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La naturaleza nos pide compasión

Sueños…

El cambio climático es una realidad que nos arrastra hacia la extinción de la vida en el planeta.

Es allí donde el humano podrá mostrar sí es una especie inteligente, o sí únicamente tiene buena memoria, pero la tendencia hacia el desastre es su único sino. La Tierra nos pide un momento de paz y tranquilidad, con sus señales de calentamiento global, pandemias y desertificación el planeta nos pide clemencia.

Los informes científicos internacionales indican que la naturaleza ya sobrepasó su capacidad de mantenimiento de los hábitats de todas las especies, que la extinción de la vida en el planeta ya empezó. La polinización y dispersión de semillas se está agotando, la calidad del aire está empeorando, el control natural del clima ha enloquecido, la regulación, control y uso del agua dulce está llegando a su fin, la regulación de las especies marinas está amenazada con el uso de tecnologías más amplias de explotación, a la formación y protección de suelos y sedimentos se agrega otro problema sin solución, la descontaminación creciente.

El impacto del humanismo sobre el planeta es devastador. Cada 10 meses aumenta la población humana, la única que aumenta en el mundo, en más de 68 millones de personas. La cantidad de consumo de todos los habitantes humanos es impactante, ya somos más de 7 mil 800 millones de seres humanos, altamente depredadores en un planeta finito que ya no soporta el peso del creciente uso de los recursos naturales, sin permitir el mínimo respiro para su recuperación.

Es aterrador, cada hora aumenta la población humana en más de 9 mil personas en todo el mundo. Todas las especies gatos, perros, tigres, elefantes, todos están condenados a perecer ante el aumento irracional de la población humana, y su sed insaciable de consumo.

Algunos datos estremecedores de la CEPAL nos indican que: “Hacia 2010, más del 40% de los bosques de América Latina y el Caribe (650 millones de hectáreas) ya habían sido completamente deforestados (350 millones) o se encontraban muy degradados (300 millones).” (https://www.cepal.org/es/publicaciones/46101-la-tragedia-ambiental-america-latina-caribe).

En ese documento, al igual que otros organismos y analistas internacionales, la Cepal llega a una conclusión inocua: el fin del modelo de desarrollo que hemos usado los humanos en los últimos 300 años. Y, allí se pierde la Cepal, en lugar de señalar cuál es el modelo que hay que cambiar, indica que tenemos que dejar de medir la economía por el crecimiento por medio del PIB. El problema esencial es un modelo empresarial competitivo y eficiente, de gran capacidad productiva que incrementa la explotación de los recursos de la naturaleza sin ninguna conmiseración ni cariño por las especies animales y vegetales.

Que hermoso recordar aquí las palabras de un gran pensador. En aquella noche ensoñadora de 1975, Miguel Delibes, en su discurso de ingreso a la Academia española de la lengua, hizo una crítica clara y esclarecedora del papel dañino del modelo de desarrollo basado en el egoísmo naturalmente humano de la propiedad privada. Lo primero que mencionó este fabuloso escritor, al ingresar al selecto grupo de intelectuales. Les indicó sus dudas y preocupaciones sobre la responsabilidad de un intelectual. ¿Por qué no traer a la Academia una de las preocupaciones fundamentales, si no la principal, que ha inspirado desde hace cinco lustros mi carrera de escritor?

¿No es mi concepto del progreso algo que está en palmaria contradicción con lo que viene entendiéndose por progreso en el mundo de nuestros días? ¿Por qué no aprovechar este acceso a tan alto auditorio para unir mi voz a la protesta contra la brutal agresión a la Naturaleza que las sociedades llamadas civilizadas vienen perpetrando mediante una tecnología desbridada?

Si existe algo tan hermoso al leer los escritos de este fabuloso Delibes, es que nunca puedo leerlos sin un diccionario a la par, es tan amplio y exquisito su conocimiento y uso de la lengua. Su obra abarca la denuncia, nos dice que al publicar ”El camino”, donde un muchachito, Daniel, el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario.” Nos señala que no queremos admitir “…que a lo que renunciaba Daniel, el Mochuelo, era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional.”

Cubrir los bosques, los ríos, las playas de cemento no puede llamarse progreso, desarrollo. El único cambio de modelo es que el humano comprenda que tiene derecho a esgrimir el arma mortal de la propiedad en la mitad del planeta. Que en la mitad del territorio de toda nación tiene que ser ocupada por el humano y la otra mitad tiene que quedar vedada al ingreso de este ser depredador, para que la naturaleza pueda respirar.

En su sensacional discurso Delibes continúa: “Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y a las relaciones Hombre-Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical hasta abocar a mi novela “Parábola del náufrago”, donde el poder del dinero y la organización —quintaesencia de este progreso— termina por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad.”

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