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Patria doliente y necesaria esperanza

Logos

(Un íntimo y confesional manifiesto personal)

Patria: ¿Por qué te perdiste? ¿Por qué caíste en el abismo? ¿Por qué desististe de ser promesa y te tornaste decepción? ¿Por qué ya no proseguiste en aquellas rectas sendas que se deleitaban con tu caminar? ¿Por qué te convertiste en tierra de nadie, en tesoro depredable y en festival de corruptos? ¿Por qué tu poder legislativo, y tu poder judicial, y tu poder ejecutivo, se convirtieron en orgía del delito, en banquete de la ineptitud y en paraíso de ilícita prosperidad?

Patria: te encuentro saqueada, arrasada, violada, insultada y golpeada. Te encuentro bañada en el fango, paseando ebria con la inmoralidad, y concediendo dadivosa licencia a la obscenidad, y contemplando resignada la franca corrupción del gobernante, la cínica prostitución del legislador y la lucrativa venalidad del juez. Y me grito a mí mismo: “¡Es imposible que esa patria pueda ser mi patria!” Y ese grito resuena en los espantados rincones de mi errabunda alma perturbada.

Patria: el vigoroso llanto de tu hijo naciente, la cumplida misión de tus ancianos, el ímpetu poderoso de tus jóvenes, el genio laborioso de tus trabajadores, el talento de tus auténticos empresarios, y la energía de tus hombres y el coraje de tus mujeres, y el heroísmo de quienes impedían que te asaltaran ominosas legiones insurgentes, te habían convertido en una grata certidumbre de tierra prometida, y en un jardín de florecientes ilusiones, y en una gratificante donación de la divina gracia. ¿Por qué huyó esa certidumbre? ¿Por qué se marchitaron las ilusiones? ¿Quiénes robaron la donación? ¿Cómo pudo ocurrir tu pavorosa depravación?

Patria: Confieso que yo mismo permití tu desgraciada metamorfosis, tu multiforme perdición, tu residencia en los submundos, tu placidez en los infiernos, y tu cortesanía entre sepultureros de la justicia, verdugos del derecho y mutiladores de la ley.

Patria: Confieso que yo mismo permití, entonces, que tus gobernantes fueran preciado engendro de la ineptitud, pero eficaces invasores del tesoro público. Permití que tus legisladores fueran agentes de degeneración del poder legislativo. Permití que tus magistrados judiciales fueran profanadores de las cortes. Y permití que aquellos magistrados que debían ser sacerdotes vigilantes del templo constitucional fueran delictivos asaltantes de la suprema ley nacional.

Patria: Confieso que permití que embajadores que en su propio país quizá eran recolectores de residuos citadinos, o reparadores de alcantarillas suburbiales, o relegados ocupantes de sombríos sótanos, o hijos ilegítimos de la diplomacia, pretendieran juzgarte y condenarte, y hasta gobernarte. Y también permití que prosiguiera la nueva época colonial obrada por una imperial comunidad internacional.

Patria: Confieso que permití que te declararas incapaz de investigar el crimen y perseguirlo, y que te sometieras a un ilimitado poder internacional para investigarlo y perseguirlo. Fue aquel poder del cual te jactabas por su presunta eficacia; pero no sentías vergüenza de necesitar de él. Y hasta eludiste reconocer que ese mismo poder se agregaba a la criminalidad, con una inaudita ventaja: la legalidad de su holgada impunidad.

Patria: Confieso que permití que, sometida a ese ilimitado poder internacional, enriquecieras tu inmerecida pobreza con una nueva y más inmerecida pobreza: la indignidad; aquella que consistía en que, aunque solo te era exigido besar manos, también besabas pies; o, aunque solo te era exigido inclinar la frente, también reposabas tus rodillas en el suelo.

Patria: Ya no más agobiante interrogatorio, ni más culpa confesada, ni recuerdo de grato pasado, ni resignada consciencia de ingrato presente, ni angustiosa pena por incierto futuro.

Patria: Deteneos. No seáis rebaño que avanza hacia el abismo mortal, guiado por malditos pastores. Y reaccionad. Reaccionad con lúcido pensar, irresistible voluntad, sagrada cólera, temible paso sísmico, fogoso himno victorioso y arrogante bandera triunfal.

Patria: Deteneos y reaccionad. La esperanza no puede extinguirse, ni debe extinguirse. La esperanza es necesaria. Debe ser esperanza como aquella que yacía en el fondo de la mítica ánfora pandórica, y que surgió beatífica cuando ya todos los males habían escapado.

Patria: Deteneos y reaccionad. Puedes recuperar tu maravilloso destino. Puedes nacer de nuevo como milagrosa obra de una fantástica resurrección. Puedes pronto ser ya no mera promesa sino cumplida promesa; y ya no mero sueño sino realizado sueño; y ya no mera esperanza sino consumada esperanza. Y nuevos hijos tuyos podrán advenir para renovar la promesa, el sueño y la esperanza, en una sucesión indetenible de benefactoras generaciones.

Patria: Deteneos y reaccionad. Los desgraciados hijastros de tu historia, los dilectos engendros de la miseria humana, los elegidos por la democracia, pero aborrecidos por la moral, y los preferidos por el vicio, pero detestados por la virtud, jamás han de dictar tu destino.

Post scriptum. Patria: en el cielo de tu más luminosa primavera resuena una divina voz portentosa que así te habla: ¡Vosotros también sois santa tierra prometida!

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