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Costa Rica en su laberinto

Sueños…

A medio día del viernes 16 de octubre, el presidente de la república de Costa Rica, hizo un dramático llamado a la población.

En forma emotiva dijo: “La institucionalidad y la democracia son el camino. La solidez de la democracia de Costa Rica no se debe poner en riesgo…” señalando que “…hay voces muy minoritarias, pero peligrosas que están llamando a generar inestabilidad. Jamás en Costa Rica prevalecerán. Lo grave hoy es que una organización empresarial legitimó a ese actor. Al hacer eso le dio la espalda a la democracia.” Confirmando que: “…las soluciones para Costa Rica deben ser las institucionales, las de la democracia, …hemos llamado a un diálogo nacional para resolver los inminentes problemas fiscales y económicos. Para ello es el diálogo y las acciones dentro del marco de la democracia.”

Costa Rica, el país ejemplo de estabilidad democrática y convivencia social de América, sufre en la semana del aniversario del inicio de la invasión europea de 1492 el estallido de un relámpago social. La covid-19 y la crisis económica nacional e internacional desbordan los poderes del Estado y surgen multitud de grupos que se proclaman, sin sentido, en representantes del pueblo. Todos llaman a la insurrección, todos afirman que la crisis es responsabilidad del poder ejecutivo, que no ha sabido usar una varita mágica para diluir los casos de enfermedad y muerte; y no es capaz, cual aprendiz de mago, de reactivar la economía de Estados Unidos, Europa y Asia, todo para volver a la normalidad del “pura vida” y el consumo sin producción.

¿Qué pasó? En el país más institucional de América, que tiene cerca del 30% del total de instituciones públicas de la región del istmo, dicen los expertos que hay cerca de 350 instituciones públicas en este país de tan solo 5 millones de habitantes. Se han presentado como un terremoto de 7 grados, tres grandes problemas: la protección de la salud y el sostenimiento del sistema de salud para que no colapse; la súbita contracción de la economía con una caída de más del 6% del PIB y la el fantasma de la quiebra del gobierno que carga con un déficit atronador del 8% del PIB, más una deuda total que tiende al 70% del PIB y un pago de servicios de la deuda que es casi el 40% del gasto total del gobierno central, lo que provoca la abrupta disminución de los servicios públicos, especialmente una amenaza al gasto social.

Simultáneamente, tenemos la caída de los ingresos del gobierno por el frenazo de la economía, el auge del gasto público para enfrentar la pandemia, el aumento de la pobreza y la caída de ingresos de la población, que provocan la angustia, la incertidumbre y la desesperación de la población. Ante este escenario el gobierno, como cualquier otro en el planeta, no tiene una idea clara para enfrentar esta “guerra de los mundos”. Las medidas iniciales fueron cerrar las actividades económicas, promover el distanciamiento social y transferir recursos de ayuda a ciertos grupos de la sociedad. Sin embargo, el centro del problema es el infernal déficit fiscal. Que no tiene otra solución que el ajuste estructural del sector público y el sector privado. Un problema que se venía arrullando, esperando que la segunda venida del Salvador trajera la solución. El covid-19 se adelantó. Al llegar la sindemia aceleró la crisis y el país está extraviado política, económica y socialmente.

Los problemas muestran su sinergia, para echar más leña al fuego, la “encuesta nacional de hogares” muestra algunas de las heridas sociales del país. El ingreso promedio en los hogares cayó en el último año en -12,2%, ahora es de ₡891,934 mensuales (unos $1,474), frente a un ₡1.016,358 en el 2019. En términos per cápita, el ingreso 2020 se estima en ₡326,483 mensuales, lo que representa una disminución de 13,2 % en comparación con 2019 cuando era ₡376,333. Es decir, una pérdida por persona de 50 mil colones al mes, haciendo caer el consumo y la estabilidad de los hogares.

Al desmenuzar los datos, el ingreso por salario disminuyó de ₡650,004 por hogar en el 2019 a ₡560,143 en el 2020, una baja de 13,8 % Los pequeños y medianos productores y productores informales ven su ingreso caer de ₡165,958 en 2019 a ₡107,325 en 2020, una variación de -35,3%.

En cuanto a las clases sociales, ahora conocidas como “quintiles”, es sabido que los hogares pobres, quintil 1, tienen mayor cantidad de miembros que los quintiles de clases altas, quintiles IV y V. El tamaño del hogar determina que la cantidad de personas es mayor en los sectores pobres que en los sectores ricos. Según el INEC, el quintil uno abarca al 23,5 % del total de la población, mientras el 20% de hogares con mayor ingreso agrupa solamente el 16,4 % de las personas.

Al mencionar la distribución del ingreso, el 20% de los hogares del quintil cinco, acumulan el 51,1% del ingreso total nacional, esto es 0,6 pp. más que el año pasado, (los quintiles IV y V están compuestos por banqueros, exportadores, importadores y funcionarios públicos con ingresos de más de ₡2.5 millones de salarios), los hogares de clase media alta y clase alta tienen un ingreso promedio por hogar de ₡2.278,895 y de ₡944,789 en la medición per cápita. En el otro extremo, el 20% de los hogares con menor ingreso, acumula solamente el 4,5 % del total, con una estimación promedio por hogar de 200,315 y de ₡53.707 per cápita.

Este es el caldo de cultivo del descontento social actual, y el surgimiento de tantos mesías que quieren derrocar la democracia para concentrar el poder y la riqueza en sus manos, cuál bonapartillos criollos. El ingreso promedio por hogar es 11,4 veces mayor entre los hogares

del quintil cinco respecto al promedio en los hogares del quintil uno, relación que corresponde a 17,6 veces a nivel per cápita.

De aquí que tenemos tres capas sociales en pugna. La capa dominante es la conformada por grandes empresarios multimillonarios integrada primero por banqueros que hacen clavos de oro y reciben una línea de crédito de ȼ700,000 millones de colones del banco central, además que cínicamente reconocen que cobran tasas de interés de usura; segundo exportadores e importadores; tercero, grandes comercios convertidos en financieras, que viven de endeudar al consumidor. Luego la clase media alta, rentistas, que comparten un porcentaje de las ganancias (plusvalía decían antes), extraída al trabajo (burocracia del Estado, funcionarios, académicos y profesionales, este grupo tiene la contradicción de entonar cantos contra el neoliberalismo y por otra parte ser su aliado, lo cual los paraliza.). Finalmente, el grueso de la población con ingresos promedio, como hemos visto, de ȼ53,000 colones per cápita al mes, con un fuerte componente de personas que trabajan en el sector informal o subsisten por medio de transferencias del Estado.

El panorama es claro, en épocas de auge y estabilidad esta situación es sostenible. En épocas de crisis y aumento del desempleo y el hambre son el inicio del cambio. Una revolución toca de nuevo las puertas de Costa Rica. Ojalá que nuevamente encuentre fuerzas y sabiduría para una salida pacífica, democrática y progresista.

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