias o José Milla.

Piso la tierra que me dejaron los soñadores, los ilusos, pero prefiero vivir en la ilusión que en la realidad que me pintan. A esos patriotas me refiero, a aquellos que quieren quitar un organismo internacional acreditado en un país porque atenta contra sus intereses, a los patriotas que esperan que un candidato resuelva todos sus problemas, a los patriotas que se pelean que si es constitucional o no, que si tienen derecho o no, o los que quieren, por salvar el honor de las niñas y las mujeres, hacer leyes que disque las protejan cuando se necesita que sean más educadas. Sí, a ellos les hablo.

Les hablo con lágrimas en los ojos, de impotencia de ver que quieren hacer con tanta podredumbre, con lágrimas de rabia al ver como la historia es mancillada una y otra vez por movimiento del interés económico de unos pocos como lo es el caso del sitio arqueológico de Tacuscalco donde se cuenta la historia de la batalla de los Nahuas Pipiles contra Pedro de Alvarado y donde le dieron el flechazo que lo dejó cojo, o el caso del ya olvidado señorío de Cuscatlán, o aun en las tierras mayas donde se encuentra Kaminaljuyu, sin mencionar otros lugares.

Les hablo para recordarles que lo mejor de un pueblo no es su historia ni su cultura, pero son una buena forma de conocer su pasado y construir su futuro, para recordarles que no son sus bibliotecas ni sus construcciones, pero si sirven para conocer a aquellos que aquí vivieron y cuentan la historia del terruño, así como las contó un Hector Gaytán en la calle donde tú vives, o un Salarrué con sus cuentos de barro y de cipotes. Les hablo para recordarles que lo que hace grande a una nación, un país, un pueblo, es su gente.

La gente que trabaja y triunfa, que tiene sueños, metas e ideales, aquellos que de sol a sol labran la tierra, le cantan a la luna y las estrellas, y están un paso más cerca de Dios. Yo, que bajo de la tierra del ensueño, me basta con trabajar mi terruño, allí donde hay un árbol de magnífica sombra, allí donde los ojos de agua calman la sed, allí donde el valle escarpado se abre paso hacia las montañas.

Y aun con los ojos adormilados, sueño con ver a una Cuscatlán darle honor al nombre que tiene, ver brillar en sus corazones las estelas rojo, amarillo, azul y turquesa que brillan por las tardes, y el rosa, naranja, azul violeta por las noches, y ver la tierra de Quauhtlemallan florecer, así como florecen sus árboles, de troncos fuertes y raíces profundas. Pero eso es un sueño, que solo pido a mi Dios que se encuentra en lo alto poderlo contemplar.

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