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Algunos no pudieron…

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Usualmente – vía correo – suelo expresar a mi familia y en particular a mis hermanos, así como a otras personas muy especiales, un balance de los mejores recuerdos, hechos de un año que se va, augurando lo mejor de lo mejor para el nuevo año.

El año pasado que ha sido diferente para muchos no solo en mi país, sino en el mundo entero con las personas que no nos podrán acompañar para el 2021, producto de la pandemia, millones de contagiados, más de un millón de fallecidos.

Era común al comienzo de la enfermedad, al dialogar entre los amigos, familiares la problemática de…  “¿sabes quién está bien afectado…?” “¡A la sobrina de… la enterraron ayer mismo, no le permitieron a los familiares verla!”; recibir notificaciones de la institución de docentes fallecidos, uno, dos, tres…

Que decir a la espera de la llamada que realizaba el hospital a los familiares, para comunicarles en menos de 45 segundos el estado del paciente; en el mejor de los casos, descargar de “la nube” a la persona autorizada el resultado de la gasometría, el balance entre la cantidad de oxígeno que respiraba en forma asistida por un ventilador y el dióxido de carbono que expulsaba; el resultado del hemograma o análisis de sangre para ver el comportamiento de los glóbulos blancos y rojos y de ser necesario realizar una transfusión del preciado líquido rojo.

El sinnúmero de medicamentos para tratar de inmunizar el organismo lo más pronto posible mediante tratamientos cuya experiencia médica internacional era relativamente reciente; la presencia de especialistas en diferentes campos: pulmonólogos (o neumólogos), neurólogos y otras especialidades; necesario mencionar al “ejercito” de enfermeras(os), que tras el auricular nos expresaban con ternura y mucho aliento las leves mejorías o con la voz casi apagada el retroceso del ser querido e inclusive escuchar de trasfondo el sonido agudo y continuado en señal de que otro paciente estaba en una situación crítica.

A lo antes descrito de forma paralela se sumaba la “guerra mediática” en cuanto al comportamiento en el mundo del aumento exponencial de personas afectadas y fallecidas, buscando responsables sin distinción de “derechas o izquierdas”; de las contradicciones y pleitos entre los organismos o instituciones e inclusive la polarización entre quienes cumplían o no las medidas básicas para evitar contraer la enfermedad.

La presión de la apertura de fronteras, negocios, bares, teatros, cines, restaurantes, ante una necesidad económica a pesar de los rebrotes y segundas olas; impartir clases desde casa, mediante la llamada educación remota, donde en muchas ocasiones ni docentes ni estudiantes contaban con los recursos necesarios, ni estaban preparados pedagógicamente para enfrentar el drástico cambio a la hora de enseñar y aprender para aplicar, afectando con ello la calidad de la educación.

Diría que esta ha sido un año muy “gris”, difícil, complejo, sin contar los daños causados por fenómenos meteorológicos – recurriendo hasta el alfabeto griego – en el caso de los ciclones o depresiones.

No queda duda que la vida sigue tal es así a pesar de los “tragos amargos”, donde se extraen muchos aprendizajes y que en mi caso se puso de manifiesto: lo principal, la unión de la familia, el darnos ánimo entre nosotros, refugiarnos en Dios o en la Ciencia, en la esperanza, en la fe.

Les deseo a todos mis lectores lo mejor de lo mejor en este nuevo año, a los millones que pudieron lograr vencer la enfermedad tras su recuperación, a los nuevos descendientes, a aquellos que luchan por seguir educando a niños/as, jóvenes y estudiantes en general.

Un abrazo grande.

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