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Financiando la corrupción

Evolución

Les creyeron cuando les dijeron que los problemas se resolverían con mano dura o con inteligencia, o que ellos no serían ni corruptos, ni ladrones, ni “un hijueputa más”.

A estas alturas ya nada debería extrañarnos en este país donde la mayoría de la gente sigue viendo a los políticos como la solución sus problemas, al mismo tiempo que se desilusiona cada vez que los ve llegar al poder para enriquecerse cada vez con mayor voracidad. Se indignan, los insultan y señalan de corruptos (en la mayoría de los casos muy merecidamente), pero son incapaces de abandonar la idea de que es “papá gobierno” quien les debe proveer de todo, y mejor si “gratis”.  Piden a “papá gobierno” que les satisfaga cuanto anhelo les dicte su corazón y piensan que éste solo debe agitar una varita mágica para crear dinero de la nada y repartirlo a manos llenas. Otros, más cínicos, sostienen que solo es de quitárselo a “los ricos”.

Les creyeron cuando les dijeron que los problemas se resolverían con mano dura o con inteligencia, o que ellos no serían ni corruptos, ni ladrones, ni “un hijueputa más”. Ven cómo ellos, junto a sus amigos y allegados, se vuelven millonarios con los impuestos que les expolian y deuda que les imponen. Se enfurecen cuando les restriegan la corrupción en su cara y se frustran, pero a los cuatro años vuelven a caer con los cantos de otros que dicen sí administrarán honradamente los recursos que a la misma población habrán quitado. Confían porque al final creen que el gobierno les debe dar de todo y “gratis”, y repiten el ciclo. Otros, más cínicos, o francamente más imbéciles, todavía tienen la osadía y sinvergüenzada de abogar por más impuestos para seguir engordando corruptos. Irónico, pero, por alguna razón, el guatemalteco común no logra concebir la idea que “papá gobierno” y político corrupto son lo mismo. Desafían la lógica con su dicotomía irresoluble, por un lado se aferran al paradigma estatista y al mismo tiempo mantienen un desprecio visceral a la clase política. Se rehúsan a entender, como tantas veces he sostenido, que la corrupción es intrínseca al estado. Y así morirán en el intento de encontrar a su déspota benévolo.

Por eso, en nada debería extrañarnos que a estas alturas ya vamos por Cien mil millones de Quetzales que nosotros habremos de pagar con el fruto de nuestro trabajo para financiar cuanta apetencia sucia, corrupta e inimaginable tengan los políticos, burócratas, sindicalistas, empresarios corruptos y oenegeros que serán los principales beneficiados. Claro que hay servicios elementales que esperaríamos que el gobierno provea de forma eficiente con impuestos razonables para la población, sin que se destruya la economía desalentando las inversiones y fuentes de empleo, ni con deuda ni gasto público irresponsable cuyo inevitable efecto inflacionario nos haga cada vez más pobres. Pero más allá de eso, estamos financiando nuestra propia destrucción.

Una destrucción que se acelera a pasos tan gigantescos como el nuevo presupuesto, el cual se explica en el precio político que hubo de pagarse para obtenerlo. Precio político en el contexto de la negociación entre gobierno y diputados, y que a ellos les cuesta nada. Una cifra descomunal a disposición del ejecutivo a cambio de un listado geográfico de obras que representa centenares de millones de quetzales en negocios para los diputados que lo aprobaron. Ese es el precio político, porque el costo político para gobierno y congreso no existe más allá del descontento y repudio social, pero la vergüenza pasa, dicen. El pueblo seguirá indolente, porque al final, eso es lo que siempre han querido en su ingenuidad e ignorancia. Un gobierno que gaste irresponsablemente bajo la ilusión de que algunas migajas “gratis” habrán de recibir. Después de todo, la estupidez no tiene límite, como tampoco la corrupción.

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