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Lo tremebundo de los monopolios mediáticos I

Mi Esquina Socrática

Ya nos llegó de nuevo, algo mucho peor que los monopolios ya conocidos por su perfil despótico tales como los de Twitter y Facebook.

Pero los demás permanecerán colgados sobre nuestras cabezas cual tantas otras espadas de Damocles.

Si algo me queda claro de las recientes elecciones en los Estados Unidos ha sido precisamente lo inmenso de ese poder económico de los medios de comunicación impresos, televisados o digitales que se rehúsan abiertamente a compartir sus espacios de tiranía ideológica sobre todos los pueblos del entero planeta.

La más reciente etapa de ese fenómeno que ha crecido aceleradamente desde fines del siglo XIX, allá cuando un magnate prodigioso del sensacionalismo mediático en San Francisco de California, William Randolph Hertz, logró imponer una guerra por la independencia de Cuba al renuente Presidente William McKinley, en contra de una España decadente y demasiado lejos de las escasas colonias que le quedaban de aquel fabuloso imperio del siglo XVI donde el “Sol nunca se ponía”.

Después de tal instante, ese mismo poder de los medios de Hertz, pero en otras manos, las europeas, lograron superarlo cuando a su turno magnificaron estruendosamente lo sucedido en Sarajevo un 28 de junio de 1914, cuando un joven anarquista serbio asesinó al príncipe heredero del imperio austro húngaro y a su esposa. Y así arrastraron a todo ese continente y a buena parte del resto del mundo a una guerra aún menos justificable y más insensata que puso fin a la paz inaudita que por casi medio siglo había reinado sobre ella durante la, por eso así llamada, “Belle Époque”.

El saldo: veinte millones de jóvenes vanamente sacrificados, y seguido de una cauda de otros cien millones de vidas también arbitrariamente aniquiladas durante el subsiguiente imperio soviético. Y para colmo, todo complementado por otras dictaduras esta vez fascistas, que hubieron de conducir a una segunda y más terrible conflagración mundial que solo fue cerrada por dos bombas atómicas. Y lo que siguió fue otro casi medio siglo de miedo y torturas hasta la caída del muro de Berlín en octubre de 1989. Período entero, el más cruel e injustamente mortífero de la historia de la humanidad toda.

Pero esta vez con unos ecos tristes y planetarios hasta el mismísimo día de hoy.

El panorama podría parecer muy otro en este 2020 sin guerras, pero no por eso menos ominoso.

Por un lado, la comunicación electrónica se ha vuelto muchísimo más instantánea y contagiosa y, consecuentemente, mucho más superficial e irresponsable.

Y así, durante este último cuarto de siglo otros conflictos no menos puramente ideológicos se nos han colado en nuestro mundo doméstico sin que apenas nos hayamos percatado.

Del más reciente todos acabamos de ser sus testigos: las elecciones generales en los Estados Unidos, que nutren nuestro desasosiego de estos días.

Y otra vez más, la voz cantante la llevan los dueños multimillonarios de la tecnología informática simbolizados hoy por el Silicon Valley, así como tan solo ayer por un decadente Hollywood.

La otrora “rebelión de las masas” según Ortega pero ahora digitalizadas.

¿Qué se nos vendrá encima?

Para empezar mi esperanza muy tenue y personal radica en el regreso a aquellos valores absolutos que heredamos del monoteísmo judeocristiano durante los últimos tres mil años.

Para ello no encuentro alternativa racional posible. Sobre todo, cuando, encima, el aturdimiento de las masas ya parece rozar el corazón mismo del Vaticano…

Y, “no he de callar” ante tanto nuevo abuso, como nos lo exhortara el muy sapiente Francisco de Quevedo: “…por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo”.

Entre los destinatarios de tal consejo incluyo también todas esas almas angustiadas y perplejas de este crítico momento. Pues ese mismo autor clásico ya había confesado el pecado que nos es antecedentes a todos:

Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Me rebelo ante esta nueva versión del poder del dinero, el de las grandes corporaciones mediáticas que tan arbitraria y disimuladamente han acabado por torcer la voluntad del electorado norteamericano.

Ni tampoco espero una ayuda decisiva de quienes nos moldean desde las cátedras universitarias o también desde las opiniones digitalizadas; pues ellos mismos son no menos víctimas del don Dinero.

Y en este caso, por ejemplo, Donald Trump había dicho y hecho más de positivo en cuatro años de lo que sus predecesores no hicieron en medio siglo. Pues, a su manera un tanto chabacana, resucitó para todos aquellas pocas verdades olvidadas tan propias del más común de los sentidos: que la caridad ha de empezar siempre por casa, que la prosperidad nos llega socialmente desde abajo, desde los artesanos y trabajadores manuales, nuestros hombres y mujeres olvidados, y de que nuestros padres, individual o colectivamente, muchísimo lograron y nos han legado buena parte de su sabiduría. Y que el único porvenir que de veras nos será favorable es ese derivado del sudor de nuestras frentes, esto es, de aquellos que siempre ahorran y emprenden pero al muy largo plazo.

Todo lo demás, y muy en particular ese espejismo embustero de un “Estado Benefactor”, que algunos creen poder derivar de esos otros hipotéticos derechos universales reclamables solo ante el Estado, -y no tanto de sus propios esfuerzos individuales- para educarnos o para cuidar de nuestra propia salud, o del simple hecho de alimentarnos a diario, o de cuidar de nuestros hijos o escoger nuestro futuro, son muy tristes tergiversaciones de adultos decadentes por exceso de mimos.

Aunque ya se nos hubiese advertido: “con el sudor de tu frente comerás tu pan” (Génesis 3:19) le predijo Dios a Adán. Y que, a su compañera Eva pariría con el dolor de una entrega por toda la vida a sus hijos. Y ello, indiferentemente de que tengamos tales revelaciones como mitos o verdades absolutas.

En cuanto a mí, ya con los últimos preparativos para trasladarme a la Eternidad, no deja de ser muy angustiante lo que pueda deparar el futuro para mis hijos y para mis nietos.

Pero mientras tanto, le dejo con el conocido mensaje de que nuestro planeta sigue su inmutable giro en torno al Sol por cinco mil millones de años.

Y gracias a Dios que mis antepasados sí supieron transmitirme esos valores de la autoayuda y que por lo tanto mi oposición inquebrantable a toda esa dependencia mediática que, anónimamente o con nombres y apellidos, se nos pretende imponer.

Carpe Diem

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