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Cambiar el mundo: No es ni utopía ni locura, es justicia.

Barataria

El mundo ha quedado escandalizado, porque lo que nunca se imaginó que sucedería aconteció. Estados Unidos un país con un fuerte sistema democrático y con una institucionalidad fuerte se ha mostrado al mundo cual república bananera, de la cual ellos mismos se referían a los países latinoamericanos, cuya democracia endeble y fragilidad institucional hacía que no se respetara la ley como fundamento para construir un Estado de Derecho.  La inestabilidad política que inició en Estados Unidos con el juego previo a la contienda electoral que dio como ganador a Joe Biden sobre el actual Presidente Trump, no terminó con la elección, cuyas alegaciones de dudas por parte del bando perdedor no se hicieron esperar y que fueron el caballo de batalla para que muchos de sus seguidores pudieran apoyar mediante las redes sociales tales dichos, de manera que, el sistema electoral estadounidense careciera de credibilidad por segunda vez en cincuenta años.  No hay que olvidar que la elección del señor George W. Bush frente a Al Gore, fue oscurecida por los problemas de definición de la elección en el Estado de Florida en dónde, casualidad talvez, era Gobernador Jeff Bush hermano del finalmente candidato ganador.

Sin embargo el realismo jurídico norteamericano bajo cuyos axiomas como “Una Ley que no se aplica es una ley muerta”, fortaleció siempre a las instituciones por sobretodo, pero los tiempos pasan y las épocas son distintas así como los actores sociales.  En la discutible elección del señor Bush frente a Gore, no existían redes sociales y los millenials estaban por nacer, sin embargo supuso un lunar en la historia estadounidense dado que la propia Corte Suprema de Justicia con mayoría de jueces republicanos decidió impedir un tercer recuento manual de los votos, dejando como ganador al señor Bush por poco menos de seiscientos votos individuales.  Pero en aquel lejano año 2000, la fuerza de la institucionalidad de Los Estados Unidos, dejaba como ganador a un cuestionado personaje y sin oportunidad de ir más adelante al Vicepresidente Gore que terminó aceptando los resultados sin comentarios.

Con el señor Trump las cosas se han salido de control porque se ha demostrado hasta la saciedad que un sistema democrático fundado en el derecho y con una institucionalidad fuerte que son dos pilares de la democracia Estadounidense no pueden ser funcionales si no se tienen las personas adecuadas para ejercer el poder público.  A su llegada al poder, el señor Trump se ha mostró ser tal cual es, un millonario excéntrico norteamericano que, como muchos de su estatus, está acostumbrado a hacer lo que quiere y a lograr lo que se propone cueste lo que deba costar.  En su imaginario (lo cual es común en muchos políticos) el señor Trump consideró que era el Presidente ideal para los Estados Unidos, que la oposición es menos de lo que todo el mundo se imagina, que el pueblo está contento con sus decisiones y que por ello merece ser reelecto.  Nada diferente a los presidentes de las repúblicas bananeras que muchas veces critican los políticos estadounidense, sin que por ello dejemos de agregar que el señor Trump, como muchos presidentes latinoamericanos padecen del mal de “boca floja” y son tan desbocados para hablar que muchas veces hablan estupideces dignas de no ser publicadas por los medios de comunicación.

Lo que sucedió esta semana en Los Estados Unidos, es algo que todos sabemos pero pocas veces queremos reconocer, que no es el triste sistema democrático que tenemos el malo, que no son las instituciones las débiles, que la ley es tan fuerte como se quiera aplicar y tan débil cuando se reniega a aplicar y que el mal de toda sociedad no está en las cosas inertes: el sistema democrático, el sistema electoral, las instituciones o las leyes.  Sino que el problema mayor está en los ciudadanos, en los seres humanos que buscan con avidez corromperse y corromper el sistema.  Que quieren retorcer las leyes a su favor y buscan jueces corruptos, descarados y ambiciosos para que les dicten resoluciones ad hoc para que puedan hacer y deshacer a sus anchas.  El hecho de que el señor Trump no haya reconocido los resultados de su derrota demuestra esta tesis con pelos y señales.  Es un hombre a quien la ley en realidad no le importa y que cuestiona el mismo sistema por el cual fue electo nunca criticó el sistema electoral norteamericano sino que cuando corrió por primera vez a la presidencia lo utilizó y resultó ganador.  Sin embargo, ahora que perdió todo el sistema es corrupto.

Nada lejos de lo que sucede en Guatemala.  Aquí estamos acostumbrados a cuestionar todo: el sistema, las instituciones y las leyes.  Todo lo queremos arreglar con reformas legales, con emisión de nuevas leyes y con querer cambiar el sistema a como dé lugar.  Nunca nos detenemos a considerar a las personas y los personajes y con ello llega cada cual a puestos de poder público dispuestos a hacer la voluntad de unos pocos porque ya está corrupto, ya le falta ética y con ello se vende al mejor postor.  No pasa solo en Estados Unidos, aquí en Guatemala es pan de cada día en dónde asambleas de partidos políticos, elecciones de Magistrado y alguno que otro corrupto han sido favorecidos por resoluciones cuestionables que atentan contra el mismo Estado de Derecho puesto que tales resoluciones, entre otras cosas han retrasado hasta periodos constitucionales como el de los Magistrados de Corte Suprema y Salas de Apelaciones que hasta el día de hoy no han sido electos.

El problema no es de sistema, leyes o instituciones el verdadero problema radica en las personas que llegan al ejercicio del poder público.  Esto ha sido demostrado con la actual legislatura en la cual, pese a haber sido integrada por noveles diputados ha resultado peor que la anterior puesto que en nada ha sido diferente con muchos que ahora ocupan curules por primera vez pero que siguen los designios de un Presidente de la República enfermo del ejercicio del poder que lo único que busca es como endeudar más al país, bajo el pretexto de solucionar catástrofes.

Así las cosas, para construir un país necesita de enriquecer los valores de las personas, el civismo, la ética y la honradez, porque el mayor peligro de las sociedades son precisamente aquellos quienes, desprovistos de valores y ética llegan a ejercer el poder y son los descarados que ejercen y han ejercido la función pública y que han pasado a ser aquellos millonarios emergentes que hoy en día conocemos y quienes en su hoja de vida únicamente aparece haber ejercido aquel cargo público del cual, a fuerza de coimas resultaron empresarios exitosos.

Como diría Don Quijote de la Mancha “Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es ni utopía ni locura, es justicia”.  La verdadera exigencia ciudadana se deberá centrar en exigir ética y honestidad, porque de pronto debemos movernos a cambiar nuestro mundo del que estamos hartos de la clase política indolente que se encuentra en ejercicio del poder, el señor Giammattei y sus incondicionales en el Congreso que creen que los guatemaltecos no pensamos y nos quieren ver la cara en cualquier negocio del Estado, ahora con la compra de vacunas en la que nuevamente el Presidente quiere endeudar al país, pese a que tiene fondos suficientes para hacer la compra sin tal necesidad.  Pero, como en este y otros casos, este Presidente se ha burlado de la necesidad del pueblo utilizando las crisis busca cada momento para saquear fondos y asegurar su propio futuro.

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