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La política exterior de Donald Trump

Ordo

En la era de Trump se han descalificado mucho a los expertos, es cierto.

Pero es importante tener en mente que esto ha pasado no tanto por lo que dice el presidente, sino por la cantidad y magnitud de los errores de los infalibles especialistas de distintas índoles. Quizás la política exterior es el área en donde más han fallado los más ilustrados y experimentados peritos de la sabiduría convencional. Alternativamente, tal vez es aquí donde más se da uno cuenta de lo erradas que han sido las narrativas de los errores actuales y futuros de Trump, por el simple hecho que los medios masivos de EE. UU. no ejercen el mismo nivel de control sobre lo que se dice y debe pensar de la actuación del presidente de EE. UU.

Del eslogan político de EE. UU. “América primero”, se sacaron conclusiones erróneas de que la política exterior de EE. UU. bajo Trump iba a ser aislacionista. Conviene examinar en detalle la sustancia de esa afirmación.  De la presunta postura aislacionista se han sacado varias conclusiones similarmente desacertadas. Primero, el aislacionismo, según los críticos, representaría el abandono de los intereses nacionales que EE. UU. comparte con sus aliados, participando en una considerable gama de alianzas permanentes que sostiene el orden mundial liberal.  Por ende, el aislacionismo sería equivalente a traición. La etiqueta de traidor es una patraña que se ha lanzado repetidamente contra el presidente en los medios, desde la boca y puño de ex altos funcionarios de la comunidad de inteligencia y seguridad de EE. UU.

Más equivocados no podrían estar. Cómo punto inicial, si EE. UU. practicara aislacionismo, eso solo regresaría EE. UU. a la postura recomendada por sus próceres, empezando con George Washington, quien advirtió a sus sucesores de evitar meter a EE. UU. en alianzas pendencieras. Las alianzas permanentes se veían como el factor que hacía de la historia de la Europa corrupta una cronología de guerras interminables. Por esa razón, la Constitución hace muy difícil que EE. UU. se comprometa en alianzas y tratados formales; estos requieren aprobación de una súper mayoría de dos terceras partes de los Senadores.  Cómo segundo punto, “América primero” no refleja aislacionismo; al contrario. “América primero” refleja la postura recogida como punto de partida de la escuela de pensamiento político más antigua, el realismo. El interés propio soberano es, y debe ser, la fundación de cualquier trabajo colectivo entre las naciones.

No obstante, la política exterior de EE. UU. bajo Trump no ha sido aislacionista. Esa falsa narrativa ha sido movida por los expertos en política exterior críticos de Trump, los mismos expertos que aconsejaron a EE. UU. a mantenerse en guerras permanentes en Afganistán e Irak.

Bajo Trump, EE. UU. simplemente ejerce su influencia según sus contribuciones a distintas iniciativas colectivas que en el pasado ha apoyado sin mayores cuestionamientos, reflejando nuevamente una sana postura realista en la política exterior. En este aspecto, los logros de Trump han sido concretos. Se deshizo NAFTA, y se renegoció un nuevo acuerdo comercial (USMCA) con México y Canadá. El mismo rival electoral de Trump, Joe Biden, admite que USMCA es mejor que NAFTA. En materia de alianzas militares, Trump confrontó a los pasajeros libres que no honraban sus compromisos de la alianza OTAN, y logró que los gorrones europeos se comprometieran a invertir el 2% de su PIB en su propia defensa.

Los medios mueven la crítica barata de los presuntos expertos que Trump ama a los dictadores, porque se muestra dispuesto a trabajar con los gobiernos existentes de otros países. Estos expertos son los mismos que creen que es deber de EE. UU. violar el principio de la soberanía e inmiscuirse en los asuntos internos de otros países, hasta tal punto de asumir la tarea de imponerles sistemas de gobierno democráticos, al estilo de EE. UU.  Ese desliz garrafal de los expertos ha metido a EE. UU. en lo que Trump ha llamado las “guerras interminables estúpidas”, que han costado grandes cantidades de vidas y recursos a EE. UU. La promesa de Trump de ponerle fin a esas guerras interminables es precisamente lo que le ha ganado la animadversión de las comunidades de seguridad y diplomacia. El hecho que Trump ha recibido tres nominaciones para el premio Nobel de la Paz por haber logrado iniciativas de paz entre los países del Golfo Pérsico e Israel, y entre Kosovo y Serbia, ignorando a las vehementes criticas y consejos de los exaltados expertos en diplomacia solo alimenta la subversión de los diplomáticos en contra del presidente de EE. UU., pero no les da la razón.

¿Aislacionismo? Ha sido EE. UU. bajo Trump, no Europa, que ha liderado la confrontación de dictaduras en Irán, Venezuela y Cuba, abandonando la postura de apaciguamiento del terrorismo islámico y el comunismo que marcó la administración de Obama/Biden. Trump ha ido más lejos todavía. En la confrontación con China, y la adopción de la postura que el régimen comunista no es un socio de buena fe en la comunidad internacional, sino un enemigo que se debe de contener, tanto en el mundo como la región Latinoamericana, el gobierno de Trump ha fijado la postura correcta no solo para EE. UU., sino para todo el mundo occidental. Eso no es aislacionismo. Es liderazgo.

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