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GUATEMALA: Un estado que se desgaja

Antropos

América Latina es el subcontinente en el cual conviven múltiples culturas y diversas cosmovisiones.

Es una región que ha transitado desde las imponentes civilizaciones pre-coloniales, hasta la presencia de la globalización que incide en moldear conductas y actitudes humanas sobre la base de valores que van más allá de las fronteras nacionales.

Guatemala no es una isla, sino parte del todo latinoamericano. Nuestro Estado Nacional, por ejemplo, de carácter oligárquico nace en el siglo XlX y perdura hasta mitad del Siglo XX con la irrupción de una década  de un proyecto nacional encabezado por la revolución de 1944-54. Hoy, después de largos períodos en el que la cohesión social se logró desde la coacción militar, se agrega el ingrediente de la globalización que crea zonas regionales de libre comercio y rompe los límites de autonomía nacional. El Estado se adelgaza y deja los pendientes de superar la pobreza, la desigualdad social y la discriminación étnico-cultural.

En medio de este proceso político, surge la vida democrática. Sin embargo, resulta ser que a pesar que han transcurrido algunos años, la democracia, entendida como un derecho de la ciudadanía a una vida mejor, parece no llegar a nuestra patria; lo que se convierte en caldo de cultivo que genera por un lado, un total desinterés y por el otro, expresiones contundentes de insatisfacción.

Ahora pareciera ser que entramos en el túnel del tiempo en el que borrascas oscurecen la ruta de la nación. Múltiples intereses individuales y de grupos de presión que obedecen a diferentes signos políticos, económicos e ideológicos, actúan desde el faro de la sospecha y la desconfianza con el propósito de ahogar la escasa institucionalidad del país. El turno de los señalamientos es hacia las instancias del Estado que se ocupan de administrar la justicia señaladas de corruptas y poca trasparencia. De instituciones “transeras” y mentirosas. 

Complejos son los momentos que vivimos en nuestro país, ahorcados por una profunda y amplia conflictividad social que se origina por esa terquedad de impedir una vida buena y saludable. Y ahora, a esa sumatoria de turbulencias sociales generadas por la desigualdad, corrupción y discriminación; se agrega la crítica agria y generalizada contra el entramado que ha dado lugar a la elección de Cortes de Apelación y Corte Suprema de Justicia. Se echa más fuego al fuego para que el agua hierva sobre lo hervido.

Si seguimos el camino de la sospecha y la desconfianza en torno a nuestras instituciones, probablemente caeremos en un abismo del cual difícilmente habrá recuperación. Parece ser que la pequeña guerra interna que tuvimos y los “acuerdos de paz”, no ha sido suficiente para saldar cuentas en nuestro país. Además, tampoco somos capaces de construir ciudadanía con tolerancia y diálogo, quizás porque nuestro pasado histórico nos imprimió una conducta pretoriana. O, a lo mejor, hace falta un verdadero cambio de fondo que trace la ruta desde una gran revolución cultural. La pregunta es, ¿quién pierde o quién gana? Porque en mi opinión, nos corresponde  buscar la respuesta, en tanto merecemos una mejor sociedad en donde el signo sea el respeto a la “plenitud ciudadana”.

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